Crítica de Ex Machina (2015): ese oscuro chip del deseo

La primera película como director del conocido novelista y guionista Alex Garland -el cual ha estado muy unido a la carrera de Danny Boyle con obras como La playa o 28 días después– es una robusta historia de ciencia ficción visualmente radiante y guiada por grandes interpretaciones, donde sobresale un excelente y cautivador Oscar Isaac. Ex Machina usa la inteligencia artificial como leitmotiv, lo hace más de envoltorio transparente que de tema principal. Y es que el film discurre entre los juegos mentales y persuasivos de los seres humanos en las relaciones interpersonales, la liberación de la mujer ante las presiones del macho alfa o el importante papel de los impulsos –llámese intuición- en el proceso creativo.

Caleb (Domhnall Gleeson), joven informático, gana un premio en la compañía de internet para la que trabaja, Bluebook. El premio es jugoso: visitar durante una semana el enorme paisaje natural privado y la casa de su multimillonario jefe, Nathan (Oscar Isaac). Beber y charlar no serán los únicos componentes de las idílicas vacaciones al lado del solitario CEO. Este propone a su empleado testear a Ava (Alicia Vikander), un robot femenino (con vagina incluida), casi humano, que supone el último grito en IA. Caleb y Ava mantendrán una sesión cada día, dedicada a mantener conversaciones de cualquier tipo para averiguar si el robot podría pasar perfectamente por una persona. Sin embargo, la cosa no será tan sencilla a partir de que la seductora Ava le diga al muchacho que Nathan no es lo que parece ser.

Ex Machina tiene mucho de la llamada “ciencia ficción feminista”, subgénero situado en futuros uto y distópicos donde las mujeres transforman su rol de ser débil para convertir al varón en una nimiedad dependiente de ellas. Si lo pensamos bien…¿No dependen ya de la mujer cuando esta muestra sus mejores y cotidianas armas? Armas sexuales y sensuales, la mayoría de las veces. Los hombres son (somos) así, y la belleza física femenina toma el control de los pasos masculinos a su gusto y mando. Suena a tópico; no lo es, a tenor de las situaciones que se dan a diario.

Garland parece tenerlo claro. Ava no es humana, aunque da igual. En Ese oscuro objeto del deseo (Luis Buñuel, 1977) dos actrices interpretan al mismo personaje; el mensaje era cristalino también. La súper-inteligencia artificial de la bella autómata no impide que Caleb sucumba a sus encantos “tecnológicamente” carnales. El metraje no deja lugar a dudas en su inmaculada narración llena de imprevisibles y originales diálogos. No sabemos qué van a decir los personajes ni cómo lo van a hacer, pero la sensación final de cada frase funciona como conclusión ante lo inevitable: el destino del protagonista es enamorarse de Ava.

Hay que destacar la naturalidad de Isaac en el tira y afloja con Gleeson. Nathan no es tonto, y a Caleb le falta recorrido. El millonario sabe la influencia que puede llegar a tener la dulzura y hermosura de su sugerente invento. Garland enfatiza mediante sus imágenes en ese deseo sexual masculino. Los planos de desnudos en Ex Machina no son un fin en sí mismos, sino un medio para lanzar al espectador la inapelable pregunta: “¿No os dais cuenta de que las chicas pueden hacer con nosotros lo que quieran? No podéis apartar la mirada”. Al director y guionista le gusta jugar, y el juego le sale bien, exponiendo la naturaleza más primitiva de los humanos y los mecanismos de supervivencia de forma concisa y poética a la vez. Recomendable La mejor oferta (Giuseppe Tornatore, 2013) como complemento.

Ex Machina excede, no es solo una invitación a la reflexión existencial y sentimental. En la superficie, nos encontramos con momentos impagables que se clavan en la memoria gracias a la sutil realización de Garland (no exenta de agradecidos exabruptos violentos en el desenlace de la película), probablemente el más compacto debut mainstream visto en los últimos meses. Ahí queda para el recuerdo la secuencia en la que Nathan decide ponerse a bailar junto a su criada y callada Kyoko (Sonoya Mizuno); casi todos los planos de Ava, recreada brillantemente, con sensibilidad y misterio por la actriz y ex bailarina sueca Alicia Wikander; o los elegantes efectos digitales en la puesta en escena, muy cercana a muchos de los episodios de esa obra maestra televisiva, y también británica, llamada Black Mirror. Id al cine, insensatos.

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