El hecho de haber sido criado en el seno de una familia fuertemente católica y el haber asistido a un colegio de jesuitas, de marcado carácter religioso, dejaron una profunda huella en Alfred Hitchcock. Esta experiencia, lejos de caer en el olvido, le sirvió al cineasta para rodar pelÃculas en las que el sentimiento de culpa, el perdón y los remordimientos estuviesen en un primer plano (La ventana indiscreta -1954-, 39 escalones -1935-...), entre las que destaca Yo confieso (1953). El cineasta no sólo recurre aquà a esas constantes de su cine, sino que además aborda algunos temas polémicos para la época como es la historia de amor entre un sacerdote y una mujer -motivo por el que en paÃses como Islandia la cinta estuvo prohibida- En esta obra, de gran calado moral, Hitchcock plantea uno de los dilemas más agudos de la historia del cine cuando un hombre, en secreto de confesión, le revela a un cura que acaba de cometer un asesinato. Tal y como dice el Derecho canónigo, "el sacerdote que viole el secreto de confesión incurre excomunión automática, sin excepciones", por lo que el sacerdote deberá en todo momento guardar silencio, incluso cuando todos los indicios le señalan a él como el autor del crimen...
serueda
El secreto de confesión
- Wednesday, 25 April 2012
- Pablo Sánchez
Buster Keaton, el maquinista
- Wednesday, 25 April 2012
- Pablo Sánchez
En la década de los 20 y los 30, era frecuente comparar a las dos grandes figuras del cine mudo del momento: Charles Chaplin y Buster Keaton;. No sólo porque ambos eran dos de los cineastas más ingeniosos y carismáticos de la época, sino porque además a menudo compartÃan temática y el argumento de sus pelÃculas se apoyaban en el mismo leit motiv: la lucha del hombre contra la máquina. En Tiempos Modernos (Charles Chaplin, 1935) fuimos testigos de escenas tan iconográficas de la historia del cine como aquella en la que Charlot acaba engullido por los engranajes de la máquina; escena que bebe, inevitablemente, de varios fragmentos de El maquinista de la general (Buster Keaton, 1927), en la que el protagonista se tiene que enfrentar, en plena vÃa de tren, a una locomotora que parece tener vida propia. A menudo se ha escrito que la principal diferencia entre ambos autores es que mientras Chaplin se enfrentaba a la adversidad y trataba de encontrar una solución, Keaton tan sólo la sufrÃa. En esta ocasión, éste último encarna a Johnnie Gray, un hombre sencillo y sin recursos que, en un acto continuo de valentÃa, se pasa los 75 minutos de metraje intentando recuperar las dos cosas que más quiere en la vida: su locomotora (la General, que aquà funciona como el gran protagonista de la función) y su amada Anabelle (Marion Mack), llegando incluso a jugarse la vida en dicha aventura.
'Abrázame, Edward'
- Wednesday, 25 April 2012
- Pablo Sánchez
"¿Por qué está nevando abuela?, ¿de donde viene la nieve?..." Con esta conversación entre una nieta y su abuela da comienzo una de las más bellas fábulas jamás rodadas, un cuento para adultos tremendamente enternecedor y simbólico. Porque Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990), más allá del hecho de que su protagonista (un Johnny Depp en la que fue la primera genial colaboración con un director que luego lo convertirÃa en su actor fetiche) tenga tijeras en lugar de manos -debido a que es obra de un inventor, que murió antes de finalizar su proyecto, en una clara referencia a tÃtulos como Frankenstein, de Mary Shelley-, se esconde una de las más ácidas crÃticas sociales que dio el cine en la década de los 90. Burton, en la que es la gran obra maestra de su filmografÃa, dejó patente su particular universo cinematográfico en una pelÃcula marcada por unas texturas, colores y composiciones visuales que rompÃan con todo lo establecido hasta la fecha y que revelaron al director como uno de los directores más innovadores, lúcidos y trasgresores del momento, consagrado con obras posteriores como "Pesadilla antes de Navidad" (1993) o Sleepy hollow (1999), de ambientación casi idéntica. Se trata, además, de su pelÃcula más personal, casi autobiográfica, puesto que Edward es el propio reflejo de un cineasta que desde joven, y debido sobre todo a su excéntrica personalidad, se sintió marginado y con dificultades para establecer relaciones sociales.
MartÃn Hache: el valor de la palabra
- Tuesday, 24 April 2012
- Pablo Sánchez
Cuando el escritor y guionista de cine argentino Adolfo Aristarain rodó -la que para muchos es considerada la gran obra de su filmografÃa- MartÃn Hache (1997), el cineasta ya era responsable de obras como Un lugar en el mundo (1991) que bien podrÃa ser también el tÃtulo de esta pelÃcula. Porque esta historia de conflicto generacional y de búsqueda de la felicidad que es MartÃn Hache se sustenta en un cuarteto protagonista que lucha por encontrar la felicidad, su propio camino, su lugar en el mundo. A través de una corrosiva y vertiginosa riada dialéctiva, el director nos presenta una obra que se apoya principalmente en un genial guión, que se revela aquà como el ingrediente principal para que la historia funcione. En efecto, son precisamente estos acertados diálogos -discursivos en muchos casos- los que otorgan al film, no sólo de un cierto aroma de teatralidad, sino también de una potente fragancia reflexiva, mordaz, hiriente, sarcástica... elevándolo a la categorÃa de culto.
El crimen artÃstico del Siglo XX
- Monday, 16 April 2012
- Pablo Sánchez
La mañana del 7 de agosto de 1974 se produjo el que más tarde fue denominado como "el crimen artÃstico del siglo XX". Ese dÃa la gente que se encontraba paseando alrededor de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York fue testigo de un hecho sin precedentes: observó como en el cielo, entre ambos edificios, se encontraba suspendido un hombre durante 45 minutos. En efecto, el funambulista francés Philippe Petit, a la edad de 24 años y desafiando a las leyes de la gravedad y al propio sistema judicial americano, consiguió entrar a formar parte de los libros de historia protagonizando una hazaña que dio la vuelta al mundo y que recoge el documental "Man on wire" (James Marsh). Con la ayuda de un grupo reducido de amigos ("es probable que todos acabemos detenidos", decÃan) y habiéndose pasado seis años estudiando meticulosamente su plan, Petit consiguió cruzar ambas torres con la única ayuda de un alambre, a más de 400 metros de altura y llevando por equipaje, únicamente, su talento, concentración y la lucha por conseguir su más anhelado sueño.
Aunque en un principio pueda parecer una historia poco cinematográfica, lo cierto es que Man on wire resulta uno de los documentales más entretenidos jamás rodados. A pesar de que existe un rechazo generalizado en una parte de la sociedad al propio término documental, la verdad es que esta pieza audiovisual de hora y media de duración no defraudará a nadie, mucho menos a los amantes de las buenas historias. Y es que era cuestión de tiempo que la vida del acróbata más famoso de todos los tiempos quedase reflejada en la gran pantalla. Con guión del propio director, el cineasta se sirve de recursos tales como el propio testimonio a cámara del protagonista y sus cómplices, de grabaciones domésticas de la época y, finalmente, de las dramatizaciones necesarias para otorgar a la historia de un envoltorio narrativo lo suficientemente coherente -a pesar de que éstas sean las partes menos atractivas del relato-. Empleando técnicas audiovisuales como la pantalla partida, imágenes en blanco y negro e incluso fotografÃas fijas, Marsh hace un repaso a la biografÃa del artista y estructura su documental en las tres partes clásicas de la narración, que aparecen claramente diferenciadas: la presentación (donde se nos muestra cómo empezó nuestro protagonista a sentir interés por la profesión de funambulista, además de otros trabajos suyos anteriores como en la catedral de Notre Dame ), el nudo (los problemas a los que se debe enfrentar para llevar a cabo su sueño) y el desenlace, donde vemos por fin realizado ese deseo de Philippe Petit, además de las consecuencias -legales y sociales- que supuso. La hermosa música a piano, por último, es el otro gran recurso que usa el director para dar profundidad a la narración.
El premiadÃsimo documental, ganador entre otros del Oscar y el BAFTA al mejor film británico, se apoya en dos grandes bazas: por un lado, la perfecta sincronización entre lo que los protagonista del logro están narrando y lo que la cámara nos muestra. En este sentido, el trabajo de montaje es espectacular. Por otro lado, el hecho de que lo que se nos está contando haya sucedido realmente yque sus imágenes sean de las más famosas de la cultura popular americana, no sólo eleva considerablemente el interés por la historia, sino que además la dota de una magia especial; magia a la que contribuye, inevitablemente, el hecho de que esas Torres Gemelas, escenario de la hazaña, ya no existan, mientras que el propio protagonista, ese que todo el mundo daba por muerto si finalmente decidÃa a jugarse la vida intentando algo tan descabellado como cruzar de un edificio a otro, sÃ. Un detalle que invita a la reflexión y que revela que nada puede darse nunca por sentado en la vida. Además, uno de los grandes aciertos del realizador, es haber dejado aparcado toda la temática del 11-S, desechando de la historia cualquier tinte polÃtico o referencias a estos trágicos acontecimientos. No es esta la intención, desde luego, de "Man on wire".
"Lo que verdad me atraÃa es el sueño de hacer algo imposible, y al mismo tiempo hermoso", reza uno de los testimonios del Petit (encarnado por el Paul McGill en las recreaciones). Y se puede decir que lo consiguió: el acróbata no sólo logro una de las proezas más admirables de cuantas se recuerden, sino que además nos dio a todos una verdadera lección de lo que significa realmente tener un don y saber exprimirlo hasta la última gota, a pesar de que dicho don pueda llevarte hasta la propia muerte con la pérdida de concentración de unas milésimas de segundo. Algo que sabÃan muy bien los ayudantes de Petit, sin los cuales hubiese sido imposible lograr su misión; resulta emocionante ver cómo, casi treinta años después, no pueden evitar emocionarse al narrar en primera persona todo lo que sintieron en el momento de ver a su amigo andando por el cielo: "Era como si caminara como una nube; estábamos extasiados viendo esa imagen de Philippe tumbado ahà arriba", cuentan, refiriéndose al momento en el que el propio acróbata se sentó y empezó a saludar a los testigos, que se dividÃan entre los que consideran el espectáculo como algo hermoso y los que lo calificaban de una locura, un estúpido sinsentido.
Quienes vivan el documental y logren ver más allá de su fachada, podrán comprobar la profundidad de su mensaje y todo lo que simboliza este logro histórico; serán personas que hayan entendido que siempre hay que luchar por nuestros sueños, por peligrosos que puedan resultar, y se emocionarán con las últimas palabras del film: "La vida deberÃa vivirse al lÃmite; hay que rebelarse, no someterse nunca a las normas, renegar del mérito propio, no repetirse a sà mismo,ver cada dÃa, cada año, cada idea, como un verdadero reto... ". Esta frase del propio Philippe pone el broche de oro a un documental ágil, absorbente y que, mÃnimo, hay que ver una vez en la vida. Quizá asà sepamos apreciar el verdadero valor del esfuerzo.


Un sitio abierto a la participación a los que, como yo, aman al que considero el principal constructor de emociones de nuestro tiempo: el cine.




