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El adiós de Margaret Thatcher a Downing Street

Margaret Thatcher
De David Fowler. / Shutterstock.com.

El 10 de octubre de 1980, en la conferencia del partido conservador, Margaret Thatcher dio a conocer al mundo entero su personalidad arrolladora en un discurso que dejó una frase para el recuerdo: You turn if you want to; the lady’s not turning. La frase era toda una premonición de lo que iban a suponer sus tres mandados: una marcha hacia delante encaminada a cambiar por completo al Reino Unido, enfrentándose en ese proceso no tan sólo con colectivos como los mineros o la oposición política, sino con gran parte de su propio partido. Aquella locución espetada a la plana mayor de los tories acabó completando en una suerte de yin y yang a la pronunciada por su marido Denis poco más de 10 después, aquel escudero fiel y siempre en un segundo plano, que con lágrimas en los ojos le dijo Don’t go on, love, don’t go onpara alentarla a dejar la política.

La década que hay entre una frase y otra es la que marca el ascenso y brusca caída de la dama de hierro, una primera ministra capaz de haber ganado tres elecciones, pero cuyas decisiones en los últimos meses forjaron su salida por su creciente impopularidad, una marcha por la puerta de atrás de la que se considera, junto a Winston Churchill, como la persona más relevante en el ámbito político del siglo XX en el Reino Unido.    

Poll Tax y Europa  

Las razones por las cuales la popularidad de Thatcher cayó en picado en la última parte de su tercer mandado son varias. Pero si tuviéramos que ceñirnos a dos en concreto, estás serían la introducción del community charge, un impuesto conocido popularmente como poll tax, y el debate sobre la mayor o menor integración en Europa.  

El poll tax fue un impuesto de capitación cuyo fin era simplificar el sistema tributario británico al substituir a otros impuestos, tasas o precios públicos con los cuales se financiaban las administraciones locales. La gran ventaja era que era simple calcularlo y desde el punto de vista administrativo fácil de recaudar. No obstante, su progresividad era nula, lo cual suponía que con independencia de las rentas o propiedades que una persona tuviera, el importe a pagar era el mismo, algo que castigaba especialmente a las personas con un menor poder adquisitivo.   

La introducción de este impuesto provocó manifestaciones de protesta multitudinarias como no se veían desde hacía años. En la londinense Trafalgar square llegaron a reunirse unas 100.000 personas, y por todo el país se sucedieron los llamados poll tax riots, que supusieron enfrentamientos de los ciudadanos con las fuerzas de orden público que dejaron innumerables daños en el mobiliario público y centenares de detenidos.  

Las voces dentro del partido conservador que desaconsejaron a Thatcher continuar con la aplicación de este impuesto fueron múltiples, entendiendo que con ello perdería el apoyo de la clase media que se había convertido en su principal sostén. Maggie no reculó, introduciéndose este en Escocia en 1989 y en Inglaterra y Gales en 1990. Poco después de su salida el impuesto fue reemplazado por el actual council tax.   

Y si a nivel de la llamada sociedad civil el poll tax fue el que dio la puntilla a la dama de hierro, a nivel político lo fue Europa. Thatcher no se había jamás mostrado antieuropeísta, pero su visión de lo que debía ser ese modelo de futura Unión Europea era el que este debía ceñirse a ser una asociación de países con intereses comerciales conjuntos y libertad de intercambio de bienes y servicios, pero sin integración política. Esta postura, que después se ha hecho popular ya no sólo entre los británicos sino en multitud de países de la institución comunitaria, hacía de ella una rara avis que la dejó aislada y sin aliados de ningún tipo. De hecho, fueron varias voces las que abiertamente la criticaron y se proclamaron como alternativas para acabar con su liderazgo, entre ellas la del millonario Michael Heseltine, que era partidario de en un futuro abandonar la libra esterlina para sumarse a la utilización de una divisa común, y que planteó una votación para alzarse con el mando del partido tory en la que, pese a contar con menos votos que Thatcher, puso en evidencia que esta estaba respaldada por muchos menos diputados de los que creía.  

Su salida de Downing Street   

El desafío de Heseltine sirvió para certificar que el ciclo de Thatcher había terminado. El 22 de noviembre de 1990 procedió a presentar su dimisión. Permaneció 6 días en su residencia oficial en los cuales tuvo tiempo de reunirse con la Reina Isabel II, contactar con otros líderes mundiales e incluso dar un discurso de despedida.  

El día 28 abandonaba la que había sido su casa durante 11 años. Se pudo ver a la Thatcher de siempre, ataviada con su característico collar y pendientes de perlas, así como su cabello inmóvil fijado con ingentes cantidades de laca. Pero hubo un detalle más que significativo; si bien en actos de cierta solemnidad solía optar por vestidos de tonalidades azules en referencia al color que se asocia al partido tory, para ese día había escogido uno de color burdeos con chaqueta a juego. Pronunció un leve discurso en el cual su voz se quebró y se pudieron ver lágrimas en sus ojos, algo que el gran público sólo había visto una vez antes, cuando su hijo Mark estuvo a punto de morir en su participación en el rally París-Dakar.   

Thatcher fue sustituida por John Major, y aún permaneció dos años más en política activa con el cargo de diputada sin cartera en representación del municipio de Finchley. Acabó retirándose por completo para, según sus propias palabras, contar con mayor libertad a la hora de expresar sus opiniones, desarrollar trabajos más lucrativos como el de asesora geopolítica de la tabacalera Philip Morris o convertirse en una bien remunerada conferenciante, pero la causa de más peso era porque odiaba el tener que volver a ese lugar en el que se había fraguado lo que ella siempre consideró una vil traición.   

Fue por tanto su nula capacidad de conciliación y la creencia de que tenía un control absoluto sobre su partido lo que evitó que fuera de nuevo la candidata del partido conservador frente a un partido laborista que comenzaba a recuperar terreno tras años en una posición de mediocridad. Un final inesperado para una mujer que sentó las bases, para bien y para mal, del Reino Unido tal y como lo conocemos hoy día. Como consuelo, si es que puede considerarse como tal, quedan las palabras de su amigo y colaborador Edward Leigh: “Por lo menos Heseltine la apuñaló de frente”.   

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