¿Cuánto vale nuestro tiempo?

Tal vez podríamos decir que lo único que realmente tenemos los seres humanos es tiempo, especialmente valioso si estamos a punto de perderlo para siempre, en ese tránsito que a todos nos tocará algún día, que sea más tarde que pronto. Podríamos cambiar todo lo que poseemos por un segundo más, el último, no digamos por un minuto.

Y sin embargo se habla de ‘matar el tiempo’, expresión absurda, ya que es el tiempo el que nos mata a nosotros.

Durante la difícil adaptación de Barcelona para la olimpiada del 92 tuve la ocasión de sufrir, como casi todos sus habitantes/transeúntes, el caos de tráfico que supuso transformar un conjunto enorme de pequeños pueblos mal agrupados en una ciudad visitable y transitable. Los atascos, desvíos de tráfico, las obras innumerables realizadas con un total desprecio a los que allí trabajábamos, supusieron una enorme pérdida de tiempo para todos, cosa que los que llevan las cuentas no tuvieron en cuenta. Las molestias de todo tipo y las incontables incomodidades fueron sufridas por los ciudadanos con actitudes resignadas, en dura competencia con el santo Job. Infinita fue la paciencia que demostramos, propios y extraños. Nadie contó el tiempo y los retrasos derrochados por los profesionales, abogados, médicos, profesores, empresarios, etc. Valioso en sí mismo pero despreciable desde una óptica oficial.

Una de las cosas que me sorprendió en Tokio fue que las obras en la ciudad se realizaban de noche, para no molestar a los atareados y laboriosos habitantes. Por el contrario en Barcelona todo parecía una confabulación de sátrapas degenerados, en demoníaco contubernio, para hacernos llegar tarde a las citas y, conscientemente, molestarnos al máximo: «Disculpe las molestias» (¿?), usando un imperativo casi insultante… ¡Pues no!

Hemos de resistirnos a las molestias innecesarias, las colas en los organismos públicos y la lentitud de las gestiones en la administración. La incoherencia de algunas de ellas parecen diseñadas por unos funcionarios malvados deseosos de dilapidar lo más valioso que tenemos…

¡Y cobrando de nuestros impuestos!

Alfonso Posada es Licenciado en Filología y profesor de Bachillerato
Alfons.inn@gmail.com

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