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Cuando la pasión por unos colores se traduce en un viaje de placer

Todo viaje tiene un aliciente y este no iba a ser una excepción. El objetivo, disfrutar de una jornada futbolera en Glasgow -una de las cunas balompédicas- de la mano de los chicos de Tito Vilanova

Si bien es verdad que la travesía no era muy embarazosa -dado la cercanía del destino (5 horas en tren)-, no es menos cierto que los barcelonistas congregados en Glasgow tenían compromisos y obligaciones laborales ineludibles. La producción y el capitalismo en Londres no pueden permitirse un respiro.

Ahí radicaba la dificultad de la expedición. Pero ver al club de nuestros amores en el extranjero pudo con todo eso.

Glasgow, a pesar de ser la ciudad con más población de Escocia, no es precisamente la más bonita. Ese honor recae en su vecina Edimburgo. Aún así, tiene algunos puntos de interés como La Catedral de San Mungo -del siglo XII-, que a pesar de haber sufrido varias reformas a lo largo de los siglos, es la única que permanece imperturbable desde el siglo XVI en todo el país.

Junto a la catedral, destaca la necrópolis que se erige sobre una colina rocosa. Un cementerio de estilo victoriano y donde reposan más de 50.000 tumbas. Muchas de las cuales homenajean a militares escoceses que combatieron junto al ejército inglés en diversas guerras. En el otro vértice de la ciudad se asienta la Universidad, que data del siglo XV, aunque no siempre fue esta su ubicación. Originalmente se situó junto a la catedral. Hoy en día es una de las universidades de más renombre en el Reino Unido.

Vistas las principales atracciones turísticas, algunos peñistas confraternamos con los aficionados del Celtic en una galería engalanada especialmente para la ocasión, provista de restaurantes, proyectores de televisión que retransmitían duelos anteriores entre ambos conjuntos y tiendas donde adquirir productos de los dos contendientes.

El hermanamiento con los aficionados locales a lo largo del día fue modélico. Un placer convivir con una afición así. Resultó ejemplar el trato que nos dispensaron, sin altercados ni convulsiones, muy acogedores, cómplices y hospitalarios con los visitantes. Esto pone en tela de juicio cualquier enfrentamiento que se produce en el mundo del fútbol por conflicto entre dos aficiones, ya que este partido tenía rango de alta alcurnia como el que más y no se salió de los parámetros normales de civismo. La educación y el buen hacer no están reñido con la fidelidad por un equipo.

Se acercaba la hora del encuentro y los peñistas nos reunimos en la Canting House, un espacioso bar en torno a la George Square, la plaza de San Jorge, un punto de encuentro en el centro de la ciudad, de fácil acceso para todos. Era hora de poner rumbo al estadio. Los casi treinta peñistas desplazados a Glasgow nos dirigimos en metro hacia Celtic Park (la casa de los católicos del Celtic) una hora antes del inicio de la velada para cumplir con los rituales y preparativos previos.

El ambiente del estadio rezumaba el olor a una noche épica, de ésas que solo se viven en templos del fútbol como éste. Un campo repleto, ondeando las bufandas al cántico del celebérrimo You’ll never walk alone y coreando desde lo más profundo del alma. Ese ambiente de mística que nos describen desde las emisoras los periodistas en tantas ocasiones se hizo realidad al experimentarlo en primera persona, desde la esquina del campo donde nos situaron a los aficionados del Barça.

La calurosa atmósfera que se vivía dentro de Celtic Park, ése ambiente ensordecedor, el fútbol visto desde su esencia más pura, donde el público juega un papel decisivo, era simplemente fascinante. Y el clímax llega con el pitido inicial: Atronadora ovación, estruendosos cánticos y un sinfín de coreografías. Todo ello bien orquestado y desde el respeto al rival.

El Celtic de Glasgow se adelantó en el marcador y puso tierra de por medio con un segundo tanto a menos de diez minutos para la conclusión. Messi, en las postrimerías del partido, logró el 2-1 y dio esperanzas a los suyos, pero ya era tarde. Los 60.000 feligreses llevaron en volandas a sus jugadores para no desfallecer, para aguantar las embestidas finales del Barcelona, alentándolos y sosteniéndolos para firmar una victoria legendaria, conmemorando el 125 aniversario de la fundación del club.

Pero lo mejor aún estaba por llegar. La prueba fue que al término del choque los seguidores célticos regalaron e intercambiaron enseres con los azulgranas. Una muestra más de la comunión entre ambas aficiones. El resultado fue lo de menos.

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