Portada | Cultura y Ocio | Cine | Crítica de Chappie (2015): el Blomkamp más fan

Crítica de Chappie (2015): el Blomkamp más fan

Si de algo sirve la tercera película del sudafricano Neill Blomkamp es para dejar claro que estamos ante un director, de ecléctica naturaleza cinematográfica, que de un momento a otro nos puede abofetear con ciertas realidades que aún no teníamos asumidas, como, por ejemplo, el hecho de que Blomkamp necesite un buen consejero y ayudante para pulir sus guiones y elegir actores competentes.

También nos ha hecho descubrir que es capaz de sacudir la lógica narrativa de una película para satisfacer su amor incondicional por el dúo rapero Die Antwoord. Tal es el caso de la comedia de ciencia ficción Chappie.

Al igual que hizo en District 9 (2009), aunque con mayor énfasis en las alegorías políticas y sociales, el realizador sitúa la acción en Johannesburgo, llena de pobreza y violencia. El año es 2016, y los encargados de velar por la ley en las calles son policías humanos y robots, diseñados estos por un joven genio, Deon Wilson (Dev Patel). A Wilson le parece muy bien todo eso de proteger a la ciudadanía, pero su verdadera meta es conseguir crear una máquina que tenga “conciencia humana”, que sueñe y sienta, trabajar y dedicarse a su propia vida ociosa, amar y sufrir. Justo cuando va a experimentar con uno de los robots, Wilson es secuestrado por Ninja (Ninja), Yolandi (Yo-landi Visser) y Amerika (Jose Pablo Cantillo), tres gángsters de medio pelo que necesitan al muchacho para que desconecte de forma remota todas las máquinas policiales de la ciudad.

Deon no desconecta nada, sino que aprovecha la oportunidad para convencer a esos losers de que es mejor probar su nuevo invento con el robot que iba con él en el rapto. Una vez que introduce la tarjeta de memoria en el cerebro electrónico, el autómata despierta sin más experiencia que la de un bebé, bautizado por Yolandi con el nombre de Chappie (con voz y movimientos computerizados de Sharlto Copley). Una tabula rasa que los tres maleantes moldearán a su antojo para intereses poco loables… al menos al principio, ya que Ninja, Yolandi y Amerika le cogerán cariño. Deon no solo tendrá que enfrentarse a sus nuevos “amigos”, también a un colega ingeniero, Vincent Moore (Hugh Jackman haciendo de malo malísimo), que quiere que se aprueben sus propios y más grandes diseños robóticos.

Chappie es, digámoslo ya, una película extraña de complicado meollo, por no decir brusco, viniendo del que la firma. Las aptitudes de Neil Blomkamp en el campo de los efectos digitales fueron probadas con creces en sus anteriores obras y en esta que nos ocupa.

Y, por cierto, la anterior Elysium es una película reivindicable (no solo en lo visual; los personajes importaban), aunque el director no esté contento con el resultado. No, el problema no son las virtudes en las secuencias de explosiones, con ralentí, o el alucinantemente realista Chappie. El abultado presupuesto da para esas virguerías. El inconveniente es otro.

Lo que se va desarrollando como una versión para adultos de Cortocircuito (1986) o D.A.R.Y.L (1985) deviene en un incómodo producto violento, rebelde y adulterado que se acerca más a títulos trash como Curso de 1999 (1990) que a cintas clásicas de la talla de Robocop. No se sabe muy bien si las escenas de pretensiones cómicas en Chappie surgen con voluntad irónica y moralizadora o de verdad los guionistas –Blomkamp y Terri Tatchell- creen que es material válido para hacer reír. Cuando vemos a Ninja y Amerika “educar” al robot en el arte de la chulería y la crueldad, el concepto de “violencia gratuita” empieza a cobrar sentido. No es lo que se cuenta, es cómo se hace, y da la impresión de que el realizador no quería contar así la historia.

Y, claro, tener a la banda musical de Sudáfrica Die Antwoord de protagonistas tampoco ayuda mucho. A pesar de lo que el trailer y los primeros minutos del film puedan insinuar, lo cierto es que ni Wilson, ni Moore, ni el mismísimo Chappie se hacen con el control de la trama; mucho menos Sigourney Weaver, desaprovechada en el vano papel de jefa en la empresa que fabrica los robots. En un incongruente alarde que sacrifica la lógica narrativa por el fanatismo teenager, el realizador consigue que las estrellas de la fiesta sean los macarras Ninja y Yo-landi, nombres en la ficción y en la realidad. También la banda sonora y parte del atrezo existen por y desde ellos. El hándicap de todo esto es, principalmente, que ambos untan el metraje con pésimas e inexpertas interpretaciones. De propina, no deja de ser curioso que los creadores de la película decidieran subtitular al villano Hippo (Brandon Auret) en sus locuciones, ya que es más fácil entenderlo a él que a Die Antwoord o a Copley. Extraño film, chicos, extraño film.

Relacionado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio