El mito de la flema británica

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Paseando por una zona en Londres muy frecuentada por turistas, el mensaje de una camiseta en una tienda británica de souvenirs llamó mi atención. El conocido lema de Keep Calm and Carry On se había reconvertido en un “I Can’t Keep Calm Joder I’m Spanish. E igual que existía esta versión había otras similares en las que el exabrupto se sustituía por cazzo o merde para referirse a italianos o franceses, respectivamente.

En el imaginario colectivo la “flema británica” es ese término con el que nos referimos al carácter estoico, resiliente, que afronta las dificultades con serenidad e incluso tira de humor para vencerlas. Una idiosincrasia puramente británica. En contraposición al carácter de españoles, italianos o franceses donde el autocontrol no podría citarse como una de nuestras cualidades. Pero, ¿fue siempre así? ¿Y es realmente algo que se dé?

Civilización vs bárbaros

En esa inmortal película que es Gladiator, Antonio Próximo dice que “He visto parte del resto del mundo. Es brutal, cruel y oscuro, Roma es la luz.”. Efectivamente, en tiempos del Imperio Romano aquellos habitantes de Hispania, Lusitania o la Apenena se consideraban a sí mismos como la plasmación del progreso. En contraposición a esas tribus fuera de sus dominios, que estaban organizadas en clanes y que desconocían conceptos como la canalización de aguas o el desarrollo de caminos. Era tal el nivel de subdesarrollo en las islas británicas, que los romanos optaron por construir los conocidos muros de Adriano y Antonino. La idea era mantener alejados a los escotos y los pictos, a las que simplemente llegaron a considerar ingobernables.

Roma terminó cayendo. Pero el estereotipo de la personalidad de los habitantes de las islas como salvajes o rudos permaneció por siglos. En el libro Weeping Britannia de Thomas Dixon, el autor definía a sus habitantes como “borrachos, violentos e irascibles”. Mientras, Thomas Wright, destacaba su incapacidad para reprimir sus emociones. Algo que contrastaba con aquellos europeos de climas más cálidos que se distinguían por su firmeza y serenidad.

La Revolución Francesa, el punto de inflexión

Si hay un momento en el que esta percepción empieza a cambiar es con la Revolución Francesa y la guerra contra Napoleón. Mientras en esos momentos la Europa continental se convertía en un polvorín donde se guillotinaba a rivales, el Reino Unido vivía un período de estabilidad política y desarrollo económico. Las revoluciones sociales a través de las cuales se conquistaron derechos a costa de derramar ríos de sangre no se dieron en el país anglosajón. Éste optó por una vía más moderada y reformista.

La victoria frente a Napoleón fue seguida del nacimiento de un Imperio que llegó a ocupar más de 33 millones de kilómetros cuadrados y controlar una cuarta parte de la población de la época. Para entonces ya se había asentado entre las clases más adineradas el concepto de una educación y manera de ser casi espartana, mostrándose firmes ante la adversidad y poco dado a las emociones ante las victorias. Como si de algún modo estas fueran algo que se daba por sentado. Esa reputación, que en un principio se atribuía a militares o profesionales liberales, acabó permeando la educación y con ello a toda la sociedad, alcanzando su punto álgido en la primera mitad del siglo XX.

Posiblemente la historia sería diferente si durante la II Guerra Mundial no se hubiese apremiado a los británicos por parte de sus dirigentes a resistir. Y hacerles ver que afrontar los bombardeos alemanes, así como el aislamiento y el racionamiento de productos, eran una simple prueba para demostrar el heroísmo británico. Todo esto formaba parte de una narrativa construida desde arriba que más o menos todos estaban dispuestos a interpretar.

La sociedad británica hoy

Y si el nacimiento del imperio supuso la creación de ese carácter británico, el mismo fue volviéndose más maleable a medida que los dominios iban cayendo. En diversas encuestas realizadas por empresas especializadas como Gallup o Social Issues Research Centre, los británicos ocupan una posición intermedia en cuanto a aspectos como emotividad o entereza. Se colocan a la altura de países que podemos considerar más viscerales como Grecia.

El concepto de estoicismo es visto por todos aquellos de menos de 50 años como un término “desactualizado”.  Y simplemente los códigos de conducta se han relajado. En una sociedad como la británica, que en las últimas décadas se ha abierto a la multiculturalidad y, pese al Brexit, es todavía ejemplo de aperturismo y tolerancia, el concepto de flema británica puede ser más bien un tópico para turistas y películas bélicas. Tal y como son la niebla o la lluvia que nos hacen creer que azota de forma constante a Londres. Un mito rigurosamente falso, que nos seguirá sirviendo de por vida para definir a los británicos, pero con el que paradójicamente cada vez más británicos parecen no identificarse.

Sobre el autor

Economista y abogado de formación y profesión, y curioso por vocación. Un libro pegado a un hombre, llegó a Londres por ver qué hay detrás. Analítico, pero sencillo y (demasiado) despreocupado, jamás dirá que no a un café. Lleva más de un año tecleando para EL IBÉRICO, y lo que aún le queda.

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