Portada | Actualidad | ¡Indignaos!

Portada del libro Indignaos, con el prólogo de José Luís Sampedro.Indignaos bien podría ser la consigna de los congregados en la Puerta del Sol que han decidido hacer un ERE a los políticos españoles, y de los jóvenes que se manifiestan en Marruecos casi a diario contra un sistema que no les convence, y de los rebeldes de Libia que se han cansado ya de tiranía, y de los sirios que mueren a manos de su ejército en concentraciones donde exigen derechos básicos, y de los pacíficos que protestaron por las calles de Londres contra la políticas de recortes del gobierno de coalición británico, y de los que han conseguido echar a Mubarak de Egipto y a Ben Alí de Túnez e iniciar un procesos democrático en sus países.
Indignaos podría ser el lema de un mundo que no gusta, del inconformismo, del basta ya, del no queremos esta clase política.
Pero Indignaos es también el título de un panfleto que escribió en octubre del año pasado el diplomático Stephane Hessel. Alemán judío con nacionalidad francesa y miembro de la resistencia francesa durante la II Guerra Mundial que participó en el borrador de la Carta de Los Derechos Humanos en 1948 y cuyos pensamientos se han convertido en un best seller mundial que parece encajar a la perfección con el espíritu de indignación generalizada y de malestar contenido durante tiempo y que, por fin, está en la calle, y se reúne en asamblea, y piensa, y opina y se hace escuchar y que es la voz de muchos.
Este nonagenario escribió el folleto de 29 hojas animando a los jóvenes a no transigir con lo que les den, a discutir por lo que no se está de acuerdo, título que en cuestión de meses se ha convertido en uno de los libros más vendidos con más de un millón y medio de copias en manos de lectores inquietos en su versión francesa.
En él, traducido ya al inglés, italiano, portugués, griego y español, a Hessel le indigna la situación en Palestina, la prepotencia israelí, el trato que se da a los inmigrantes en su país de adopción, la influencia de los monstruos mediáticos, los recortes sociales al sistema del bienestar y la dictadura de los mercados de financieros a la que expertos señalan como culpable de la situación económica actual.
Hessel, que dice hablar desde una posición en la que se sitúa a sí mismo cercano a la muerte por su edad, asemeja los principios de la resistencia con el movimiento que debe iniciar esa protesta contra el sistema establecido, y dice que la resistencia fue indignación.
Y en lo que a los españoles nos toca, en Madrid, en Barcelona, en Granada, en Valencia, en Roma, en Londres, en París o en Buenos Aires, los españoles hemos alzado también la voz.
José Luis Sampedro, que ha prologado la traducción al español de Indignaos, parecía con sus palabras prologar el propio movimiento del 15M y ya escribía hace meses: «Al principio sorprende ¿Qué pasa? ¿De qué nos alertan? El mundo gira como cada día. Vivimos en democracia, en el estado de bienestar de nuestra maravillosa civilización occidental. Aquí no hay guerra, no hay ocupación. Esto es Europa, cuna de culturas. Sí, ése es el escenario y su decorado. Pero ¿De verdad estamos en una democracia? ¿De verdad bajo ese nombre gobiernan los pueblos de muchos países? ¿O hace tiempo que se ha evolucionado de otro modo?».
Y por fin esa rabia ya no es silenciosa, y por fin muchos hemos pensado: ¡Ya era hora! Esa resistencia a creerse lo que algunos cuentan, de uno y de otro lado, tiene ya voz propia y se ha hecho oír alto y fuerte.
Lo que empezaba el 15 de mayo en Madrid como una concentración de unos pocos en el kilómetro cero de la capital se ha convertido en un fenómeno en las redes sociales, en portada de prensa nacional e internacional, en centro de debate de sociólogos y en titulares en los informativos de la BBC entre otros. El espacio de la Puerta del Sol se ha transformado en un centro de asamblea y de debate, con guardería, calles, centro de documentación, área de atención sanitaria y comisiones. Comisiones de Respeto para que el tráfico no se paralice y no derive en una juerga con botellón, comisión de Comunicación para elaborar la estrategia frente a los medios y que estos no les encasillen apresuradamente en ningún credo político porque, dicen, no lo tienen; comisión de Comida, donde recogen y distribuyen los alimentos que espontáneamente los ciudadanos llevan al centro de la protesta, desde bolsas de unos grandes almacenes situados a escasos minutos de la plaza hasta ollas con fideos y barras de pan de vecinos que les apoyan.
No se sabe el alcance que este movimiento tendrá. Patxi López, lehendakari vasco, animaba al 15M a cambiar las cosas desde las instituciones, a participar en la política activa para modificar el rumbo del país pero, desafortunadamente, los españoles ya no creen en sus políticos, en sus instituciones. En la última encuesta del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) del pasado mes de abril, la clase política, los políticos, se situaban en el tercer lugar como problema nacional para los ciudadanos después del paro y de la situación económica. La situación es cuando menos muy preocupante. Y no solo es una cuestión de jóvenes sobradamente preparados, o no tan preparados, es una cuestión de todos, el 15M somos todos, o casi todos.

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