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Crítica de Interstellar (2014): el precio del poder

Ironías del cine, en una de los mejores momentos de El lobo de Wall Street, Mark Hanna (Matthew McConaughey) describe gran parte de lo que sería la futura Interstellar: it´s a fugazi, it’s a wazzy, it’s a woozy, it’s fewfewfewfew it’s fairy dust. Y es que la nueva película de Christopher Nolan, protagonizada por el excelente actor tejano, es un desconcertante -a veces ridículo- sinsentido lleno de charlatanería pseudo-científica simplona y volátil. Tal y como le ocurrió en la trilogía del caballero oscuro, el británico no encuentra el balance correcto que case la trascendencia del supuesto mensaje con la exposición formal.

Norteamérica. Microcosmos rural. Futuro distópico. La ciencia ha perdido toda credibilidad. Ex – astronauta reconvertido en agricultor (sic), Cooper (McConaughey), vive con sus dos hijos Tom (Timothée Chalamet) y Murph (Mackenzie Foy) y el abuelo materno Donald (John Lithgow, al que siempre quiero ver más). El ser humano se está muriendo de hambre debido al ataque natural que afecta a las plantaciones y la capa de ozono anuncia el fin del planeta. Enormes tormentas de arena son la trágica guinda que acerca el apocalipsis inmediato…o no. Un extraño mensaje aparece en la casa de Cooper, guiándole a través de coordenadas hacia el campamento secreto donde la menospreciada NASA busca una salvación para la raza.

Y esa salvación no es otra que un agujero negro. El profesor Brand (Michael Caine haciendo lo suyo) es el encargado de controlar la logística de la misión espacial, que tendrá como enviados especiales al propio Cooper (ya que estaba ahí, ¿no?), la hija de Brand, Amelia (Anne Hathaway), Romilly (David Gyasi), Doyle (West Bentley, otro al que quiero ver más) y uno de los robots peor diseñados de la historia del cine, TARS (voz de Bill Irwin). El objetivo es dar con otro planeta habitable detrás de ese misterioso pasaje del espacio, pero el trayecto llevará hasta la verdadera respuesta al enigma de la quinta dimensión.

A pesar de los medios con los que ha ido contando desde que Hollywood le abrió las puertas, nunca he visto a Nolan como un director particularmente hábil a la hora de mover la cámara. Le falta músculo. En comparación con, por ejemplo, Steven Spielberg, Kubrick, Paul Thomas Anderson o Brian de Palma, el creador de Inception sale perdiendo. Robert Zemeckis, que tampoco es de los que se achantan, ya le dio su toque maestro a la muy superior Contact (1997), film este que guarda bastantes similitudes con Interstellar y que el tiempo ha sabido ponerla entre las grandes obras de la ciencia ficción. Por desgracia para la película que nos ocupa, sin contar las secuencias espaciales –no son la panacea, pero hay algunos instantes estelares; recuerdo con excitación la entrada al “wormhole” acompañada por la música de Hans Zimmer-, las imágenes parecen nacer de una desgana aplastante, como si su responsable confiara ciegamente en el poder del guión escrito entre él y su hermano Jonathan. Poder casi inexistente, todo sea dicho. Solo hay que ver la mayoría de las secuencias centradas en el planeta Tierra, y, en concreto, la primera hora de las larguísimas tres de metraje; le sobran treinta minutos, al menos. Tampoco ayuda la fotografía de  Hoyte Van Hoytema, tan difuminada que prácticamente simboliza la vacua y anodina sensación que deja tras su visionado.

No tengo nada en contra de directores megalómanos, pretenciosos, que intentan ir donde nadie ha ido. Lo veo necesario, incluso. El problema es cuando esos creadores mezclan churras con merinas y prometen lo que no logran cumplir. Un querer y no poder. Nolan aspiraba una vez más a concebir la película-más-grande-jamás-contada, y al final todo ha quedado en un producto incoherente, con poco ánimo de arriesgar y más cursi que sensible. Sin duda anhela pasar a la historia por el camino más corto y fácil. Una pena que (casi) todos los blockbusters sacrifiquen la solemnidad del arte más recóndito del corazón humano por la comercialidad de una obra mayormente sustentada por virtuosismo técnico pagado con muchos millones de dólares. El londinense posee talento para engendrar importantes títulos; ya lo demostró con Memento y, mi favorita, The Prestige. Solo tiene que volver a sus inicios y reencontrarse con lo que Hollywood no puede comprar ni adulterar.

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