Graham Island, la isla que enfrentó a Europa

Los motivos que pueden dar pie a una guerra son innumerables. En el caso de Europa, es posible que en la época contemporánea las ansias de expansión territorial hayan sido la razón de más peso, algo que aún a día de hoy sigue presente, a la vista de la reciente “guerra fría” entre Rusia y Ucrania por Crimea. Sin embargo, no deja de resultar anecdótico que grandes potencias puedan casi llegar a un conflicto armado por un territorio que desaparece tras unos meses, tal y como ocurrió con Graham Island, Isola Ferdinandea o Ile Julia, en función de quién reclamara su soberanía.

El suceso ocurrió en 1831, en el Campi Flegrei del Mar di Sicilia, un territorio situado entre Túnez y Sicilia y que dista unos 30 kilómetros de la isla italiana. En algún momento entre el 28 de junio y el 10 de julio de ese año el volcán submarino Empédocles entró en erupción, algo que se había venido produciendo de forma regular desde hace millones de años. Sin embargo, esa vez el volcán expulsó tal cantidad de magma que una vez ésta se solidificó formó una pequeña “isla” de unos 4 kilómetros de longitud, con una superficie de 1.6 kilómetros cuadrados y que incluso llegó a contar con dos pequeños lagos interiores.

El 1 de agosto, poco después de que la lava se hubiera enfriado lo suficiente como para aproximarse sin peligro a la nueva formación, el capitán Humphrey Fleming Senhouse desembarcó en ella y declaró que quedaba bajo tutela de la Corona británica, bautizándola como Graham Island en honor a Sir James Graham, entonces primer Lord del Almirantazgo, y considerándola a efectos administrativos como una dependencia de Malta, país que formaba parte del Imperio Británico.

Esto molestó al reino de las Dos Sicilias, que agrupaba buena parte de lo que hoy es Italia. Ante el temor de que el Reino Unido se hiciera con otra posición de gran valor estratégico en mitad del Mediterráneo  en un punto tan cercano a su costa, decidió ignorar la proclamación de soberanía británica y envió a la corveta Etna, que desembarcando el 17 de agosto retiró la Union Jack y rebautizó a la isla como Isola Ferdinandea, en honor al rey Fernando II.

El último país en aparecer en escena fue Francia. Bajo la excusa de estudiar la isla desde el punto de vista científico, el prestigioso geólogo Constant Prévost, desembarcó en ella acompañado de un ilustrador, e ignorando las acciones anteriores decidió nombrar a la isla como Ile Julia, dado que la visita se había producido en julio, y procedió a registrar a la formación en el Boletín de la Sociedad Geológica de Francia.

Aquella situación, en la cual ningún estado quería perder la posibilidad de anexionarse un nuevo territorio que pese a carecer de recursos minerales era de gran valor estratégico por su posición en mitad del Mar Mediterráneo estuvo a punto de provocar un conflicto internacional. Las relaciones diplomáticas se resintieron, y quizás se hubiese llegado a algún tipo de enfrentamiento bélico sino hubiera sido por que la isla desapareció. Dado que estaba compuesta por un material fácilmente erosionable la pequeña formación no pudo consolidarse, y la acción combinada del mar y una serie de fuertes tormentas acabaron por fragmentarla y hacerla desparecer en diciembre del mismo año. El 17 de diciembre, cuando la tensión entre los países implicados había alcanzado su punto álgido, una expedición declaró que la codiciada isla se había hundido y no quedaba ninguna traza visible de ella, provocando el sonrojo y la sorpresa de los altos cargos británicos, italianos y franceses.

La anécdota no acaba aquí, y es que en 1986, durante el transcurso de la guerra entre Libia y Estados Unidos, los bombarderos estadounidenses detectaron cerca de la costa de Sicilia lo que identificaron como un submarino del ejército de Gadafi, que sufrió una lluvia de misiles. Esa sombra no era más que algunos restos sumergidos de la fracasada isla, que tras la acción quedó totalmente descompuesta cerrando de este modo de forma definitiva cualquier conflicto futuro. O por lo menos, hasta que se vuelva a producir otra erupción volcánica.

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