Esta tierra llena de historia, leyendas y chimeneas cautiva a quien la visita
Martes, 11 de la noche. Victoria Coach Station. Por delante, 663 kilómetros que recorreremos en casi 9 horas. Un trayecto largo, pero merecido para visitar una de las ciudades más impresionantes de la vieja Europa. Cuando el autobús pisa sus primeras calles, Edimburgo empieza a despertarse. El aspecto medieval de la ciudad es lo primero que llama la atención. Cada paso es una mirada hacia atrás, hacia la historia; no en vano fue una antigua villa real que creció a la sombra de su imponente castillo, asentado en la cima del extinguido volcán Castle Rock. La fortaleza, originaria del siglo VI y levantada sobre 135 metros de roca basáltica, se convirtió en la residencia preferida de los reyes de Escocia a partir del siglo XI. Ahora es uno de los puntos privilegiados desde donde observar el ritmo de la ciudad, con sus dos grandes centros históricos: uno en la parte vieja y otro en la nueva.

Paso a paso

Mi intención es descubrirla minuciosamente, a pesar de que sólo tenga dos días para hacerlo, y por eso me apunto a uno de los tours gratuitos que me recomiendan en mi albergue. El grupo es numeroso y, aunque amenazaba lluvia, el sol nos acompaña durante la visita. La personalidad majestuosa de la capital escocesa se evidencia en cada rincón. Calles, callejuelas, pasadizos y plazas adoquinadas que se persiguen y entrecruzan, vigiladas por impresionantes edificios, por iglesias con techos puntiagudos, por palacios estrechos… Entre ellos, la iglesia gótica de Saint Giles, conocida como la catedral de Edimburgo, desde donde se emprendió en el siglo XVI la reforma para liberarse del dominio eclesiástico inglés. Enfrente estaba el Tolbooth, durante muchos años la prisión de la ciudad. En su antiguo emplazamiento se ubica ahora el Heart of Midlothian, un mosaico con forma de corazón sobre el que escupían los reclusos. La costumbre se sigue manteniendo porque parece ser que da buena suerte. Son también magníficos la biblioteca nacional, el ayuntamiento y el antiguo parlamento, edificaciones todas ellas de corte neoclásico. Siguiendo la Royal Mile, la arteria principal del distrito viejo, está la sede del nuevo parlamento, inaugurado en 2004. Diseñado por el arquitecto catalán Enric Miralles, es una obra polémica que parece que no gusta demasiado. La construcción es singular, es cierto, y simbólica, en forma de hoja que se funde con el parque que lo rodea. Justo delante, el palacio de Holyrood, residencia oficial de la reina de Inglaterra, situado entre la colina Calton Hill y el volcán Arthur’s Seat. Terminado el tour por el distrito viejo, opto por adentrarme en el nuevo. Cruzo los jardines de Princess Street Garden, un enorme espacio verde que divide los dos núcleos y que son un lugar maravilloso para pasear, descansar o, simplemente, dejar pasar el rato sobre alguno de sus bancos, contemplando el skyline medieval. Antiguamente había sido un pantano y la antigua fuente de agua de la ciudad. La parte nueva tiene un aire distinto, ordenado. Se construyó en el siglo XVIII para solucionar el problema de espacio y alberga edificios de estilo georgiano, que reposan sobre suelos empedrados y amplias avenidas. Los dos centros históricos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1995.

A vista de pájaro

Edimburgo tiene un emplazamiento curioso. Se sitúa entre ocho colinas de origen volcánico y custodia las orillas del río Forth, que acaba diluyéndose en el Mar del Norte. Me decido a subir a la cima de los magníficos miradores naturales de Calton Hill y Arthur’s Seat. El primero, conocido como la acrópolis, es un paseo cómodo, que me descubre una ciudad diferente, más grande de lo que pensaba. La sensación es fantástica porque desde aquí la distancia entre mí y el cielo se acorta y me parece poder tocar las nubes sólo alzando un poco mis manos. Me gusta. Las agujas de los edificios más característicos, muchísimas desde esta perspectiva, y las chimeneas soportan apacibles el techo azul y gris que me cubre. Aquí aún hay mucho que ver. La torre de Nelson, en conmemoración de la victoria de Trafalgar, el Monumento Nacional, inacabado e inspirado en el Partenón ateniense, y el antiguo observatorio. Desde este punto se divisa Arthur’s Seat, que también ofrece fabulosas panorámicas. Ascender sus 251 metros es bastante fácil y un paseo popular entre los visitantes y los habitantes del lugar. Se cuenta que se llama así porque el rey Arturo lo eligió para observar la victoria de su ejército. Pero también se dice que, en realidad, es una mala derivación de Archer’s seat. Sea como sea, la excursión vale la pena. Edimburgo es todavía mucho más. Desde agosto hasta septiembre se convierte en un hervidero cultural, repleto de gente llegada de todas partes, en el que confluyen diversos festivales con música, teatro, ópera, danza y malabarismos. Además, acoge un gran número de museos con obras magníficas, que pueden visitarse de forma gratuita. Con todo esto sobre mis espaldas, me despido de la ciudad en la postrimería del segundo día, saboreando el haggis, un plato típico escocés, y escuchando algunas de las leyendas que envuelven la historia de esta tierra repleta de misterio. Subo al autobús, sonrío y cierro los ojos.

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