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Crítica de Wakolda (2013): entretenimiento de sobremesa

Lucía Puenzo, poco a poco menos conocida como la-hija-de-Luís-Puenzo y sí más por su trabajo detrás de la cámara, estrena en UK Wakolda (a.k.a El médico alemán, 2013). Protagonizada por el excelente actor español Àlex Brendemühl y basada en la novela de la misma directora, la película fue seleccionada por la Academia argentina para representar al país en los Oscar y se paseó con éxito en festivales de todo el mundo.

Wakolda, una historia basada en hechos reales

1960, Josef Mengele (Brendemühl), oculto bajo el ala del nombre falso Helmut Gregor, es un misterioso médico germano que se instala en la Patagonia. Allí conoce a una familia que capta su interés, sobre todo la hija de 12 años del matrimonio compuesto por Enzo (Diego Peretti) y Eva (la cantante Natalia Oreiro, cada vez más y mejor actriz). La niña, Lilith (Florencia Bado), con problemas de crecimiento físico, confía plenamente en las capacidades de Mengele/Gregor para hacer experimentos con ella y ayudarla a ser tan alta como sus compañeros de colegio. Sin embargo, Enzo intentará que eso no ocurra, por muy amable y generoso que el doctor se muestre ante los demás y él mismo.

Wakolda deviene en nuevo ejemplo de la gran repercusión que atesora el tradicional cine latinoamericano dirigido por mujeres. Sin ir muy lejos, la venezolana Mariana Rondón ganó la Concha de Oro el año pasado en el Festival de San Sebastián con Pelo Malo (2013). Dicho esto, y aún sorprendiendo como sorprende el jugoso material (basado en hechos reales) del que parte Puenzo, el film no termina de cuajar debido al talante acomodaticio y complaciente de su creadora. En su aséptica, comedida (y también elegante) dirección, la argentina olvida impregnar el relato de músculo palpitante, de emoción e intensidad que permita al público no olvidar la película a los pocos minutos.

Puenzo, que además es la guionista, prefiere regodearse en las virtudes de las localizaciones y la puesta en escena (incluyendo el espectacular momento final del avión en el aire) antes que en el profundo desarrollo de los personajes, permaneciendo estos como meros bosquejos necesitados de mayor atención. La historia fluye en pantalla, de eso no cabe duda, con ritmo, aunque poco suculento. A pesar de los acertados planos en los que se muestra la fiel libreta donde el despiadado médico nazi va apuntando sus malsanas pruebas con humanos, resulta chocante la falta de visceralidad y pasión en el cuento, como si la directora de XXY (2007) narrara algo de pasada en vez de vivir por, para y en el poder de la imagen cinematográfica.

Se intuye la pericia de Puenzo en momentos puntuales, como la primerísima secuencia de la película, donde la mirada de Mengele apunta virtualmente a algo inexistente en el posterior desarrollo: una historia de tintes hitchconianos. Desgraciadamente, abundan las escenas anticlimáticas. Pienso en aquella cuando Enzo y su hija van a recoger medicinas después de que Eva dé a luz a dos gemelos. Al final, todo recuerda a telefilm de tres de la tarde, incluyendo su inadecuada duración de hora y media y el anodino diseño de las secuencias de suspense. El espectador que va al cine debería pedir más, y la propia cineasta también.

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