Crítica de Argo: la mejor de las peores ideas

La tercera película de Ben Affleck como director tiene todas las papeletas para convertirse en una de las más nominadas en la ceremonia de los Oscar del año que viene. Guión sólido que retrata las “virtudes” de los Estados Unidos frente a los “monstruos” de otros países, excelente diseño de producción, un buen puñado de laureados actores y, last but not least, George Clooney pagando el film junto al mismo Affleck. Y ya sabemos lo todopoderoso que el antiguo protagonista de Urgencias es en el Hollywood actual. Todo preparado a la manera del cine comercial USA y envuelto para regalo. No es que Argo deje de tener su mérito en varios aspectos, pero telefilms afines han pasado sin pena ni gloria por la pequeña pantalla, con la mala suerte de que no contaban con el alto presupuesto ni la promoción de este blockbuster orgullosamente patriótico.

Después de dos retratos de la Norteamérica contemporánea, Gone, Baby, Gone (2007) y The Town (2010),  Ben Affleck la lía parda con una historia tan extraña que solo puede ocurrir en la…realidad. En 1979 seis miembros de la embajada USA de Teherán, en Irán, tienen que huir del edificio invadido por fanáticos hambrientos de revancha debido al asilo que Estados Unidos le ha ofrecido al antiguo Shah. Los diplomáticos se ocultarán en la casa del embajador de Cánada.

Tony Mendez, cerebrito de la CIA que interpreta el mismo Affleck y, probablemente, uno de los personajes principales más aburridos que ha dado el cine en los últimos años, se encargará de rescatar a la media docena de componentes del gobierno y sacarlos de Irán. Su plan: montar una space opera para la ocasión (de nombre Argo), similar a La guerra de las galaxias, publicitarla en los periódicos y hacer creer a las autoridades iraníes que los seis pertenecen al equipo de la película y que fueron allí a buscar localizaciones.

Parecida estéticamente al Munich (2005) de Spielberg pero sin el virtuosismo del director de Tiburón, lo cierto es que la cinta del ex-novio de Jennifer Lopez es un sobrio, vibrante a ratos, estable entretenimiento; apoyándose todo el drama de la historia en momentos de humor que nos van indicando tranquilamente el final feliz de lo que ocurrió. Lester Siegel (Alan Arkin), productor del Argo ficticio, y John Chambers (John Goodman), encargado del supuesto maquillaje, que empiezan fuerte en la trama pero que se van apagando a medida que avanza el metraje, son los encargados de los gustosos apuntes cómicos; con especial atención al instante en que Siegel crea la coletilla Argo fuck yourself en respuesta a los que le preguntan qué significa Argo.

Sin apenas set pieces de acción trepidante, entre Affleck, el montador y el guionista consiguen crear tensión e interés por todo lo que está pasando; lugar de honor para la última media hora… aunque, eso sí, cargada de incómodos clichés (la trillada escena en la que el conductor del autobús del aeropuerto no puede arrancar) y un trato del espacio-tiempo en ocasiones insultante, que nos hace recordar frases del tipo “la gente del cine americano cree que el público es tonto”, algo que todos hemos oído (y dicho) alguna vez. Caerán premios.

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