American Beauty: rosas y espinas

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Fotograma de 'American Beauty'.

Fotograma de ‘American Beauty’.

Alguien dijo alguna vez eso de “hoy es el primer día del resto de nuestras vidas”, y bien podría ser la premisa bajo la que nace American Beauty (Sam Mendes, 1999), una película tan amarga como agridulce, pero en la que subyace un mensaje liberador y de esperanza que es lo que hacen de ella algo grandioso. La ópera prima del director británico, con la que debutó en EE.UU con 33 años tras una larga experiencia como director teatral en su país natal, fue una de las grandes sorpresas de dicho año, arrasó en reconocimientos -nada menos que 5 Oscar, entre los que destaca Película, Director y Guión- y encumbró a Mendes como uno de los directores más a tener en cuenta en futuros proyectos. Y lo cierto es que no defraudó, si observamos que a la película que hoy nos ocupa le siguieron títulos claves como Camino a la perdición (2002) o Revolutionary Road (2008); films, todos ellos, que beben de ese elegante esteticismo formal, de esa magnífica factura, presente en American Beauty.  Y es que, ante todo, estamos ante una obra cuidada, en la que todos los detalles -por pequeños que sean- no se encuentran colocados al azar, al igual que unos estudiados personajes que cumplen perfectamente su función: diseccionar una sociedad americana podrida, superficial e hipócrita. “Me llamo Lohan, éste es mi barrio, ésta es mi calle, ésta es mi vida. Tengo 42 años y en menos de un año habré muerto…claro, que eso no lo sé aún. Y en cierto modo ya estoy muerto”. Con esta voz en off del propio protagonista del relato, Lester (soberbio Kevin Spacey), que nos presenta a los personajes, da comienzo una tragicómica historia que él mismo narrará en primera persona, en el que es uno de los grandes aciertos de su ácido y afilado guión. Estamos ante alguien infeliz, que llega a decir de sí mismo frases tan rotundas como: “tanto mi mujer como mi hija piensan que soy un gran perdedor, y tienen razón”. La principal causa de su amargura es tener una familia que es un completo desastre, la viva imagen de la imperfección: por un lado tenemos a su mujer, Carolyn (Annette Bening), egoísta, caprichosa y dedicada a engañar a su marido con el representante de una inmobiliaria y, por otro, a su hija Jane (Thora Birch) -la encargada de abrir la película con una inquietante escena filmada con una cámara doméstica, mientras se oye un perturbador: “¿quieres que lo mate?”-, una adolescente rebelde de 16 años que lleva meses sin hablar con su padre y que sueña con aumentarse los pechos. Su familia vecina, los Fitts, no son mucho más normales. El verdadero problema comienza cuando Lester se enamora de la mejor amiga de su hija, Ángela Hayes (Mena Suvari), hasta el punto de empezar una relación clandestina con ella, con la única persona que parece haberle devuelto la felicidad.

Escena de la película.

Escena de la película.

La película en sí es una mordaz e inteligente crítica a la sociedad americana de clase media-alta, esa que reside en barrios residenciales y poseedora de todo aquello políticamente correcto: fama, dinero, poder o buenas mansiones. El mensaje del director, a través de una incisiva mirada a todo lo que se esconde detrás de esas paredes, es demostrar cómo esta sociedad se preocupa más por el aparentar, que en valorar todo aquello que realmente tienen y a lo que no dan ninguna importancia. Basan su cotidianidad en lucir una bonita fachada bajo la que se esconde la viva imagen de la amargura y la frustración. En este sentido están orientadas las tres relaciones sentimentales que establecen cada uno de los miembros de la familia principal, entre la que destaca, por su naturaleza y romanticismo, la protagonizada por Jane y su vecino Ricky (Wes Bentley), un chico de padre nazi que vive con el objetivo de captar la belleza de las cosas a través de su cámara de vídeo -a pesar de que el director recurre en exceso a estas grabaciones caseras-. Un belleza que no todos pueden ver y que será la que protagonice esa antológica escena de la bolsa, fiel reflejo de que lo que se quiere mostrar en la película es que hasta el detalle menos pensado puede transmitir toda la emoción y sensibilidad posible. Incluso una simple bolsa volando por los aires: todo depende de cómo la mires. Y Ricky mira a Jane como nunca antes nadie la había mirado: memorable es la escena en la que rechaza centrar el objetivo de su cámara en la explosiva Ángela y se limita a recrearse en un primer plano de Jane, esa chica en la que nadie se fija, en la que es bella de verdad.

Nadie es, por tanto, quien dice ser en esta historia de roles perfectamente dibujados, de personajes que sorprenden por sus giros de guión, como bien demuestra Frank Fitts (Chris Cooper), el padre de Ricky, un férreo homófobo que descarga toda su frustración contra su hijo y que, en un genial golpe de efecto, se desvelará como un gay que ha vivido reprimido toda su vida. Porque en American Beauty, en este genial ejercicio de disección de una prototípica familia americana, nada es lo que parece, y esa bolsa de la que antes hablábamos viene a representar cada uno de los personajes principales, ya que en el fondo, la mayoría de ellos son bellas personas ocultas tras unas máscaras que les impiden ver la verdadera realidad. Ahí tenemos a la provocativa Ángela, encontrando  atractivo a un hombre que se autodefine como un “fracasado“, a Lester viendo en Ángela eso que necesitaba para encontrar el sentido de su vida, a Ricky enamorado hasta la médula de Jane, a pesar de que ella está descontenta con su físico y su personalidad…Porque todos, en algún momento de la película, hacen feliz a alguien. Para al final, los antifaces -o el maquillaje, para ser más exactos- terminar por los suelos.

Estamos pues ante una obra madura y reflexiva, que nos regaló algunas de las escenas más iconográficas de la historia del cine, sobre todo en las que esos alegóricos y omnipresentes pétalos de rosa -que representan el concepto de la felicidad y que aparecen físicamente tanto en la imaginación de Lester como en su propia casa- están presentes en un primer término. Junto a esto, American Beauty también será recordada por la gran interpretación de la carrera de Kevin Spacey, junto con la del psicópata de Seven, cuya voz en off del protagonista al final del relato seguirá resonando en nuestras mentes una vez acabado el pase. Un dulce eco que hay que descifrar. Y, entonces, nos habremos percatado que hemos asistido a un espectáculo de primer nivel.

Sobre el autor

El Ibérico Gratuito es el único periódico quincenal escrito en español para la comunidad española e hispanoparlantes de Londres.

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