Crítica de The Equalizer (2014): refinado cliché

Un vigoroso Denzel Washington, al que homenajearon hace una semana en el Festival de San Sebastian, lidera la no menos potente The Equalizer. Vendida como adaptación cinematográfica de la serie de televisión del mismo título que se emitió en los años ochenta, igualmente podría haberse inspirado en cualquier actioner de Jean Claude Van Damme, Don “The Dragon” Wilson (si tiramos por la más pura serie B) o en la figura del vigilante que tan de moda puso Charles Bronson. A pesar del temible guión, lleno de clichés e instantes risibles, el realizador Antoine Fuqua consigue un producto solvente gracias a su mano firme.

Robert McCall (Washington) es el perfecto “hombre tranquilo”. Amable, sensato, sociable, de sonrisa fácil y muy trabajador. En apariencia, normal y corriente. En apariencia, digo, porque la realidad es que en un oculto pasado formó parte de los servicios secretos estadounidenses, y cualquiera que le toque la fibra hará que el “taxi driver” de Scorsese parezca Mickey Mouse a su lado. Ese lado salvaje saldrá a flote cuando la joven prostituta Teri (Chloë Grace Moretz) reciba una paliza de los chulos que controlan su vida.

El ex – agente, ducho en las peleas cuerpo a cuerpo e ingenioso como McGyver, se enfrentará a los que dañaron a la chica, sin percatarse de que se mete en algo mayor de lo que imaginaba. Los chulos pertenecen al grupo mafioso ruso liderado por Pushkin (Vladimir Kulich), cuyo “perro de presa” Terry (Marton Csokas) es enviado a los Estados Unidos para parar los pies al duro e implacable McCall.

The Equalizer, que ha arrasado en la taquilla USA durante el fin de semana de estreno, supone un descanso técnico en la carrera de Fuqua después de la excesiva Olympus Has Fallen (2013), aquella Jungla de cristal en la Casa Blanca. También es el re-encuentro entre el director y Denzel Washington, que ya colaboraron en la triunfal Training Day (2001). Esta nueva película del tándem no es aquella de hace trece años, el cual contaba con un libreto más sobrio, mucho menos trillado que el escrito por Richard Wenk, aunque sí tiene las suficientes y justas virtudes para entretener a todo amante de la acción poco comedida. La exposición de la violencia en The Equalizer no se anda con tonterías: es brutal, enérgica y exquisitamente turbadora. La espectacular fotografía de Mauro Fiore –ganador del Oscar por Avatar – acompaña de forma elegante cada movimiento de cámara y decisión artística de Fuqua…si bien algunas de esas decisiones se antojan discutibles, como los efectistas e innecesarios segundos en los que nuestro héroe analiza la posición de cada villano, de sus manos, del espacio, previo al ataque. McCall no es un robot; sangra y siente dolor, por eso nos gusta, pero al realizador se le olvida ese detalle.

No sé qué sensación ofrecería esta historia de vengador justiciero si Washington no estuviera en ella. Al igual que Liam Neeson, la solidez y madurez del actor en pantalla- en plan “yo lo he visto ya todo, qué me estás contando”- consiguen que estemos con él a muerte, que suframos cuando es herido y que sonriamos cuando le vemos sonreír. El hecho de que no sean los típicos guaperas ayuda a nuestra empatía. Hay actores y hay actores, y esos dos de arriba cumplen casi siempre. En The Equalizer, me gusta ver al intérprete afroamericano andando en cámara lenta, me gusta la conmovedora forma de hablar de McCall a Teri, y me gusta cómo da una oportunidad de vivir a los malos malísimos antes de aniquilarlos sin remordimientos, incluso en la larga y fatigosa parte final de la película, un clímax que pone la puntilla a los defectos del film y que descolora los buenos momentos de todo el metraje.

 

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