Diego Quemada-Díez, director de cine: “La industria del cine español era una mafia familiar”

Mirándolo en la entrevista, intuyo que entre las virtudes de Diego Quemada-Díez (Burgos, 1969) no sólo se encuentra su afán por aprender, sino también su capacidad para la observación. El director de nacionalidad española y mexicana, todo un ejemplo de constancia y de cómo hay que afrontar la creación artística, contesta a mis preguntas sin perder el hilo, al mismo tiempo que fotografía un árbol en la terraza del hotel donde se aloja. Su ópera prima La jaula de oro, protagonizada por no actores y con casi sesenta premios internacionales, es desde ya, la más laureada de la historia en México.

Háblame de tu pasado. Lo que quieras. Puedes empezar por el principio, desde el mismo nacimiento.

Pues nací en Burgos, luego crecí en Logroño e inicié mi pasión por lo audiovisual en Barcelona, donde trabajé en publicidad con Isabel Coixet después de haberme dedicado a ser el chico de los recados. Finalmente, en lo que respecta al territorio español, me trasladé a Madrid porque quería estudiar cine allí y empezar otro rollo, más dedicado al manejo de la cámara. Como hablaba inglés, me dieron trabajo en Tierra y libertad, de Ken Loach. Aprendí muchísimo con Ken y gran parte del resultado final de La jaula de oro es gracias a lo que me enseñó.

¿Qué aprendiste de Ken Loach exactamente?

Trabajé en tres películas con él. Aprendí a tener algo que decir y expresarlo de una manera inteligente. Cuenta lo que quieras en pantalla pero no te limites a leer tu discurso. Articúlalo a través de los personajes, de un arco dramático, de un conflicto… Y rueda con sencillez para que la forma no sobresalga por encima de un contenido que tenga función social, y que dé voz a gente que normalmente no la tiene. También tomé de Loach su gusto por no hacerle saber a los intérpretes de qué va la trama con exactitud.

¿Hiciste esto último en La jaula de oro?

Exacto. Los actores de mi película no tenían muy claro lo que yo quería contar. Quería que vivieran una experiencia lo más cercana a la realidad y rodada en orden cronológico. Les leía la escena cinco minutos antes de filmarla y les daba vía libre para la improvisación, siguiendo las pautas del guión y los sentimientos de los personajes. Todo está hablado como ellos hablan en la calle. La secuencia en la que Chauk -Rodolfo Domínguez- le quita la pistola a una de los policías que van a detenerlo es totalmente improvisada, por ejemplo.

¿Por qué te fuiste de España?

Llegó un momento en el que me di cuenta de que la industria del cine español era una mafia familiar, un negocio donde si no eras hijo de alguien o tu papá no era no sé quién, la situación estaba muy complicada. Era indignante que no te abrieran las puertas por muy duro que trabajaras. En EEUU estuve varios años y allí me vieron hambriento y con ganas. Era la época de los Cohen, de Sam Raimi, se hacían obras independientes muy buenas. A mí eso me interesaba y anhelaba aprender ese estilo de hacer películas. Conseguí experiencia como auxiliar, asistente y operador de cámara. Fui subiendo poco a poco de posición y mientras, me dedicaba al dibujo, a la escritura… Todo siempre con la idea de dirigir algún día.

Pero hubo algo que fue lo que definitivamente me impulsó a trasladarme a otros países. Mi madre murió. La persona a la que más cercano me sentía. Quise escapar del duro recuerdo de su fallecimiento, así que no lo pensé mucho más y me fui. Fueron, al mismo tiempo, un escape y una búsqueda. Mi madre era una mujer que viajaba mucho a Guatemala, donde tenía amigas misioneras. Creo que las aventuras que ella compartió conmigo hicieron que me fuera a vivir a Latinoamérica más adelante.

En la presentación de tu obra el sábado pasado en el Hackney Picturehouse de Londres dijiste que pasaron diez años desde la idea inicial hasta el fin del montaje… ¿Por qué tanto tiempo?

Trabajaba para otros y necesitaba ahorrar para investigar en serio sobre la historia que iba a contar. Y luego la gente pensaba que estaba loco, no asimilaban que quisiera plantearme un filme con actores no profesionales, usando a migrantes de verdad y trenes reales que utilizan para ir saliendo del país. Tal y como está la situación en México, muchos tenían miedo de embarcarse en una propuesta tan arriesgada.

La película no hace concesiones a lo light. Las escenas de choque son inesperadas, brutales e incómodas.

El cine que trato de hacer es un cine cercano a la vida, realista, aunque además deje espacio para una cierta abstracción. Cuando se murió mi madre, no había nada que hacer, o sea, tienes que seguir adelante. No puedes parar el mundo, tienes que vivir con ello. Supongo que ese hecho fue esencial a la hora de escribir mis guiones y exponer esos principios que invitan a tener esperanza por muy mal que lo hayas pasado. Siempre hay que dar un paso adelante y creer en tu fuerza interior. No quería que los personajes fueran víctimas, que la gente dijera ¡pobrecitos!. Rechacé entrar en el sentimentalismo o el melodrama.

Y si dirigieras algo en Hollywood y los jefazos de los estudios te impusieran ser más dulce… ¿Qué harías?

Es curioso, mi carrera ha ido al revés. Primero trabajé en EEUU, aunque sin dirigir, y después hice una película mexicana. No descarto volver a Hollywood como realizador, porque quiero llegar también al gran público. Lo que tengo claro es que necesitaría mantener mi control creativo, sin imposiciones relevantes que pretendan idiotizar al espectador. No entraría en ese juego. A partir de ahí, y dejando eso claro, podría hacer películas de cualquier género. Me encanta esa ciencia ficción metafórica que se relaciona con tu experiencia humana y tu realidad contemporánea. Pienso ahora en Starship Troopers, Darkman o El increíble hombre menguante.

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