La Guerra Civil Española y las literaturas del mundo

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El pasado 12 de julio finalizaron las conferencias The Spanish Civil War and world literatures que, celebradas en University of London, fueron llevadas a cabo por el Institute of Modern Languages Research. En ellas, y de la mano de grandes expertos en el tema -como el hispanista Paul Preston-, se repasó la estrecha relación que tuvieron las letras mundiales con el conflicto bélico español (1936-1939).

La Guerra Civil, foco de atención mundial

Tras finalizar la I Guerra Mundial en 1918, vivir los tumultuosos años 20, y ver cómo una nueva Europa se configuraba con el imparable ascenso de los fascismos, España tuvo el deshonor de representar a pequeña escala lo que unos años más tarde vendría a ser una situación mundial. En el año 1936, dos bandos quedaban enfrentados en nuestra tierra: derecha contra izquierda, nacionales contra republicanos, conservadores contra progresistas, hermanos contra hermanos.

Para bien y para mal, la guerra actuó como polo de atracción. Por una parte -la mala-, supuso que las grandes potencias usaran el conflicto como campo de pruebas de cara a la guerra que se avecinaba, siendo ejemplo paradigmático la Legión Cóndor del Ejército Nazi y su Operación Rügen, mejor conocida como el bombardeo de Guernica. A partir de ella, la condena internacional se cernió sobre el bando sublevado. En relación con tal condena está la otra parte -la buena-, y es la llegada a España de gran parte de la intelectualidad mundial contemporánea.

Picasso representó en este cuadro a las dos Españas: El toro (bando nacional), el caballo (bando republicano). Y junto a ellos, los desastres de la guerra.

Las letras extranjeras durante la Guerra Civil

Con el estallido de la contienda, no tardarían en mover ficha algunas de las mejores plumas del panorama internacional, desplazándose hasta tierras españolas. Distintos fueron los motivos que movieron a cada uno. George Orwell, por ejemplo, justificó su venida a su colega Henry Miller con un <<voy a matar fascistas porque alguien debe hacerlo>>. El norteamericano, infinitamente más sabio (y mejor escritor, todo sea dicho), calificó inteligentemente esta decisión como <<una idiotez>>. La llegada del británico a las trincheras españolas tendría como consecuencia directa, además de un balazo en el cuello, su obra Homenaje a Cataluña. 

Otro autor, quizá el más célebre de todos cuantos llegaron, fue -quién si no- Ernest Hemingway. Adicto al riesgo, a la vida, no era la primera vez que el Nobel se adentró en fuego cruzado. Ya lo hizo en la Primera Guerra Mundial, aunque esa vez como conductor de ambulancia tras responder a una campaña de reclutamiento de la Cruz Roja en Kansas. A España vendría como corresponsal para la North American Newspaper Alliance, a pesar de que su paso también lo inspiraría para crear una novela (Por quién doblan las campanas, 1940) con la que quedaría consolidado definitivamente como uno de los grandes de la literatura universal. Ya había escrito Fiesta, ya había vivido la bohemia parisina, ya había conocido a la que sería su tercera esposa. Por delante aún quedaban Cuba, África, El viejo y el mar, el reconocimiento mundial y volarse la tapa de los sesos.

John Dos Passos, también miembro destacado de la Generación Perdida, vino en 1937 para realizar un guión, el de Tierra española, sin embargo, tras conocer la desaparición de su amigo y traductor José Robles, presumiblemente a mano de los servicios soviéticos pese a su filiación socialista, decidió abandonar el apoyo a la causa republicana, rompiendo relaciones con su hasta entonces amigo Hemingway.

Ernest Hemingway (derecha) y John Dos Passos (izquierda) durante la Guerra Civil Española.

Las letras galas estarían representadas por André Malraux, quien, también en favor de los republicanos, movilizó un gran equipo armamentístico -principalmente aéreo- debido a sus contactos con el Ministerio del Aire francés. Él mismo lo organizó bajo el nombre “Escuadrilla España“, jugando un papel determinante antes de la llegada de las fuerzas soviéticas. Hablando de escritores franceses y de aviones, Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Príncipito, también participaría en el conflicto.

Las letras españolas durante la Guerra Civil

Tal y como pasó con el resto de población, los grandes autores españoles también se separaron en dos tendencias. Quizás los más reconocidos sean los que apoyaron a la causa republicana, encontrándose entre ellos el grupo de los poetas-soldados, cuyo máximo exponente sigue siendo Miguel Hernández. Tres años antes, en 1933, muchos autores -Lorca entre ellos- formarían parte de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Rafael Alberti, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Luis Cernuda son algunos de los mejores literatos de este bando. En el contrario aparecen nombres ni de lejos inferiores, como Josep Pla, autores a los que, injustamente, y a pesar de su inconmensurable talento, se les condena hoy al ostracismo o se reconoce a duras penas su obra apostillando siempre un “a pesar de”. Es el precio que en nuestros días han de pagar los que en su tiempo fueron ganadores –si es que alguna guerra los tiene-, que su adhesión (o no ya adhesión, solamente no condena) de la ulterior dictadura franquista, acabó por repercutir en el reconocimiento de su obra. La izquierda parece poseer la patente para distinguir quién se merece -o no- figurar en la historia, denigrando a los de diferente corriente ideológica. Así, se relega a Panero a un mero poeta del régimen. A Dalí, pese a ser el pintor más grande en España desde Velázquez, se le sigue achacando el provecho que sacó a su relación con Franco. ¿Era acaso peor pintor por eso? ¿En función de qué, por ejemplo -y cambiado de tercio- se juzgan las novelas del marqués de Sade? Porque menudo enfermo…, lo que no resta que fuera un genio. Algo parecido sucedió recientemente en Francia con el centenario de la muerte de Louis-Ferdinand Céline, momento en que el Gobierno decidió realizarle un homenaje debido a que, indudablemente, su novela Voyage au bout de la nuit está entre las mejores del siglo XX. Sin embargo, por sus opiniones antisemitas, diversos grupos sociales presionaron y finalmente los actos acabaron cancelándose.

Un conflicto como una guerra civil, normal es que pase factura, y si lo siguieron cuarenta años de represión, con más razón. Lo que queda fuera de toda lógica es la injusta condena que se acomete sobre según qué autores por el mero hecho de pertenecer a una determinada facción, pareciendo quedar legitimado el arte de solo aquellos que poseen un determinado modo de pensamiento. De igual forma, cuando ante una conferencia que supuestamente va a versar sobre Historia (leáse como está escrito, en mayúscula), el ponente -Paul Preston en este caso-, acude con una chapita con la bandera republicana en la solapa de su chaqueta…, qué quieren que les diga: él mismo se retrata (en el mal sentido de la palabra). Y no lo digo porque sus palabras estuvieran sesgadas, al contrario, no hubo -o no aprecié- la tendencia que reflejaba su chapa, lo digo porque no es el modo. Habiendo estudiado durante cinco años en la carrera Historia, y algunos más en el instituto, uno se apena cuando en muy pocos casos lo que le han contado ha sido objetivo, no sujeto a la opinión del que en ese momento transmitía el conocimiento. Y es triste, repito, que una de las labores donde más fiel se debería ser a los hechos y relatarlos tal como ocurrieron, sea, quizás, la actividad más sujeta a parcialidad, a la condición del que realiza la charla o el escrito.

Por ello, para acabar, quiero hacerlo con el, para mí, más lúcido, más sincero, menos hipócrita, de todos cuantos escribieron sobre el conflicto, el sevillano Manuel Chaves Nogales -a quien Preston citó, por cierto-. Chaves Nogales, en A sangre y fuego, condenó tanto <<la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes>>. Porque es algo que hoy se olvida, porque en ambos lados hubo asesinos. Las Brigadas Internacionales no venían colocando margaritas en los cañones de los fusiles enemigos. Es algo que, por el modo de actuar de algunos, parece ignorarse. Parece que solo la izquierda puede levantar cerrado el puño y corear henchida la Internacional (y no hablo de individuos independientes, estoy hablando de ministros de un Gobierno que representan a toda una nación). ¿Se imaginan al actual Gobierno en funciones en un acto cantando el Cara al sol? Incluso un escalofrío recorre el cuerpo. ¿De qué manera ha causado esto mella en nuestro imaginario colectivo? Al fin y al cabo, ¿de qué hablamos? Porque hablamos de libertad de expresión, ¿no?

Paul Preston durante su exposición

Paul Preston durante su ponencia

Sobre el autor

Córdoba, 1990. Licenciado en Historia. Colaborador de FHM, DT y Diario de Actualidad. Redactando ahora para El Ibérico.

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