En un lugar de Asturias, de cuyo nombre no puedo acordarme…

Vivía un hombre llamado Joaquín con su esposa y sus tres hijos

Allí me encontraba yo en un día soleado, en el que los Picos de Europa mostraban sus más preciosos paisajes con los rayos de luz bailando al sol de la música de los gaiteros. Mis amigos habían seguido una de las rutas mientras yo decidí pasear por aquel hermoso pueblo y hablar con sus gentes. La primera persona que conocí fue a Joaquín, un hombre de unos 80 años que había nacido allí y nunca había salido de la comunidad porque decía que Asturias lo tenía todo. ¿Para qué iba a ir a otro lugar?

 

Empezamos a conversar y me habló de su mujer, sus hijos, sus amigos, sus vecinos y hasta de sus vacas y cabras. Después de contarme toda su vida, me preguntó si uno de los hombres de mi grupo era mi esposo. Yo le expliqué que era un amigo y que viajábamos en grupo. A continuación le dije que estaba divorciada, que había nacido en Barcelona y que vivía en Londres desde hacía muchos años. El hombre me miraba con tal asombro que decidí no seguir con mi historia por no causarle más sorpresa.

 

Entonces él me dijo que en el pueblo solamente vivían 15 personas en invierno y unas 85 en verano. Empezamos a caminar hasta el centro del pueblo y se ofreció a invitarme a un café en el único bar que había. Cuando se acomodó me empezó a decir que había oído que en Barcelona, Madrid e incluso Valencia la gente “lo hacía en la calle”. Yo no gocé a preguntarle lo que “hacían” y me limité a darle las gracias por el café y a continuar con mi ruta por el pueblo. Al cabo de 5 minutos me encontré a otro hombre arreglando su casa y me paré para darle los buenos días. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando me preguntó qué tal por Nueva York! Yo le dije que muy bien gracias y le deseé que tuviera un buen día.

La cosa no terminó ahí. Cuando estaba fotografiando la iglesia salió el cura y me preguntó si quería ver el interior de la iglesia. Una vez dentro y después de explicarme toda la historia de la misma y de su labor en ella, me dijo que no era bueno vivir en pecado y que me aconsejaba que me casara en vez de viajar con un hombre soltero. En los pueblos, los vecinos se conocen, se quieren o no y se cuidan los unos a los otros, hasta mantienen limpias las calles, porque éstas, no sólo son una prolongación de sus casas, sino una parte de sus vidas. La gente se socializa viviendo en la calle y compartiendo allí sensaciones, vivencias, y muchísimas experiencias que forman parte de la memoria colectiva. ¿Quién no tiene un familiar o un amigo en un pueblo? ¡Y lo bien que se come! No soy fan de la fabada asturiana pero las patatas al cabrales le quitan a una el hambre.

A veces me pregunto qué significa tener calidad de vida. ¿Es tener un supermercado al lado de casa mejor que tener a la vaca pastando en tu propia finca? ¿Es más importante vivir en una ciudad donde tienes “de todo” pero no dispones del tiempo suficiente para disfrutarlo? ¿Acaso no es calidad de vida levantarte y poder abrir la ventana sin que te entre alguien? ¿Y los vecinos? Y si entramos en más detalles, ¿no es mejor “hacerlo” en el campo que en la ciudad?

Relacionado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio