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CVALC 27 de enero de 2011

«Yo recomendaría que estudiásemos de cerca una reestructuración de la deuda en vez de convertirla en tema tabú, y ver a dónde nos conduce», dijo hace unos días Kurt Lauk, presidente del comité económico de la Unión Demócrata-Cristiana que gobierna Alemania. Sin embargo, su compatriota Klaus Regling, que gestiona el Fondo Europeo para la Estabilidad Financiera y sus 440.000 millones de euros, disiente: «claro que los mercados esperan que Grecia necesitará reestructurar su deuda, pero olvidan que la recuperación fiscal griega evoluciona muy bien».

Los rumores de que Grecia podría recibir el visto bueno de la Unión Europea para la recompra de parte de su propia deuda soberana han conseguido abaratar el coste del crédito exterior en 24 puntos básicos o 24.000 dólares menos por cada diez millones. En la capital financiera de Europa, la City de Londres, los inversores acogieron el chisme con tanto entusiasmo que el precio por garantizar el crédito cayó el jueves 20 de enero en cadena para Irlanda ─15 puntos─ y Portugal ─14 puntos. No en vano, según cálculos de Banco Santander, Grecia reduciría así hasta un 30% de su deuda con los parqués, porcentaje nada desdeñable cuando se preside un gabinete débil y acosado por la revuelta social como el de George Papandreou.

Para reestructurar la deuda del país, habría unas cuantas alternativas más. Cualquier Tesoro nacional sabría emitir nuevos bonos soberanos cuyo valor fuese una fracción de las obligaciones existentes, y que los capitalistas elijan: o intercambian sus posesiones por bonos con el mismo valor nominal pero una fecha de vencimiento posterior y un tipo de interés bajo descuento, o aceptan bonos con igual productividad pero a un plazo más corto y con un valor nominal menor.

La deuda soberana actualmente en circulación incluso dispone de la opción nuclear de poner freno a esos pagos asfixiantes que reclaman los inversores y forzar el canje directo por los nuevos bonos, en condiciones mucho más humanitarias -al menos desde el punto de vista de los sufridos contribuyentes-. Pero, ¿hay bastante estómago en los mercados como para tragarse este aceite de ricino?

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