Fiebre por Indonesia

0

Llevaba ya 17 meses viajando fuera de mi país, los últimos 6 en plena aventura de mochilera. Ya había visitado varios países, visto desierto, montaña, playa y ciudades pero, algo dentro de mí no estaba bien. Es que al viajar puede que te de fiebre, a mí me pasa seguido. Me da una fiebre loca, irracional, que me hace delirar, me ciega y extasía a la vez. A mí al viajar me da esa fiebre de querer ir más lejos y más; y fue tras un episodio de estos que empezó mi aventura por Indonesia.

Desafío Sumatra

foto aérea de un pueblo al norte de Sumatra tras el Tsunami

La isla de Sumatra fue de las más afectadas por el tsunami de 2004

Ahora, con el paso del tiempo puedo reconocer que yo estaba probándome a mí misma, que en cierta forma estaba buscando mi límite, saber hasta dónde podía ir con la mochila a cuestas, con poco dinero, comiendo delicias que nunca aprendí a pronunciar, durmiendo cada noche en un lugar diferente. Fue así que de las más de 17.000 islas que componen Indonesia, con su diversidad de culturas, paisajes, especies y religiones; yo elegí Sumatra. Cuando me empecé a interiorizar sobre la isla descubrí que el turismo había mermado mucho por la inhospitalidad de los caminos, la complicada conexión entre destinos y la terrible mala prensa que dejó el tsunami de 2004 (el extremo norte de la isla, Banda Aceh, fue el lugar más afectado de toda la región). Pero era justamente su “fuera de circuito turístico” lo que me atraía tanto a ella. Tenía en mente que no era un destino fácil ni amigable con los turistas, que no estaba preparado para ellos. Aún así, o mejor dicho, por ello, representaba una prueba y desafío para mí.

De las muchas maneras que había para entrar al país yo elegí cruzar en ferry desde Malacca (150 kilómetros al sur de Kuala Lumpur, la capital de Malasia) hasta el puerto de Dumai. El trayecto fue de 3 horas y el viaje fue ameno. Pero al llegar me di cuenta que caí en el puerto más desolado que había, al menos a nivel turistas. Estaba sola y un señor en nombre de la buena fe me quería llevar él mismo a la terminal para evitarme ser timada. El muy conocido timo del timo. Fingí que estaba junto a los otros dos únicos turistas que aguardaban al igual que yo obtener su visa y el hombre por suerte se marchó. La aduana no tenía casa de cambio, ni ATM, ni baños, y yo que necesitaba tanto lo uno como lo otro. Salí del puerto, me encontré con una ciudad desolada, calurosa y con gente que me miraba como si fuese de otro planeta. Encontré por fin un cajero para sacar plata y me llevé la sorpresa que mi tarjeta se negaba a darme dinero. Estaba sin una rupia indonesa en mi haber y era sábado a la tarde, por lo que los bancos se encontraban cerrados para cambiar dinero, y no había vistas de una casa de cambio cerca. Esa fue mi bienvenida en Sumatra.

 Rio Tangkahan buluh, al norte de Sumatra Gracias a la ayuda enorme y desinteresada de los otros dos turistas pude continuar viaje pero, Indonesia seguía poniéndome obstáculos, hacía que me vaya debilitando cada día. Pude llegar a Medan, la capital de la isla, cuyo nombre significa campo de batalla, y sin duda que el panorama invitaba a salir corriendo, comprar un pasaje y volar al refugio de la harto famosa paradisíaca Bali. Pero yo estaba en Sumatra con un objetivo específico que venía acunando hacía rato entre ceja y ceja, no podía dejar que un error con mi cuenta de banco, conjugado con una ciudad y habitantes poco amigables bloqueen mi meta ¿Qué si se podía poner peor la cosa? Sin duda, no soy de subestimar a mi mala suerte pero al menos había que hacer un esfuerzo más antes de sentir que la isla me ganaba. Pese a que ya había comprobado que cuanto más me adentraba en la isla, más complicado era todo, decidí dirigirme hacía “la jungla”. Además de probarme a mí misma como buena aventurera, había un plus en Sumatra, algo que me imantaba hacia ella y que sería una invaluable recompensa: ver los monos naranjas, especie en peligro de extinción, más conocidos como orangutanes.

Bukit Lawang, en busca de los orangutanes

Una de las cosas más hermosas de viajar es la espontaneidad con la que surgen muchas experiencias, la extraordinaria inversión de roles entre la locura y la cordura, y esa mágica sensación de sentirte cuerdo cuando otros juzgarían que has perdido el juicio. Yo estaba muy loca cuando señale en un libro de viajes una foto de orangutanes y dije que iría hasta ellos, y ya en camino a su encuentro, me sentía lúcida, en mis cabales y siendo absolutamente condescendiente con mis dichos. Cargué mi mochila, mi mejor sonrisa y emprendí ese viaje a la jungla. Desde la terminal Pinang Baris en Medan, tomé una minivan hacia Gotong Royong, el pueblo más cercano a Bukit Lawang, el lugar ideal desde donde acceder al Parque Nacional Gunung Leuser, casa de los orangutanes. Bukit Lawang está sólo a 90 kilómetros al noroeste de Medan, es un pueblo pequeño a los márgenes del rio Bahorok. Sin duda su mayor atractivo es el Parque Nacional fundado en 1973 por una organización suiza para rehabilitar a los orangutanes liberados de cautiverio. Desde allí se pueden hacer excursiones a la jungla que van desde medio día a tres días, siempre por supuesto acompañados de un guía autorizado. También se puede ir directamente a la entrada de Gunung Leuser y ver a los orangutanes llegar a las 8 a.m. o 3 p.m. a las plataformas de alimentación. El objetivo principal de la fundación es acompañar a los orangutanes en el proceso de reinserción en su hábitat, siendo monitoreados y asistidos con comida suplementaria hasta que pueden satisfacerse por sí mismos.

Man_of_the_woodsLlegué allí por la tarde, por lo que tuve que esperar hasta el día siguiente para poder verlos. Pero algo ya se respiraba en el aire, compartí mi dicha de estar allí con otros viajeros, intercambiamos historias del trajín que tuvimos que pasar antes de encontrarnos ahí pero que todo valdría la pena.  Y así fue: valió todas las penas pasadas y cubrió con creces. La mañana siguiente fui inmensamente rica. Ver a esas lindas criaturas, tan humanas, tan grandes, tan tranquilas y tan naranjas. Tan cerca mío, tan lejos de lo que una vez fue cotidiano. Tan alcanzables como infinitamente distantes. Tan natural y tan mágico a la vez. Tan racionales y yo tan loca. Extasiada quedé, atónita ante su bajada triunfal de la cima de los arboles, ante su manera infantil y atolondrada de comer bananas, y ante esa mirada tan tierna que pareció decirme “aún hay mundos que tu y yo desconocemos” mientras me daba un tímido abrazo. Y volé de fiebre otra vez.

Sobre el autor

Amante de los viajes sin glamour, poco presupuesto y mucha adrenalina. Le gusta escribir sobre los lugares que visita, las aventuras y desventuras que corre, colecciona anécdotas graciosas y también escribe relatos cortos. Oriunda de Buenos Aires, ahora emprende su aventura Made in Reino Unido.

Deja tu comentario