‘¿Has visto lo que ha hecho la cerda de tu hija?’

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Imagen de la película 'El Exorcista'.

Imagen de la película ‘El Exorcista’.

Siempre he defendido la teoría de que El Exorcista (William Friedkin, 1973) supuso uno de los mayores puntos y aparte de la historia del cine. Por varias razones: por su marcado carácter explícito, por haber sabido desprenderse de cualquier tipo de tabú para abordar un polémico suceso o por haber demostrado que el cine de terror, cuando hay talento y una buena historia que contar, puede ser tan válido y sobresaliente como cualquier otro. Friedkin plantea un tema tan espinoso como el exorcismo a una adolescente, Regan (inolvidable Linda Blair), con la mayor seriedad posible y, en contra de lo que algunos puedan pensar, sin caer en el morbo gratuito y la obscenidad fácil. Si bien el caso real en el que está inspirado la película puede que no fuese tan exagerado como se plasma en la película, sí que es cierto que estamos hablando de una cinta protagonizada por el mismísimo demonio, por la maldad absoluta. Por tanto, todos los acontecimientos y frases soeces pasan a estar justificadas y sujetas a toda la lógica del mundo. En este sentido, no son comprensibles las críticas que recibió de ciertos sectores de la Iglesia católica que la acusaron de blasfema, máxime cuando la propia institución eclesiástica, que ha reconocido varios casos de exorcismo, sabe perfectamente que el film no pretende más que reflejar este tipo de sucesos con la mayor coherencia y verosimilitud posible. Adaptación de la novela de William Peter Blatty, en la que se narra el caso de un exorcismo real sucedido en Washington en 1949, El Exorcista narra la angustiosa situación por la que tendrá que atravesar una madre, Chris MacNeil (Ellen Burstyn), cuando descubra los extraños comportamientos de personalidad que está sufriendo su hija. La situación va desarrollándose en un salvaje crescendo y, dado que ni los médicos ni psicólogos que investigan el caso de Reagan son capaces de ofrecer una explicación científicamente convincente (“es una crisis nerviosa”, se limitan a decir), la mujer tendrá que asumir que el verdadero problema de su hija es que una terrible fuerza sobrehumana se ha apoderado de ella: el mismísimo demonio. Así pues, y en medio de un opresiva y enfermiza atmósfera que envuelve todo el film, la desesperada madre recurrirá a los servicios del padre Karras (Jason Miller), un cura en plena crisis de fe, para que le practique un exorcismo a su hija. Será entonces cuando, en compañía del sacerdote Merrin (un Max von Sydow soberbio, curtido en el cine de Bergman)-el encargado de abrir la película, cuando descubre en una excavaciones en Irak la estatua oculta de Pazuzu, el rey de los demonios-, deberán hacer frente al suceso más impactante y visceral de sus vidas: enfrentarse a Satanás.

Fotograma de la película.

Fotograma de la película.

El film de Friedkin suma los mejores ingredientes para cocinar la que, a mi juicio, es la mejor película de terror de la historia: no sólo se muestra cauto a la hora de mostrar las endiabladas imágenes -esto es, una cierta austeridad en las imágenes del exorcismo, otorgando a esta parte de la trama pequeños fragmentos, dando prioridad así a la parte en la que se pretende buscar explicación al suceso, ofreciendo así una radiografía del asunto absolutamente realista-, sino que además logró un interesante ejercicio de dicotomía entre ciencia y religión. Y aquí es donde reside ese pánico absoluto que emana la película, ese terror en estado puro: ese momento en el que no hay teoría científica posible que logre explicar lo que le está ocurriendo a la pequeña Regan (“¿de qué esta usted hablando, por el amor de Dios? ¡Se comporta como una auténtica psicópata!”, responde Chris a las teorías ilógicas de los médicos) siendo entonces la religión la que se encargue de ella. Porque, ¿hay algo más aterrador que padecer algo a todas luces inverosímil? ¿un fenómeno que nadie logra explicar por un medio empírico? Este es, junto con la legendaria y perturbadora banda sonora de Mike Oldfield (“Tubular Bells”) -también dosificada con cautela-, el principal punto fuerte de un film que, 40 años después de su estreno, aún hay gente que no ha podido ver por su sensibilidad y por tratarse de una obra a la que rodean todo tipo de leyendas y hechos malditos -el propio director contrató a un exorcista para paliar los extraños sucesos ocurridos durante el rodaje-, creyendo que el simple hecho de visualizarla traerá consecuencias negativas a sus vidas. Un ejemplo más de la inmensa fuerza que posee la película.

El hecho de que el director opte, a excepción de la antológica media hora final -aquella que da realmente título al film- en la que el exorcismo cobra un primerísimo plano, por pequeños flashes a la hora de aterrorizar al espectador, no significa que éstos sean menos espectaculares. Dejando al margen esas continuas apariciones del rostro del diablo -la escena de cuando a Chris se le aparece en la cocina aún sigue poniendo la carne de gallina-, han pasado a la historia escenas de Regan en las escaleras, la masturbación con el crucifijo o ese giro de cabeza de 360 grados que dejó sin aliento a medio planeta. El poder de sus polémicas imágenes, muchas de gran calado moral, aún estremecen como el primer día y es una de las virtudes de un film que, por otro lado, sí peca de una excesiva duración y de un alargamiento injustificado de ciertas escenas -el prólogo, de 10 minutos de duración, podría ser un ejemplo de ello-. Son un acierto también las referencias que se hacen a la película a aspectos como la ouija (“¿de dónde has sacado esto?” le pregunta la madre a su hija), o al propio infierno, que bien podría estar simbolizado, de una forma tremendamente sutil, en esa chimenea encendida de la casa de las protagonistas cuando Chris discute por teléfono.

Rodeándose de un cast espectacular en la que todos hacen creíbles sus papeles -hasta el punto que muchos de sus actores nunca se pudieron desprender de sus roles, como Linda Blair o Jason Miller-, la película logró nada menos que 10 nominaciones a los Oscar, ganando el de Mejor Guión Adaptado y Mejor Sonido. Una de las más sonoras injusticias de la historia de los Oscar, por mucho que su rival fuese “El golpe” (George Roy Hill, 1973), de una película que debería haber conquistado todos los galardones, incluido el de Mejor Maquillaje. No ya sólo por el sobrecogedor impacto que provocó en los cines en su estreno, sino porque no estamos ante un simple película. El exorcista es algo más, es un puro acontecimiento, un fenómeno social y cultural como pocas veces ha dado el séptimo arte. Pero, eso sí: rechacen imitaciones.

Sobre el autor

El Ibérico Gratuito es el único periódico quincenal escrito en español para la comunidad española e hispanoparlantes de Londres.

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