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CVALC 18 de novienbre de 2010

Todavía se puede leer el asombro en la cara de nuestros vecinos. Tras la redecoración de 1.300 oficinas y 4.500 cajeros con unos cuantos brochazos en el rojo cántabro del Banco Santander, no son pocos los londinenses que, financieramente estupefactos, descubren ahora al nuevo propietario de Abbey, Alliance & Leicester y parte de Bradford & Bingley. Hasta que la burbuja del crédito explotó en 2007, todas ellas habían sobrevivido al siglo como marcas tradicionales del capital inglés y, antes de caer en la vorágine bursátil, habían mantenido unas estructuras sociales y económicas bastante parecidas a las cajas españolas.

 

Hoy, según datos de un comunicado que me enviaba recientemente Abbey International, debe haber más de 20 millones de clientes británicos esforzándose por pronunciar el nombre de la ciudad con que don Emilio Botín bautizó su banco. En todo el mundo, el portafolio de usuarios del gigante bermellón llega a los 90 millones y posee más valores en los mercados que ninguna otra entidad de la eurozona. ¿Cómo ha sucedido que el Santander haya ocupado en pocos meses (desde febrero, en que comenzó la operación) las calles de Londres? Un motivo es la salud robusta de un banco cuyo consejo directivo decidió no meter las manos en la masa del riesgo subprime por la sencilla razón de que su precio era incomprensible. Harina de otro costal es el ritmo extraordinario con que el Santander está aprovechando para expandirse: en los cuarteles financieros de la City se dice que quien mucho abarca, poco aprieta, pero esto sólo se podrá confirmar con el paso del tiempo. Hay una circunstancia, sin embargo, fundamental para comprender el éxito de la firma cántabra a este lado del canal de la Mancha, y aparece bien clara en el Survey 2010 del Banco Mundial. El sector financiero español conoce como pocos a las cajas y cooperativas de crédito, cuyo valor en referencia al producto interior bruto es mayor que el de la banca privada, un hecho que no se da en ningún otro mercado de la Europa Occidental. Y es que a veces, ser diferente vale la pena.

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