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Crítica de Compliance (2012): notas sobre la estupidez humana

Que una película más o menos dividida en los tres actos correspondientes a la narración comercial, sin sexo explícito, sin sangre ni violencia gráfica se convierta en uno de los trabajos más polémicos que ha dado el cine en los últimos años no deja de tener su gracia y su mérito. Nada como incomodar al público atacando su propia estupidez humana, esa que intentamos meter debajo de la alfombra para no afrontarla diariamente. Compliance supone todo un reto para la paciencia del espectador y la suspensión de la credibilidad.

Lo más curioso, y a la vez frustrante, de esta obra norteamericana es que está basada en hechos reales acaecidos en 2004. Frustrante porque, a pesar de que todo lo que el director y guionista Craig Zobel nos muestra en pantalla ocurrió sin lugar a dudas (véase el video de la noticia real en Youtube), es prácticamente imposible no tener sospechas y aceptar sin más la veracidad de la historia. Y es que los personajes y situaciones de este filme independiente protagonizado por la ex–Gossip Girl Dreama Walker serían el sueño de los fans del porno más chusco si no llega a ser por el halo de seriedad impuesto desde la puesta en escena:

Viernes intenso en una hamburguesería cualquiera; Sandra (Ann Down), la manager del local, recibe una llamada de teléfono en plena hora punta de clientes mientras sus empleados, Becky (Dreama Walker), Kevin (Philip Hettinger) y Marti (Ashlie Atkinson), se ocupan de las ventas. A Sandra no le queda más remedio que prestar mucha atención a la persona que está detrás de la línea telefónica: un hombre (Pat Healy) que dice ser un oficial de policía que está investigando el robo a una chica por parte de una de las empleadas de la manager, Becky. La joven dependienta tendrá que ir a la oficina de atrás del restaurante y llevar a cabo lo que su boss y el poli le pidan. Peticiones tan extrañas como desnudarse completamente (impagables todos los planos de los pechos de Walker, un guiño del director para alimentar aún más nuestro voyeurismo más culpable), masturbarse delante del novio de Sandra, Van (Bill Camp), por haber sido «una chica mala» y dedicarle al mismo unos minutos de sexo oral. Todo un cúmulo de despropósitos a los que la mayoría de protagonistas acceden por no llevar la contraria a la autoridad…a un hombre aburrido que solo se hace pasar por agente de la ley.

La primera reacción ante tan extraordinaria sucesión de eventos es llamar tontos del culo a los trabajadores de la hamburguesería -con nombre ficticio que oculta el McDonalds de la historia real de hace nueve años- y lamentarse de la idiotez de la sociedad yanki por consentir actos tan extremos y absurdos si alguien con cierto poder se los pide. No fue el único caso similar que ocurrió en aquel 2004 del país de Bush, sino solo uno de los setenta. La incredulidad se multiplica, lo sé. Pero la única verdad es que nunca sabremos (tal vez sí) cómo responderíamos ante algo parecido. Zobel acierta en añadir varias ideas que ayudan a «entender» el criterio que siguen los personajes con más peso del relato: minutos antes de LA llamada, se enfatiza la inseguridad de Sandra y la envidia que le tiene a la joven y mucho más atractiva Becky; cuando Van llega al local se hace referencia a las copas de más que se ha tomado esa noche; y se intuye el poder sugestivo del perverso bromista, aunque se me hace la boca agua pensando qué diálogos habría puesto Tarantino en las conversaciones telefónicas.

Compliance no solo habla de nuestra dócil respuesta al poder establecido (en lo que respecta a la Ley pero además a nuestros jefes en un pub, en una oficina, ¡en cualquier empresa!) sino también de lo poderosos que nos podemos sentir nosotros mismos cuando nos dan potestad para practicar libremente los impulsos y sin reproches. Salvando las distancias, se me vienen a la cabeza películas como Amo los uniformes (1993) o El hombre sin sombra (2000), donde la cuidadosa moralidad de nuestros principios se difumina en el momento en que tenemos vía libre para hacer lo que queramos, el uniforme de policía en la primera y la invisibilidad en la segunda. Que levante la mano el que no haya hecho cosas desaprensivas de las que después se ha arrepentido. Pensad, pensad, malditos. Es probable que solo lo relacionado con la sensación de culpabilidad y vergüenza sea lo que invite a la gente a abandonar el cine, y no la falta de calidad de esta excelente obra con actores inmensos.

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