Crítica de Man of Steel (2013): la fórmula Nolan

 

En 2005, David S. Goyer y Christopher Nolan decidieron llenar de problemas psicológicos al caballero oscuro relanzándolo en una nueva visión con inclinación a la introspección y los dilemas comunes de la edad adulta, quitando lo de salvar el mundo y todo eso, claro. Fue Batman Begins. El duo -ambos guionistas y directores de cine- vuelve a hacer lo mismo ahora con Man of Steel, desmarcando el universo Superman de todo lo visto anteriormente sobre el hombre de acero en cine y televisión, gracias también al modelo visual Zack Snyder, que se encarga aquí de mover la cámara.

Man of Steel empieza aumentando a la máxima potencia (presupuestaria) el prólogo de Superman (1978) en Krypton. Un mundo rico en amplitud, con brillante profundidad de campo, dando un nuevo paso en la perfección de efectos digitales. Cuando vemos a Jor-El (Russell Crowe) bajando de su dragón personal sabemos que poco más se le puede pedir al equipo encargado del CGI. Todo en formato panorámico, en 3D, uno de esos casos en los que el dinero sí puede comprar la “felicidad” del público. Lo más caro siempre será lo mejor, parecen decir los creadores, no solo en lo referente a los primeros minutos de la película sino durante todo el film. Es ahí precisamente donde el trabajo de Snyder pierde el norte, cayendo en la trampa de la espectacularidad sin compasión y eclipsando poco a poco cualquier atisbo de emoción, de empatía con muchos personajes, de ideas que parecen reverenciar la inteligencia del espectador por algunos segundos pero que mueren casi antes de comenzar. Había más hechizo y melancolía en la muerte de Lois Lane en Superman ´78 y en la fotografía nocturna de Geoffrey Unsworth que en toda la paleta de colores desaturados y planos a lo Terrence Malick con los que el director de 300 impregna su trabajo. Casi todo en esta última resulta impalpable, sin alma, como suele ocurrir cuando se olvida la historia en favor de la aparatosidad técnica. Intuyo, eso sí, que los muy fanáticos del realizador de The Dark Knight -sobre todo los que dijeron que esa segunda parte de Batman era la mejor película de la historia (sic)- llorarán de alegría al ver lo que ha diseñado para el héroe de acero.

Man of Steel es otro error más en el intento de aventajar al Superman de Richard Donner o, por qué no, Los vengadores (2013), las cuales tienen el buen tino de llevar hasta un máximo permitido cualquier punto serio de la historia y a un mínimo recomendado el carácter infantil. Y es que las películas de superhéroes no pueden ser demasiado serias en el desarrollo de los personajes si las escenas de destrucción y acción no cumplen con esa solemnidad. La severidad extrema choca constantemente con la suspensión de la credibilidad en los momentos hiperbólicos cargados de efectos especiales. Goyer/Nolan yerran al intentar acercar a la realidad, a la lógica de la madurez, al superhombre inventado en los años 30 por Jerry Siegel y Joe Shuster. Si la vuelta atrás en el tiempo de Superman para salvar a Lois en la obra de Richard Donner hubiera sucedido en Man of Steel no habría colado. Donde allí funcionaba por el contexto etéreo pero al mismo tiempo cercano (como podría ocurrir, yo qué sé, en Matrix o La fuga de Logan), aquí se volvería en una escena situada en tierra de nadie.

Es inevitable comparar la cinta de Zack Snyder con la versión protagonizada por el malogrado Christopher Reeve, por sus posiciones argumentales en común que la acercan al remake y por seguir siendo uno de los referentes del cine de superhéroes aún treinta y cinco años después. ¿Consigue al menos Henry Cavill hacer olvidar a Reeve en su encarnación? Ni más ni menos que Brandon Routh en Superman Returns (2006). Tanto Cavill como Routh no dejan de ser Kal-El ante nuestros ojos cuando se visten de Clark Kent. Demasiado guapos, demasiado galanes, demasiado musculosos, demasiado metrosexuales, pero sin salero. Vender, comercialidad, merchandising. Reeve se transformaba, probablemente también porque era mejor actor.

Pero Man of Steel no es una película para rechazar. Varios ingredientes la convierten en una experiencia digna que se esfuerza en ser original e ir más allá de las anteriores visiones: la relación del héroe con el ejército de los EEUU, que no dudan ni un minuto en darle al malo de turno al kryptoniano con tal de que deje en paz la Tierra, una decisión comprensible; o la protección honesta del padre adoptivo de Kal-El en sus escenas juntos. El general Zod (Michael Shannon), villano que ya apareció en Superman y Superman II, y Jor-El (Russell Crowe) se convierten a lo tonto a lo tonto en los más interesantes, los más tridimensionales. La brutal actuación de Shannon y sus speeches finales harían que no desentonaran en las nominaciones a los Oscars del 2014. No se puede decir lo mismo de Amy Adams, que ha tenido la mala suerte de meterse en la piel de una Lois mal escrita y sosa. Kevin Costner y Diane Lane también aparecen por ahí, sobrios pero sin mucho donde rascar. A Costner, por cierto, le toca la que probablemente sea la secuencia más absurda y peor resulta de todo el film (hay un tornado, y no digo más…).  

Es curioso que precisamente en una película de estas características Zack Snyder no use su clásica cámara lenta-rápida-rápida-lenta. Podríamos habernos beneficiado y entender muchas de las peleas que salen en pantalla. Hans Zimmer sí que cumple al engendrar un tema musical acorde con las expectativas- sin llegar al nivel de John Williams- y que, no hay duda, veremos en infinidad de trailers en meses y años posteriores. En una entrevista, Zimmer afirmaba que para Superman quería hacer algo que reflejara los valores americanos de optimismo y sueños; parece que lo ha conseguido, y casa bien con las últimas frases de Man of Steel, donde se deja muy clarito que el hombre de acero es 100% estadounidense. ¿El resto del mundo? Que corra el aire. A Goyen y Nolan se les olvidó ser originales en eso.

 

 

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