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‘A Home In London”, finalista del curso ‘Cuéntanos un cuento’

Tras publicar en nuestra edición anterior el relato ‘La Otra’, de Tania Mujica-Romero, El Ibérico publica ahora el segundo cuento finalista del Taller de Escritura Creativa en Español, del Centro Cultural Battersea Spanish

Este relato ha sido concebido en el marco del Taller de Escritura Creativa en Español, una colaboración entre el centro cultural Battersea Spanish y El Ibérico Gratuito. El Taller de Escritura es un espacio de encuentro para todas aquellas personas apasionadas por la literatura y la escritura que quieren reunirse en Londres para crear en un ambiente estimulante y relajado. Los participantes experimentan con varios elementos de la escritura creativa y complementan esta labor con la lectura y análisis de obras de la literatura hispana y universal. Y ya que el taller busca promover el nuevo talento literario hispanohablante en Londres, los textos producidos, que se destacan por su originalidad, son elegidos para publicación en este medio.

A home in London, por Mario Halevi

Bajo el techo translúcido entre Paddington estación de metro y Paddington estación de tren cae una lluvia cernida y fría que me moja la cara. Guardo las gafas empañadas en un bolsillo de la gabardina y los rostros se desdibujan. Pero ahora, más que la humedad y la miopía, me pesan el cambio de hora y mi insomnio; la incógnita de esta ciudad y la obscenidad inacabable del asfalto.

El agua en la cara y el estruendo del gentío me llevan al borde de una inmensa catarata que conocí en otro tiempo, en otro lugar. Y al verme los pies, como para comprobar que estoy apoyado en el suelo, caigo en la cuenta de que el suelo está seco. Esto me hace tener la sensación más aterradora de no estar allí; la de ser un espectro, un espectador de sí mismo sintiendo el frío de la eternidad en sus mejillas.
Me sobra esta multitud desdibujada y me falta un abrazo.

Al entrar en la estación observo a una mujer que arrastra de la mano a una niña de unos seis años. La niña aferra contra su mejilla a un oso de peluche que lleva colgando una etiqueta redonda que dice half price.
Frente a los carteles luminosos que anuncian la salida de los trenes con nombres de ciudades a los que nunca iré, que nunca pronunciaré, grupos detenidos en un extraño ejercicio de mutismo leen absortos y con la cabeza erguida, en contraste con la urgencia de esa multitud que cruza el vestíbulo de esta catedral de lo pasajero.

En mi propio ensimismamiento voy chocando con gentes que no logran esquivarme y a las que no intento esquivar. Tras de mí queda un reguero de “sorrys” repetidos en un eco encadenado de voces distintas. Es como si chocara con los recuerdos de mi pasado; bultos pesados a los que yo también voy diciendo «sorry» sin mirar atrás. Y sigo chocándome como si fuera inevitable, tan inevitable como es pedir perdón al pasado, aunque aquí y ahora solo sea un gesto más de urbanidad.

Mi tren sale a su hora. Tres minutos que sobran para acomodarme y volver a ver el detalle del mundo a través de los cristales limpios de mis lentes. A través de la ventanilla observo a una mujer que corre para alcanzar un tren a punto de partir.  Lleva varias bolsas y acaba de sufrir un pequeño percance. Una de las bolsas se ha roto y ha dejado rodar naranjas, manzanas, una botella de agua. Al soltar su carga en el suelo, la bolsa ha empezado a volar impulsada por una corriente de aire que recorre el andén.

Apoyo mi sien sobre el vidrio helado y pienso que yo también lograré la levedad si consigo vaciarme igual que esa bolsa que ahora da vueltas bajo el techo de un cielo oscurecido.

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