El puente agrietado de Hammersmith, cerrado hasta 2029, símbolo de esplendor y decadencia en Londres

Puente de Hammersmith Londres
Imagen: Depositphotos.com.

El puente colgante de Hammersmith, en el barrio homónimo al este de Londres, lleva cerrado a los vehículos -y periódicamente a peatones y ciclistas- desde abril de 2019. Permanecerá igual otros cinco años, por lo pronto hasta 2029, por las grietas aparecidas en los monumentales pedestales que lo sostienen. El presupuesto para la reparación se ha disparado a 250 millones de libras (290 millones de euros) que deben proveer tres instituciones: Ayuntamiento de Hammersmith y Fulham; de Londres; y ministerio de Transportes. Los representantes de estos tres entes no se ponen de acuerdo en quién tiene que aportar cuánto para llevar las obras a buen puerto. De momento, se han suspendido las negociaciones para financiar las reparaciones del icónico viaducto. Pero deberán sentarse de nuevo para llegar a un acuerdo económico. Obligatorio e imperativo.

A día de hoy, el puente colgante de Hammersmith es uno de los más antiguos del mundo de este tipo de suspensión. Su construcción, ideada por William Tierney Clark, empezó en 1825 y acabó en 1827. El puente, y con él el ingeniero, murió de éxito, puesto que en la década de 1870 ya había quedado pequeño al tráfico (no motorizado) que concurría entre la orilla norte y la sur del río que moja el barrio de Hammersmith. El puente original lo construyó una empresa privada que cobraba peaje a los usuarios. Los propietarios temblaron en 1870 al contemplar unas 11.000 personas apiñadas en el puente para ver la carrera de canoas universitarias que surcaban las aguas del Támesis. En 1880 el puente, y/o la gestión del mismo, fue vendida al Estado que abolió el peaje y lo mantiene con las instituciones locales.

La reforma para ampliar el paso se llevó a cabo entre 1884 y 1887, dando cuerpo al complejo arquitectónico actual. Eran tiempos prodigiosos para Gran Bretaña y su esplendor imperial, industria pionera e ingeniería eran aventajadas. La primera pasarela colgante sobre los 350 kilómetros de caudal del río Támesis iba a ser un hito sonado: un símbolo de la pujanza y el dominio británico en el mundo y en la llamada Revolución Industrial. Así lo hicieron, no en vano, Gran Bretaña teñía de color rosa el mapa mundial con sus dominios en tierra y mar en el siglo XIX. Londres adelantaba a París en población y desarrollo urbano.

El puente colgante original fue ampliado en la década de 1880 por el ingeniero Joseph William Bazalgette e inaugurado el 11 de junio de 1887 por el entonces príncipe de Gales, luego rey Eduardo VII. Otros puentes se alzaban sobre el Támesis para los ferrocarriles. La histórica pasarela ha permanecido útil y en silencio, con ajustes y modernizaciones puntuales, hasta 2008 que fue declarada Patrimonio Nacional que conlleva valor cultural y restricciones en sus reformas o en su entorno para preservar su carácter histórico y simbólico.

El siglo XX y el aumento del tráfico motorizado han perjudicado el icónico puente hecho de vigas de hierro y acero, pedestales de piedra y paneles de madera. Como si se tratase de una premonición, a mediados del siglo XX, cuando Reino Unido perdía las joyas del imperio, el puente de Hammersmith cerraba por primera vez temporalmente o restringía la circulación. Las líneas de autobuses del barrio fueron desviados a otros puentes cercanos. El último cierre a vehículos, en 2019, y ahora ampliado, al menos, hasta 2029, ha coincidido con una etapa histórica distinta a la grandeza imperial de la época de su construcción. El Fondo Monetario Internacional ha rebajado la economía de Reino Unido a la sexta del mundo, indicando un país en decadencia por su Producto Interior Bruto, por su balanza de pagos o por su deuda pública u otros indicadores económicos y sociales. Sin embargo, mantiene su fuerza diplomática como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU o por ser el mejor aliado de Estados Unidos en Europa, de la que se ha desprendido con el Brexit. Ahora anda sola, y en decadencia, en la geografía europea, aunque ya no domina ni el mar ni la tierra, como cuando construyó el pionero puente de Hammersmith, cuyas grietas no hay quien las pague, de momento.

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Imagen: depositphotos.com

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