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Elecciones sin hambre

Al cierre de un establecimiento de comidas hace unas semanas en una de las calles del centro londinense, este regalaba los productos inminentemente perecederos que los consumidores británicos, en especial los que viven por esa zona, demasiado bien criados ellos como para considerar un alimento al borde de perder un porcentaje de sus cualidades gustativas dignos de su aséptico sistema digestivo que acaba en el recto, ya no iban a comprar.

Todos los que vivimos aquí estamos acostubrados a ir al supermercado poco antes de su cierre y encontrarnos precios que casi te hacen salir de la tienda con más dinero en el bolsillo del que tenías al entrar y un hasta un remiendo en donde antes tenías un agujero, debido a la reducción de los precios porque los productos caducan al día siguiente o ese mismo día pese a seguir estando en perfectas condiciones de consumo. La ley británica a este respecto se puede calificar de bastante más que precavida.

De hecho, en la ciudad de Leeds existe un grupo de activistas llamados The Real Junk Food Project, para la utilización y consumo de estos productos que, pese a lo que la etiqueta dice, continúan siendo «seguros».
El señor que se encargaba de repartir la comida aquella noche, cuyos rasgos delataban su origen no inglés, fue claro respecto a la pregunta sobre de qué iba aquello: «los ingleses, que son ricos». Lo que más llamaba la atención es que a penas había indigentes aprovechando el reparto, ya que eso se hace en todos lados y no hay que darse codazos para tener cena si vives en la calle y los que llegaban lo hacían con su elección del menú pensada (si lo del remiendo del bolsillo ha sido una exageración, esto no lo es). Una cosa está clara: aquí nadie pasa hambre.

A pocas semanas de las elecciones generales al Parlamento Británico, esta sociedad rica tiene sus peticiones, quejas e, incluso, indignados. Sí, ese patrimonio tan nuestro desde el 15M. A pocas semanas de que David Cameron exponga a evaluación con nota el último ejercicio de su mandato todo apunta a que debería pirarse. Se piraría porque los recortes en el estado del bienestar explotan la burbuja en la que viven los ingleses, se piraría porque el precio de la vivienda es un disparate, se piraría en definitiva porque aquí no están tan acostumbrados como en otras partes del mundo a ser «tocables». Por otra parte, el Parlamento de la abadía más famosa del planeta, es un gallinero descontrolado en el que tal y como informaba hace poco en El País el periodista Timothy Garton «Lo que es aún peor es que ni siquiera se trata de un vigoroso debate sobre cuestiones verdaderamente importantes. Todas las frases ingeniosas las preparan con antelación los asesores de comunicación«.

Uno le echa un vistazo a toda esta situación y piensa: se pira. Se pira por no manejar con solvencia el ataque a la embajada inglesa en Teherán hace cuatro años y por el escándalo de las subvenciones. Por no cumplir su palabra sobre la transparencia e incurrir en los mismos errores que el anterior mandato de su partido. Pensamos que se pira porque esto no es España, se pira porque aquí nos olvidamos de la economía que está expulsando a toda una generación de su país con la economía de una sociedad rica y nos creemos que todo funciona del carajo. Se tiene que pirar, porque los ingleses viven muy bien y aun así se estan manifestando, no mucho (20.000 participantes en la última manifestación por el precio de la vivienda no es mucho ni en Dos Hermanas) pero para lo que están acostumbrados, demasiado. Sí, uno piensa que se tiene que pirar a la fuerza, porque aquí nos olvidamos de los cargos políticos que se aferran a su sueldo y no reconocen cuando están de más. Aquí las cosas funcionan bien: se pira.

Y entonces uno mira y cae en que el verdadero problema de los ingleses es el de Marcia Brady en aquel capítulo en el que lloraba desconsolada ante la injusticia de que no le cupiesen más zapatos en su armario. Pagan al precio que cobran y al nivel que viven, y se recuerda aquella época en la que España conformaba una sociedad acomodada, indolente y tolerante con los casos de corrupción en el gobierno, que reelegía las mentiras de los partidos, seguros de que pasase lo que pasase siempre serían un país de matrimonios jóvenes con dos o tres hijos que todos los domingos se gastaría dinero en gasolina para ir a almorzar a una venta. Y entonces piensas, se queda.

Se queda porque en realidad no les importa demasiado, se queda porque pese a los errores, las manifestaciones y las medidas, la gente sigue viviendo bien. Se queda porque no se imaginan que un día ni siquiera la comida en mal estado sea gratis y que de no pagarla, habría que buscarla ya dentro del contenedor de basura en las puertas traseras de los supermercados. Se queda porque aquí abundan las parejas jóvenes con dos hijos que se van fuera de la ciudad cada fin de semana, pero sobre todo se queda porque aquí, como en esa España por nunca escarmentada, se votará por inercia.

Con el cumplir del deber democrático como única preocupación es difícil predecir si se pira o se queda ya que, pase lo que pase, aquí nadie está preocupado por pasar hambre.

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