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Crítica de St. Vincent (2014): dejen paso a “The Murricane”

En la misma línea de Mejor…imposible (1997), Bad Santa (2003) o Bad Teacher (2011), la nueva película de Bill Murray como protagonista absoluto coge a un personaje políticamente incorrecto y cascarrabias para sacarle su lado bondadoso y reconvertirlo en otro Ebenezer Scrooge moderno. Cinta muy acorde con el espíritu navideño; no en lo que respecta a la época en la que se desarrolla, sino en la exposición de la bondad y los valores humanos. El resultado, sin embargo, es desigual.

Vincent (Bill Murray) es un viciado vividor para el que la existencia transcurre con más pena que gloria. Solitario y misántropo, usa el alcohol y a una prostituta de nombre Daka (Naomi Watts) como vía de escape ante el destructor Alzheimer que padece su esposa, a la cual visita diariamente en el hospital donde se encuentra internada. Pero un nuevo y positivo suceso cambiará los esquemas. Maggie (Melissa McCarthy) y su hijo Oliver (Jason Lieberher), nuevos vecinos de Vincent, se encargarán de que el gruñón ex-soldado muestre su cara tierna.

La segunda película de Theodore Melfi –la primera fue hace 15 años- es, mayormente, un ejercicio indie amable, comercial, que sigue las pautas del guión de tres actos. El hecho de que la historia sea tan previsible (a estas alturas del cine) y la dirección tan plana empañan cualquier pretendida originalidad. Si los actores no llegan a ser los que son, el film carecería de notable interés.

No cabe duda de que Bill Murray es un tipo con carácter. Su personalidad cinematográfica socarrona en plan ya-lo-he-visto-todo-chicos, la más conocida, siempre ha resultado atractiva para los amantes del humor gamberro. A pesar de sus contadísimos escarceos con el drama (v.g. El filo de la navaja o Lost in Translation), el norteamericano ha fabricado su carrera a base de comedias. Cuenta la leyenda, en modo de entrevistas y artículos varios, que su parte privada no se diferencia mucho de lo que vemos en pantalla. Dan Aykroyd lo solía llamar “The Murricane”, y sus excentricidades son célebres entre los fans.

Es él quien carga con el peso del metraje. No compone una interpretación memorable, pero sí deja medianamente satisfecho al espectador. Los que hablan de una posible nominación al Oscar para el héroe de Los cazafantasmas exageran un poco; todo dependerá (as usual) de la campaña de persuasión de Harvey Weinstein, uno de los productores más “convincentes” de la industria de Hollywood. St. Vincent no es otra cosa que un vehículo cómico destinado al lucimiento del intérprete, hasta el punto de que las famosísimas McCarthy y Watts tienen aquí papeles muy secundarios, en especial la segunda. Las dos dan lo mejor de sí mismas, por cierto.

Dicho lo anterior, y aunque intuyamos fácilmente cómo se va a desarrollar la trama, habría que tener un corazón de trapo para no sentir cierta simpatía con el personaje principal de este afable cuento: un hombre que ha perdido lo que más amaba en el mundo y que ahora se encuentra inmerso en “ritos” poco saludables. Hay que agradecer que el director y guionista no enfatice en los momentos dramáticos que apelen a una emotividad forzada. Se ve algo de humildad y honestidad en la película de Melfi, una de las razones por las que su visionado no se convierte en una experiencia vacua.

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