mié22052013

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serueda_wordpresspablo_sanchez_fotoUn sitio abierto a la participación a los que, como yo, aman al que considero el principal constructor de emociones de nuestro tiempo: el cine.

Soy Comunicador Audiovisual y amante de todas las artes audiovisuales, en especial el cine. El objetivo del blog es compartir con los lectores mis críticas de películas que, por una razón u otra, me han marcado. Es un sitio abierto a la participación, por lo que escucharé todos los comentarios y sugerencias que queráis hacer. ¡Gracias! serueda.wordpress.com

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'¿Has visto lo que ha hecho la cerda de tu hija?'

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Imagen de la película 'El Exorcista'.Siempre he defendido la teoría de que El Exorcista (William Friedkin, 1973) supuso uno de los mayores puntos y aparte de la historia del cine. Por varias razones: por su marcado carácter explícito, por haber sabido desprenderse de cualquier tipo de tabú para abordar un polémico suceso o por haber demostrado que el cine de terror, cuando hay talento y una buena historia que contar, puede ser tan válido y sobresaliente como cualquier otro. Friedkin plantea un tema tan espinoso como el exorcismo a una adolescente, Regan (inolvidable Linda Blair), con la mayor seriedad posible y, en contra de lo que algunos puedan pensar, sin caer en el morbo gratuito y la obscenidad fácil. Si bien el caso real en el que está inspirado la película puede que no fuese tan exagerado como se plasma en la película, sí que es cierto que estamos hablando de una cinta protagonizada por el mismísimo demonio, por la maldad absoluta. Por tanto, todos los acontecimientos y frases soeces pasan a estar justificadas y sujetas a toda la lógica del mundo. En este sentido, no son comprensibles las críticas que recibió de ciertos sectores de la Iglesia católica que la acusaron de blasfema, máxime cuando la propia institución eclesiástica, que ha reconocido varios casos de exorcismo, sabe perfectamente que el film no pretende más que reflejar este tipo de sucesos con la mayor coherencia y verosimilitud posible.

American Beauty: rosas y espinas

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Fotograma de 'American Beauty'.Alguien dijo alguna vez eso de "hoy es el primer día del resto de nuestras vidas", y bien podría ser la premisa bajo la que nace American Beauty (Sam Mendes, 1999), una película tan amarga como agridulce, pero en la que subyace un mensaje liberador y de esperanza que es lo que hacen de ella algo grandioso. La ópera prima del director británico, con la que debutó en EE.UU con 33 años tras una larga experiencia como director teatral en su país natal, fue una de las grandes sorpresas de dicho año, arrasó en reconocimientos -nada menos que 5 Oscar, entre los que destaca Película, Director y Guión- y encumbró a Mendes como uno de los directores más a tener en cuenta en futuros proyectos. Y lo cierto es que no defraudó, si observamos que a la película que hoy nos ocupa le siguieron títulos claves como Camino a la perdición (2002) o Revolutionary Road (2008); films, todos ellos, que beben de ese elegante esteticismo formal, de esa magnífica factura, presente en American Beauty.  Y es que, ante todo, estamos ante una obra cuidada, en la que todos los detalles -por pequeños que sean- no se encuentran colocados al azar, al igual que unos estudiados personajes que cumplen perfectamente su función: diseccionar una sociedad americana podrida, superficial e hipócrita.

El manantial de la vida

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Fotograma de la película 'El manantial de la doncella'.Tras haber abordado algunos de los temas más recurrentes de su filmografía -el amor, la muerte, la religión, la venganza- en su film anterior El séptimo sello (1956), Ingmar Bergman rodó El manantial de la doncella (1960), una historia nuevamente ambientada en la Edad Media en la que se volvieran a dar cita todas estas cuestiones universales, de marcado carácter bergmaniano. Así pues, el cineasta nos traslada a la Suecia del S.XIV, para ofrecernos la historia de una leyenda medieval según la cual donde moría violada una virginal doncella emanaba un manantial de agua fresca y pura. Bajo esta premisa, se construye un relato durísimo, en el que se dan cita los instintos más primarios e inhumanos del ser humano; una cinta repleta de significado, en la que abruma el inmenso poder de unas imágenes en su mayoría alegóricas, y movida por esa constante lucha entre el bien y el mal -o más concretamente lo puro contra lo impuro- que ya fue el pilar vertebral de obras anteriores del maestro sueco como la propia El séptimo sello.

Sin agua no hay vida

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Fotograma de la película 'También la lluvia'.Que Icíar Bollaín siempre ha sentido curiosidad por el cine social no es ningún misterio: sus películas han girado en torno al maltrato, feminismo o inmigración. En esta ocasión, en También la lluvia (2010), la realizadora madrileña se pone al frente de su proyecto más ambicioso (un presupuesto de cinco millones de euros, miles de extras, escenas en exteriores, 70 localizaciones...) con el que pretende, dejando constancia la máxima de que "el hombre es un lobo para el hombre", denunciar la injusta situación que se vivió en Cochabamba (Bolivia) en el año 2000 con la llamada Guerra del Agua. A través de sus dos personajes principales, el director de cine Costa (Luis Tosar) y el productor Sebastián (Gael García Bernal), que aspiran a rodar una película en la que recrear el descubrimiento de América de Cristóbal Colón, la directora va tejiendo una historia de choque culturales y de mentalidades; una historia que, a medida que avanza el metraje, se va tornando más envolvente, alzando definitivamente el vuelo el momento en el que estalla dicha guerra. Entonces, Bollaín se reafirma como una de nuestras grandes, capaz de llevar a la pantalla grande el primer guión de su carrera que no está firmado por ella (hasta ahora, había coescrito todas sus películas), sino por el prestigioso guionista escocés Paul Laverty. Y sale bastante airosa de la situación.

Los siete pecados capitales

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Fotograma de la película 'Seven'.Junto con El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991), el otro gran thriller de los años 90 fue, sin duda, Seven (David Fincher, 1995). Ambas películas, imitadas hasta la saciedad, no sólo supusieron un soplo de aire fresco en el cine de intriga y policíaco, sino que además reinventaron las bases del género. Seven, en este sentido, sirvió como modelo y referente a muchas producciones posteriores, si bien ninguna ha alcanzado la maestría que en su día logró la que es la gran pieza de la estimulante filmografía de Fincher -en la que, además, se hace referencias tanto explícitas como implícitas a la obra maestra de Demme-. Ya desde los potentes títulos de crédito -estéticamente innovadores-, el director nos advierte que estamos a punto de asistir a una función no apta para públicos sensibles y que rompe con todo lo establecido hasta la fecha. La misteriosa atmósfera que envuelve al relato, debido en parte a su oscura y turbia fotografía, es palpable ya casi en el minuto uno. No hay concesiones al espectador sensible en una obra de más de dos horas de duración plagada de imágenes imborrables, crímenes atroces y estampas sobrecogedoras.

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