El Nobel de la Paz de la discordia

Nunca un premio Nobel de la Paz ha sido tan controvertido como el otorgado el pasado 8 de octubre al activista chino Liu Xiaboo. La fundación Nobel decidió galardonar a este disidente político «por su larga y pacífica lucha por los derechos humanos fundamentales en China». Sin embargo, Liu Xiaboo no podrá recoger dicho galardón. Este profesor universitario se encuentra cumpliendo una condena por «incitar a la subversión del poder del Estado» en China lo que, democráticamente se podría traducir como criticar al Partido Comunista Chino en diversos escritos publicados en internet y liderar la redacción de la Carta 08, un manifiesto firmado por numerosos intelectuales en el que se piden profundas reformas políticas en el país.

Tras el anuncio del premio, las declaraciones a favor y en contra no tardaron en llegar. Mientras mandatarios chinos pedían a la institución noruega que retirara el premio a su compatriota, personajes públicos del mundo de la política y la diplomacia como el primer ministro japonés, Naoto Kan, y el presidente de la comisión europea José Manuel Durao Barroso, apoyaban la decisión tomada en Oslo y exigían, una vez más, democracia en China.

Un portavoz gubernamental chino se apresuró a comentar que los dirigentes que apoyan el premio a Liu Xiaboo tienen intenciones ocultas y el ministro de asuntos exteriores del país asiático declaraba que el nuevo premio Nobel «es un criminal que ha sido sentenciado por la justicia china por violar la ley». Entre tanto, la mujer de Liu Ziaboo que pretende recoger el premio el 10 de diciembre en Estocolmo en nombre de su marido, se encuentra, sin razón aparente, bajo arresto domiciliario.

En medio de tanta polémica, tanto el presidente del comité de los Nobel, Thorbjorn Jagland, como el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, resaltaron el gran avance económico de los últimos treinta años del país comunista en contraste con el estancamiento de los derechos básicos de la población china.

Por su parte, el primer ministro noruego Jens Stoltenberg, se apresuraba a aclarar que la Fundación Nobel es una institución independiente que nada tiene que ver con las decisiones gubernamentales ante las amenazas de China de romper las relaciones comerciales con el país nórdico, aunque también destacaba que el asunto de los derechos humanos en China se ha tratado previamente en muchas conversaciones con el país oriental.

No hay que olvidar que se espera que China crezca a un ritmo del 10 por ciento en 2010 mientras que la Europa occidental las pasa moradas para combatir la desaceleración económica en el mejor de los casos. China es el primer consumidor de energía mundial y es el mayor tenedor de divisas del mundo, además de ser la principal propietaria de deuda pública de EE UU, con 850.000 millones de dólares.

Después de todo, aunque su fortaleza económica no puede justificar bajo ningún concepto la precariedad de los derechos de sus ciudadanos, parece necesario encontrar un cierto equilibrio en las relaciones diplomáticas con la bestia asiática.

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