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El “neverendum” de Escocia

Era finales de 1995 y el sector nacionalista de Quebec vivía con desazón el reciente triunfo del NO en el referéndum en el que se planteó si la francófona provincia del este de Canadá debía constituirse en un estado independiente. En las semanas previas a dicha consulta los partidarios de la secesión habían crecido exponencialmente, y unos días antes la mayoría de las encuestas pronosticaban la escisión. Con una participación récord, finalmente la opción que abogaba por la permanencia triunfó por un estrecho margen. Pero lejos de suponer el final del debate soberanista, la tensión aumentó y se comenzó a presionar para la celebración lo antes posible de una nueva consulta. Fue en este contexto cuando el escritor y humorista Josh Freed acuñó la expresión “neverendum”, que cómicamente fue definida como “sucesión de referéndums celebrados de forma periódica con la finalidad de que una de las propuestas sea aceptada para acabar con las consultas”.

Atendiendo a ciertas circunstancias, no podemos obviar ciertas similitudes entre el caso escocés y el de Quebec: una participación que superó el 90%, un creciente aumento del sector soberanista en las semanas previas a la votación, y la sensación de que dicho asunto dista de haber quedado definitivamente zanjado. Tal y como pronosticaron historiadores, profesores y analistas políticos, como el catedrático Duncan Shaw o el empresario Douglas Fraser, Escocia iba a quedar enquistada en su particular  “neverendum” Y esto ha quedado confirmado tras las declaraciones del carismático Alex Salmond así como Nicola Sturgeon, nueva líder del SNP, que han dejado claro que la posibilidad de una nueva consulta podría ser una cuestión a “corto plazo”.

Sin duda, impera la sensación de que es completamente desacertado que un partido que se constituyó en epicentro del movimiento a favor del SÍ y que ha sido recientemente derrotado presione para la celebración de una nueva consulta, e incluso amenace con la “declaración unilateral de independencia”, tal y como Salmond hizo en su discurso de despedida. Se puede ser favorable o no a su discurso y lo que la figura del carismático estadista representa, pero hasta el otro día dicho político jamás había mostrado una actitud de confrontación, algo que ha sido rápidamente calificado por muchos como de “desprecio a la voluntad popular”.

Por otro lado, los grandes partidos del Reino Unido parecen incapaces o como mínimo apáticos a desarrollar la opción que fue denominada como “devo max”, que aseguraba una gran transferencia de competencias a Holyrood. En el partido conservador recae gran parte de culpa, ya que de forma injusta ha pasado a ligar el traspaso de poderes a Edimburgo a la llamada “Cuestión Inglesa” o EVEL (English votes on English laws). La reciente renuncia de Johann Lamont, líder del partido laborista escocés, que fue figura clave en la victoria del NO denunciando el excesivo control por parte de la cúpula central no hace sino empeorar la situación. Y especialmente llamativa resulta la ausencia del partido liberal, cuyo apoyo mengua cada día y que llega a transmitir una imagen de indiferencia respecto a la confrontación entre la región y el gobierno central.

Por el momento, una comisión encabezada por el empresario Lord Smith of Kelvin se encuentra trabajando en el proyecto que procederá a hacer efectiva la devolución de poderes al parlamento escocés. Las críticas a la labor del empresario no se han hecho esperar, y si bien se espera un primer borrador para enero del año que viene, numerosas figuras públicas han desacreditado su labor, calificándola de irreal y tardía.

Además, la promesa de David Cameron de celebrar un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea en 2017 si gana las elecciones de mayo del año que viene complica aún más la situación. Es evidente que mientras el Reino Unido en su conjunto tiene una opinión sobre Europa que oscila entre la indiferencia y la aversión, Escocia se ha consolidado como el bastión británico del europeísmo. Tal y como ha indicado hábilmente Ms Sturgeon, el debate en torno a la permanencia en la institución comunitaria podría ser el colofón para la celebración de una nueva consulta, un aspecto en el cual ingleses y escoceses difieren ampliamente.

La necesidad de llegar a puntos de entendimiento entre ambas partes es hoy mayor que nunca. La confrontación no acarreará ventajas para nadie. El SNP dará muestras de ser un partido poco democrático, incapaz de aceptar lo que el pueblo escocés expresó por medio de las urnas recientemente por el simple hecho de ser contrario a sus intereses. David Cameron pasaría a la historia como el artífice de la ruptura de Gran Bretaña, algo que dañaría gravemente su imagen en atención a su puesto como líder del Partido Conservador y Unionista. Y tanto el partido Laborista como el Partido Liberal perderían uno de sus bastiones tradicionales y el daño a su ya maltrecha imagen podría ser irreparable. Demasiado que perder para todos los implicados, sobre todo si se tiene en cuenta la ya de por sí pobre valoración que la opinión pública tiene de sus dirigentes públicos, y el crecimiento de movimientos populistas cuyo simplista planteamiento a problemas complejos puede hacer crónico un entorno de inestabilidad política y crispación social.

 

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