El bulo británico que puso en duda la existencia de los campos de concentración

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“La verdad es la primera víctima de la guerra”, Esquilo, dramaturgo griego

Aunque hoy día nos resulte difícil de creer, no fue hasta el período final de la II Guerra Mundial cuando la existencia de los campos de concentración nazis se dio a conocer. El primero en ser liberado fue Bergen-Belsen, en el norte de Alemania, y progresivamente fueron salvados el resto. Y es que en esa época la información no fluía al ritmo que lo hace hoy. La censura era lo habitual a uno y otro lado. Esos dos ingredientes permitieron que un programa tan atroz como el de los campos de concentración quedase oculto a la opinión pública. Todo ello pese a la existencia de multitud de rumores y comentarios que circulaban sobre su existencia. 

¿Cómo fue posible? Sin ser ni mucho menos la razón principal, uno de los motivos fue una campaña de desinformación llevada a cabo por los propios británicos muchos años antes. Esto sin duda influyó en la percepción del gran público.

Propaganda, desde la I Guerra Mundial

Ya en la I Guerra Mundial se llevaron a cabo multitud de acciones de propaganda y contra propaganda por parte de ambos bandos. En el lado británico dicha función fue desarrollada por el British War Propaganda Bureauuna agencia dependiente de la Oficina de Relaciones Exteriores. Dicho organismo dirigía su labor a países aliados y neutrales. Su meta era la de sumar a naciones no beligerantes a su causa. Una de las campañas quizás más exitosa fue la llamada The German Corpse Factory, o en alemán la Kadaververwertungsanstalt, algo que podría traducirse como la “Fábrica de Tratamiento de Cadáveres”.

El 17 de abril de 1917, los periódicos The Times y The Daily Mail se hicieron eco de una noticia de un periódico belga. Éste a su vez tomaba como referencia a un diario de Berlín. En este diario afirmaba que se habían puesto en marcha varias fábricas dedicadas a la desagradable tarea de extraer grasa de cadáveres para la fabricación de aceites y velas. También acusaban de utilizar huesos molidos como fertilizante. Incluso se llegó a decir que convertían la carne en comida para animales domésticos. Lo más espantoso de todo es que estas acciones no se tomaban sobre cuerpos de animales, sino de humanos. El artículo describía como estos eran trasladados por tren a unos campos rodeados por alambradas alejados de núcleos urbanos. Allí eran supuestamente procesados y los restos incinerados en hornos crematorios.

Una traducción errónea e intencionada

La noticia no tardó en llegar a las autoridades alemanas, que calificaron la afirmación de ridícula y protestaron por ello. Al parecer la fuente era una traducción errónea (y completamente intencionada) de la palabra “kadaver”, que en alemán hace referencia a una res muerta y no a una persona.

Si el objetivo de dicha campaña no era honrar a la verdad sino desprestigiar a los alemanes, se puede decir que fue todo un éxito. En los siguientes días varias publicaciones satíricas se hicieron eco de la noticia. Asimismo, el Parlamento Británico debatió el asuntó. Tampoco no lo desmintió. Todo ello pese a que carecían de pruebas para mantener viva la duda sobre esta cuestión. Incluso, la noticia fue filtrada al diario estadounidense The New York Times en un intento de darle circulación internacional.

John Charteris, el ideólogo del bulo británico

¿Quién estuvo detrás de semejante campaña? Lo cierto es que este engaño tiene su origen en un artificio realmente simple. Además, el éxito residió en difundir la noticia a través de los contactos adecuados.

John Charteris fue un diputado del partido conservador que había ostentado un cargo de mando en Inteligencia. Mientras ejercía sus funciones en dicha posición tuvo la idea de difundir este asunto cuando ojeando varios periódicos pudo ver dos fotografías. En una de ellas se trasladaban caballos en un tren para su tratamiento en fábricas. La otra imagen contenía soldados muertos en el frente para ser enterrados en casa. Simplemente fue necesario intercambiar los pies de ambas noticias y ponerlo en conocimiento de sus contactos. Ellos disfrutarían de la ventaja de vender esa noticia como una exclusiva.

La duda sobre los campos de concentración

No fue hasta 1925 cuando la noticia fue reconocida como falsa. Entonces se aceptó que no fue más que un burdo intento de desprestigiar al país germano. Al parecer quedó tan grabado en la opinión pública que años después, cuando comenzaron a circular los mismos rumores sobre los campos de concentración y cámaras de gas nadie los creyó. Nadie, hasta que aquellos primeros soldados pudieron ver con sus propios ojos la magnitud de tal atrocidad.

Sobre el autor

Economista y abogado de formación y profesión, y curioso por vocación. Un libro pegado a un hombre, llegó a Londres por ver qué hay detrás. Analítico, pero sencillo y (demasiado) despreocupado, jamás dirá que no a un café. Lleva más de un año tecleando para EL IBÉRICO, y lo que aún le queda.

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