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Hermanos de Fe

Desde la misma antigüedad del hombre en la Tierra, éste se ha debatido sobre un conjunto de dudas existenciales que le asaltan y le acosan: la luna, el sol, la naturaleza, el viento, los seres vivientes, las necesidades humanas, la vida, la muerte, el creador.

Cada uno de los aspectos ha sido objeto de observación, estudio, discusión y consecuente conclusión; sosteniéndose en análisis lógicos para algunos intérpretes, mientras que para otros, atienden a intereses personalísimos y de contenido mezquino.

Las religiones han emergido con el objeto de normar la conducta humana, compartir información divina y dar goce al espíritu; siendo esta, la respuesta que ha encontrado el ser humano para determinar un modo de vivir. Sin embargo, en ese mismo ínterin, fue descubierto algo aún más poderoso, capaz de silenciar interrogantes que desvían la atención y generan dudas. Ese algo, se llama Fe.

Una vez escuché a un sacerdote proferir, en su homilía, que la religión verdadera no estaba en la Tierra, sino que se encontraba en el mismo cielo, y que una vez llegados allí, la conoceríamos con claridad. Internalizar esa expresión, abriría suficiente la mente como para creer en nada y en todo a la vez; refugiarnos ciertamente en las normas y tesis de nuestra religión bautismal, pero a la vez, no considerar nada tan definitivo como para juzgar la creencia y los inofensivos modos de proceder de los demás.

El llamado de cada religión que conozco, es a trascender; y los pilares más reiterativos de tal propósito son la gratitud y el temor a Dios, el amor al prójimo y la contrición. Existen otros elementos, claro que sí, los cuales complementan doctrinalmente las bases religiosas; pero que sin los tres pilares anteriores, solo serían simples ornamentos.

El hijo de Dios, aquel que murió en una cruz; nos enseñó que una mejilla no es suficiente, que nadie es profeta en su tierra, que los traidores pueden estar sentados en tu mesa, y que grandes pecadores fueron, al final del camino, fieles seguidores. Lo único que practicaba era el amor, y en el transcurrir de esa misma práctica, pereció; no sin antes, interceder por el perdón de quien le crucificó, y así regalarnos nueva vida y esperanza de salvación.

Estoy seguro que, en el paraíso, habrá una gran reunión entre quienes en vida, fueron creyentes de sus distintas corrientes religiosas, y cuyos actos generalizados reflejaron un correcto obrar; mientras que, muy probablemente, quedarán sin acceso predicadores de oficio, que llenaron sus vidas de sectarismo y empujaron a otros tantos a la división, como acción contraria a la religión del verdadero amor.

«No hay aborigen ni indígena, que por desconocimiento a su Ley divina, le sea cercenado el derecho a trascender; tampoco hay fanático ni suicida, que por creyente o extremista, tenga su butaca asegurada en el nuevo edén.»

 

Zaki Banna / @ZakiBanna

 

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