El fracaso escolar es el fracaso de las escuelas y los progenitores, no tanto el de los alumnos ni de los profesores.Cuando los alumnos abandonan el sistema educativo entendemos que son unos fracasados, que ‘nunca serán nada en la vida’ porque dejan de seguir la formación reglada que nuestra sociedad les ofrece, de forma gratuita y en cumplimiento de las leyes vigentes en la mayoría de los países europeos.

Los profesores usamos la expresión dropout (‘dropo’ para los ‘progres’), con una mezcla de pena y desprecio, para los que dejan de estudiar, sin pararnos mucho a considerar las razones que les llevan a tomar esa decisión.

El principal problema consiste en echar toda la culpa al estudiante, sin otras consideraciones que serían dignas de un análisis más detallado. Sin duda hay un porcentaje de responsabilidad en el propio sistema educativo, ignorado por los responsables, que menosprecian este dato, orgullosos ellos de su ‘excelente labor’ y su confianza desmedida en unos procedimientos educativos que, a mi juicio, permanecen anclados en un pasado inmovilista y hasta reaccionario, incapaz de adaptarse a la ‘sociedad de la información’. Colaboran con el sistema los padres, que parecen haber olvidado las posibilidades frustradas y el tiempo desperdiciado en su período escolar. Muchos tan sólo buscan que les pongan unas buenas notas, sin preguntarse si las merecen.

Todas las muchas reformas educativas de las que he sido testigo, como alumno y profesor, consistieron en ‘cambiar el collar del perro’, y muchas de ellas a cargo de una mayoría de pedagogos (salvo raras excepciones), auténticos parásitos del sistema, con muchas ideas y discusiones sobre cómo se ha de enseñar, la mayor parte simples ‘masturbaciones mentales’, y pocas o ninguna consideración sobre como ayudar a aprender.

Desde mi punto de vista, el fracaso escolar es, principalmente, el fracaso de las escuelas y los progenitores, no tanto el de los alumnos ni de los profesores, simples actores en un teatro carísimo que no hace sino subsistir e intentar justificar su existencia por el ‘bien de la sociedad’.

Los políticos y burócratas insisten en que el futuro de nuestros países depende de nuestro sistema educacional, de los títulos y galardones que otorga, de lo mucho que la sociedad debe gastar en ello. Olvidan que conseguir una sociedad culta y civilizada no es consecuencia de un gasto sino de una inversión, algo muy diferente. Su eficacia no depende de la cantidad creciente de dinero sino del uso que se hace de él. He sido testigo de demasiados derroches e hipocresías que intentan ocultar la ineficacia, rozando la malversación de dinero y tiempo.

Los políticos de varios gobiernos regionales españoles, en un afán de adoctrinamiento, usan el sistema para configurar el futuro de sus regiones; ‘ingeniería social’, le llaman de forma desvergonzada. Las universidades ‘endogámicas’, que avergüenzan a los ‘académicos’, las manipulaciones de los contenidos, la selección partidista de los profesores, el ataque despiadado de los pedagogos, etc. son lacras que amenazan nuestro futuro.

Por fortuna tenemos ‘internet’, un contacto con el mundo real donde los alumnos pueden informarse y suplir las carencias de un sistema educativo periclitado, fracasado y pasado de fecha.

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