Portada | Actualidad | El síndrome Stoichkov

Los aficionados al fútbol nacidos antes de o durante la primera mitad de los ochenta recordarán a aquel jugador búlgaro del F.C. Barcelona que insultaba a los árbitros y al contrario en español. A los no aficionados o nacidos más tarde les cuento que lo hacía fuese quien fuese y de donde fuese y hablase el idioma que hablase la víctima de tan famosa vehemencia, porque según el ex futbolista «le gustaba más como sonaban los insultos en español». Una auténtica rareza comunicativa que le permitía un efecto en su desahogo equivalente a la peyorativa producida en sus insultados.

[pullquote]¿Es lo mismo para nuestra consciencia decir «te quiero» que «I love you» o «Je t’aime»?[/pullquote]Y es que la sensación de no estar diciendo todo lo que se quiere trasmitir cuando se utiliza una lengua que no es la materna es una constante en todos los que nos hemos visto en la situación irremediable de vivir con el aprendizaje de un nuevo idioma como marco principal. A mí esto me lleva a pensar, por ejemplo, en cómo sería eso de enamorarse y tener por pareja a alguien que no hablase el mismo idioma que uno. No creo que el decir que el lenguaje es una barrera sea un completo disparate, otra cosa es que sea una barrera franqueable. El lenguaje es parte de nosotros, crece y forma parte de nuestro ser tanto como nuestras orejas, las rodillas, nuestras manos y sentimientos. Todo nuestro pensamiento y nuestra forma de entender el entorno está construido y codificado por nuestro lenguaje; pensamos con las palabras que sabemos que significan lo que estamos pensando, expresamos nuestros sentimientos con las palabras con las que identificamos lo que estamos sintiendo, y hasta el dolor, el amor, el miedo o el odio, vienen a nuestra cabeza en la forma del recuerdo de cada sensación tan solo con oir el puñado de letras al que hemos asignado ese concepto. Y todo ello ocurre porque el lenguaje ha acompañado cada segundo de nuestras vidas, para nuestra consciencia ha estado ahí desde siempre como el resto de nuestro ser, llegando incluso a formar parte de las mismas cosas que describe. No en vano, cada definición de cada palabra presente en nuestra memoria o nueva para ella está descrita en palabras, y esto significa que a partir de que un individuo adquiere su lengua materna esta es parte de él y a través de ella explicará el resto de sus experiencias en la vida.

Entonces, ¿cómo podemos expresar algo tan ligado a lo más puro de nuestro pensamiento como lo es el amor utilizando para ello un código a medio instalar en nuestra memoria más reciente? Desde el punto de vista de los que tenemos el español por lengua materna ¿Es lo mismo para nuestra consciencia decir «te quiero» que «I love you» o «Je t’aime»? ¿Durante cuánto tiempo seguido tendríamos que hablar una segunda lengua para que esta pasase de ser una traducción de lo que queremos decir a ser realmente lo que queremos decir? Pongo un ejemplo personal, yo vivo y trabajo entre ingleses desde hace algo más de un año, cuando me ha tocado pedir disculpas por algo y lo he hecho en inglés he usado el «I’m sorry» (lo siento) e incluso mi sensación de culpa insatisfecha, en un intento de demostrarse a sí misma que lo que estaba diciendo era sincero, me ha hecho utilizar el «I´m so sorry» (lo siento mucho). Ninguna situación hasta ahora me ha supuesto un gran sentimiento de culpa, lo que pasa es que ninguna de las dos expresiones para mi entendimiento era tan sincera como «perdón», solo era el sistema de sinónimos que sé que me valía para que mis interlocutores supiesen que lo siento, algo completamente ajeno a mí y a mi mente.

Quiero hacer hincapié en que no considero que el amor (o cualquier sentimiento) sincero entre dos hablantes de distintas lenguas que tengan que ponerse de acuerdo en cuál de ellas van a utilizar para comunicarse sea imposible, lo que planteo es el tiempo y uso (sobretodo uso) que nuestra psique necesita para que una segunda lengua sea tan válida para la necesidad de expresión del ser humano como lo es la materna. Para ello, el que escribe considera que habría que analizar a quien ha decidido establecer una relación o todas las de su día a día, incluyendo la que tiene con su pareja en una segunda lengua aprendida, desde dos perspectivas tan antiguas como la primera lección de lengua en el colegio: emisor y receptor.

[pullquote]Hay que prestar atención al grado de influencia que, llegados a un punto, ejerce esta condición en nuestras decisiones[/pullquote]Como emisores nos sentimos satisfechos con preguntas y respuestas mundanas, nuestra segunda lengua resulta inmejorablemente efectiva para saber cuánto cuesta la leche, citar a alguien a las nueve, dar las gracias es una de las primeras cosas que interiorizamos (es una palabra tan sencilla y manida que la usamos en conversaciones en nuestra lengua), pedir trabajo, e incluso satisfaría con plenitud la necesidad de decirle a alguien que ese día looks nice. Pero cualquiera que haya estado en el pellejo de quien necesita dejar rotundamente claro cuánta es la profundidad de su estado, habrá sentido la frustración de no haber dicho lo que quería pese a que el código que ha utilizado se atiene a los parámetros de lo que se quiere transmitir. Al contrario que le pasara a Hristo Stoichkov con el castellano, el que no tiene el inglés por nativo al discutir no desencadena su rabia si no la hace usando palabras que forman parte de su naturaleza. Si te das un golpe doloroso no habrás maldecido al gritar -Oh,Shit!-. Por mucho que alguien se esfuerce en decir a su pareja cuánto significa en su vida, el hispanohablante no encontrará por mucho que añada -so much- en el liviano -I love you- el peso suntuoso que da ese respeto casi tabú, del que solo en nuestra cobardía ante el amor llegamos a entender lo que significa decir «te quiero». Y lo mismo le pasará al sajón a la inversa.

El receptor cuyo código nativo sea el de este texto, por su parte, entenderá en el periodo de aprendizaje que antecede a la interiorización de los mensajes, si es que llega, del inglés o cualquier otra segunda lengua como un galimatías de correspondencias una a una con el español, que hay que ir traduciendo a la par que se escucha centrados en cuál va a ser el resultado final de ese mensaje, dejándose en el camino todas las emociones que connotan a las conversaciones y a través de las cuales se establece la realidad de las relaciones, los motivos verdaderos por los que empezamos a amar, querer o no soportar a alguien. Dicho más sencillo, desaparece el juicio que establece el «no es por lo que dices, es por como lo dices».

Pero más allá de las sensaciones que buscamos al hablar y las que emiten o nos reporta el idioma en que lo hacemos, hay que prestar atención al grado de influencia que, llegados a un punto, ejerce esta condición en nuestras decisiones. Y es que el sentirnos plenamente cómodos y satisfechos con el grado de expresión de nuestra conciencia en cada caso es fundamental para el desarrollo tanto para el individuo como para la sociedad, hasta el punto que la Libertad de Expresión, está recogida en los derechos humanos y solo estrangulada por regímenes represivos a los que normalmente se intenta poner fin, como pondríamos fin a la situación de vivir en un lugar que no nos deja mostrar realmente quienes somos, o quedarnos si conseguimos que sí nos lo permita. Como nuestro amigo Stoichkov, que acabó reincidiendo varias veces en el fútbol español durante su carrera, incluso ya como entrenador, y mucho más famosas son sus broncas con los árbitros en su chabacano uso de la lengua de Cervantes que las que protagoniza en búlgaro, ese idioma que enjaula su ira cuando quiere dejarle bien claro al rival cuantísimo lo odia en ese momento.

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