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Scorsese, ese inventor de sueños

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Fotograma de la película 'La invención de Hugo'.
Imagen del protagonista del filme, Asa Butterfield.
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Cuando Martin Scorsese  aseguró que iba a ponerse al frente de una película infantil, circunstancia por la que ha tenido que "despertar el niño que llevaba dentro", sus seguidores temblaron. Â¿Que el mismo director de Taxi Driver, Casino o, más recientemente, Infiltrados iba a dirigir una película para el público infantil? Algo no cuadraba. Y lo cierto es que, desafiando la adversidad y esa perplejidad inicial de sus fans, Scorsese ha materializado el que quizá sea su proyecto más personal. Porque, si algo caracteriza a La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011), además de no ser sólo una cinta orientada a los niños -abarca un público potencial de todas las edades- es su condición de ser un espejo de muchas aspectos de la vida del cineasta. Se trata, además, de la primera experiencia con el 3D del neoyorkino"única manera de ser lo más fiel posible libro", asegura, un firme defensor de esta revolucionaria técnica.

Esta adaptación del libro La invención de Hugo Cabret, de Brian Selznick, cuenta la historia de un joven huérfano que vive oculto en una estación de tren en la capital francesa, donde se encarga del buen funcionamiento de los relojes. La única herencia que ha recibido de su padre -muerto en una explosión-,  es un autómata en el que él mismo estaba trabajando. Ahora, Hugo (Asa Butterfield) deberá terminar este ambicioso proyecto que su padre dejó inconcluso y averiguar si, una vez finalizada su misión, encuentra algún mensaje oculto en la máquina. Para embarcarse en este proyecto, Hugo contará con la inestimable ayuda de Isabelle (Chloë Graze Moretz), una niña hija del mismísimo George Mélièscon la que vivirá todo tipo de aventuras. Al igual que esa estación de relojería de París en la que vive el niño protagonista, la película funciona como un compacto mecanismo de relojería, con unos personajes que confluyen a lo largo de la historia, aportando cada uno de ellos sus vivencias, sus miedos personales. Esta retroalimentación a la que son sometidos los personajes, atestigua que nada de lo que sucede en el film es casual y no sirven sino de mera excusa para desembocar en uno de los finales más vibrantes y elocuentes del cine moderno.

Scorsese llevaba tiempo queriendo rendir un profundo homenaje al cine, y no cabe duda que con La invención de Hugo lo ha conseguido. Porque, por encima de toda esa espectacular pirotecnia visual y todo ese alarde de ambientación del París de los años 30, se esconde una gran declaración de amor al séptimo arte, temática que también es la esencia de The Artist (Michael Hazanavicius, 2011). Película, además, con la que también tiene en común 5 Oscar, de un total de 11 nominaciones (Mejor Película incluida).

En efecto, al igual que la gran revelación del cine francés de la última década hacía hincapié en la transición del cine mudo al sonoro, la cinta de Scorsese viaja más en el tiempo y nos traslada a sus orígenes (la invención del cinematográfico de los  Lumiere, esos primeros decorados de cartón piedra...) y destaca algunos de los acontecimientos más importantes de su historia como la proyección en los cines de "La llegada de un tren en la estación de Ciotat", una de las primeras películas de los hermanos franceses, proyectada en 1895 en París, que provocó un enorme pánico en unos espectadores que, poco acostumbrados a la experiencia del cine, creían que el tren iba a salir de la pantalla y estrellarse contra ellos.

Pero sin duda, la figura clave del inicio del cine que más presente en la película, llegando incluso a estar materializada, es el propio George Méliès (Ben Kingsley). El genio francés, un pionero a la hora de ver el cine como una herramienta para contar historias y autor de obras tan emblemáticas y tan presentes en la película como Viaje a la luna (1902), es el motor, el alma de esta película.  Precisamente en las escenas en la que el film se aleja de su trama principal y se adentra en el chispeante mundo de este ilusionista en general o en los orígenes del séptimo arte en particular, la película alcanza sus mayores cotas de genialidad. En este sentido, resultan destacables la escena en la que HugoIsabelle leen un libro acerca de los inicios del cine -circunstancia que el director aprovecha para elaborar una condensada y eficaz radiografía de su historia- e imposible olvidar tampoco escenas como en la que se proyecta la única película que se conserva de Méliès en la casa de la pequeña Isabelle... Todos aquellos que amamos el cine siempre recordaremos ese profundo sentimiento con el que está narrado este álgido momento. Y, los espectadores más implícitos, incluso verán al propio Scorsese metamorfoseado en ese niño de 12 años que es Hugo Cabret, que se encuentra siendo hechizado por un mundo de vibrantes emociones, de imaginación sin límites como es el cine y que, en un futuro, hechizado, podría dedicarse a esta industria.

Y es que, sustentada en una gran dirección artística, en un elenco en el que destacan nombres como Jude Law o Christopher Lee y bebiendo de clásicos de Charles Dickens (ese niño huérfano, ese jefe de la estación -excesivamente caricaturizado y, a veces, un tanto ridículo- que al final no es tan malo...), Martin Scorsese construye su película más personal. Así, lleva a la gran pantalla varias de sus experiencias de niño -su padre, al igual que el del protagonista, también lo llevaba al cine de pequeño-que, como he comentado, despertaron en él su profundo amor por el cine.

Inspirada en determinados fragmentos de una estética de la  Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990) fue pionera -por lo que no es circunstancial que la producción corra a cargo de Johnny Depp-  y logrando conjugar el aroma del cine más clásico con la modernidad más puntera, el director logra la que es su mejor película desde Infiltrados y demuestra que no hay retos cinematográficos que se le resistan. Ya sea cine de gánsters (Uno de los nuestros), biopics (El Aviador) o, como en este caso, cine enfocado al público infantil, Martin Scorsese se reafirma como un monstruo cinematográfico Y, sinceramente, en este sentido poco tiene que envidiar a nadie. Ni a un mismísimo George Méliés que, hoy, estaría muy orgulloso de él.

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