¡Inventemos nosotros!

Aquella famosa frase de Miguel de Unamuno «¡Que inventen ellos!», que describe el tradicional desdén español hacia la ciencia, se está invirtiendo, y ya estamos inventando. El camino está sembrado

Uno no para de oír hablar sobre la poca inversión presupuestaria en I+D (Investigación y Desarrollo) que sufre España; que el avance y la salida de la crisis económica pasan por implementar medidas centradas en la innovación y el conocimiento, que actualmente son inexistentes; que se necesita más inversión privada sin cortapisas burocráticas; que nuestras universidades y centros de investigación están a la cola mundial de publicación de papers científicos de envergadura, a pesar de su preparación académica.

Pues bien, aunque todo lo anterior es cierto, también lo es que España puede presumir de tener en la actualidad muy buenos científicos (aunque parezca una contradicción), y este hecho merece un recordatorio. No en vano, se ha convertido en la novena potencia científica mundial, y publica en Nature y Science, las revistas del ramo consideradas más prestigiosas, 5 veces más que hace 10 años. Y eso no es todo: un sondeo reciente de Metroscopia señala a los científicos como los profesionales en los que más confían los ciudadanos españoles, seguidos de los médicos y la Universidad.

En el otro extremo de confianza se encuentran los políticos y sus partidos, algo muy acorde con la crisis que está atravesando el sistema democrático a raíz de la recesión mundial, que ha dejado a los seres humanos indefensos y perplejos. La ciencia parece concentrar ahora las esperanzas futuras. Los mismos jóvenes del 15-M han pedido más inversión en investigación científica. Hoy por hoy, la rama científica en la que más destacan nuestros investigadores es la biomedicina.

Uno de los lastres que acarreaba la sociedad española, el del desdén hacia lo científico, parece estar revirtiéndose. A pesar de haber vivido tantos años «montados en el ladrillo» y el turismo, hay sensibilidad suficiente para apreciar que ésta es la senda a tomar de ahora en adelante. Como dice el divulgador por excelencia, Eduardo Punset, «la ciencia irrumpe en la cultura popular». Éste es un cambio social de gran importancia, pues la investigación ya no estará circunscrita a un reducido grupo de eruditos relegados, sino que todo el mundo participará de ella.

Los rostros de la ciencia en España

La más reciente muestra de la calidad de los investigadores españoles es el Premio Robert S. Engelmore 2011 concedido al científico Ramón López de Mántaras, investigador del CSIC en el Instituto de Investigación en Inteligencia Artificial. Este premio lo concede la Asociación para el Avance de la Inteligencia Artificial, con sede en los Estados Unidos. Es la primera vez que el organismo otorga esta distinción a un investigador que desarrolla su actividad en otro país. Ahí es nada.

El Centro de Regulación Genómica español, por su parte, tiene un flamante nuevo director, Luis Serrano, desde hace poco más de un mes. Fue escogido entre 13 candidatos de diferentes países, como Reino Unido o Alemania, y dejó su puesto de jefe de grupo en el Laboratorio Europeo de Biología Molecular, que tiene su sede en Heidelberg (Alemania), para ocupar éste. Su objetivo ahora, según sus propias declaraciones, es desarrollar un centro de relevancia internacional que pueda competir con los grandes. Ya tiene mucho trabajo hecho, pues el centro ya figura de facto entre los de máximo nivel.

Anna Veiga, la «madre» de la primera niña probeta española, nacida de una inseminación artificial con un embrión «engendrado» en un laboratorio en 1984, es también la presidenta de la Sociedad Europea de Reproducción Humana y Embriología desde hace unas semanas. Actualmente ya no se dedica a la reproducción asistida, sino que investiga con las células madre de embriones sobrantes donados por parejas a la ciencia; y ha sido, junto a su equipo, la pionera en España de proezas biológicas como los embarazos con esperma y óvulos donados o la elección del sexo del bebé para esquivar posibles enfermedades hereditarias.

En el candente tema del cambio climático, los científicos españoles tampoco se quedan a la zaga. La Fundación Ciudad de la Energía, en Cubillos del Sil, León, es un referente mundial en investigación de técnicas para capturar CO2, llevada a acabo precisamente en el seno de su Centro de Desarrollo de Tecnologías de Captura de CO2. Se dedica sobre todo a mejorar la oxicombustión, que consiste en capturar el gas durante la quema de combustible utilizando oxígeno, para luego comprimirlo, transportarlo y depositarlo bajo la tierra a unos 800m de profundidad. Tiene la planta de oxicombustión más grande del mundo y su objetivo es reducir las emisiones industriales en un 90 por ciento.

Estos no son los únicos ejemplos del prestigio de los científicos españoles. En los últimos años, han estado en las cabeceras de los medios especializados y también de divulgación general, con descubrimientos punteros que contribuyen al avance de la humanidad en el conocimiento de la naturaleza y el universo. Han secuenciado el genoma de la leucemia común; han descifrado el ADN que comparten medusas y humanos; han producido un fragmento de anticuerpo contra el Alzheimer; han sido los primeros en extraer el riñón por la vagina para transplantes, etc. Y qué decir de los restos de homínidos más antiguos de Europa que se encuentran en Atapuerca y del nuevo Museo de la Evolución Humana, que abrió sus puertas en Burgos hace ahora un año.

Obstáculos a la financiación

Por otro lado, es cierto que sigue habiendo trabas burocráticas negativas que entorpecen las investigaciones, así como muy poca inversión privada. Una tendencia actual a nivel mundial es que la experimentación se financie con capital privado, al menos en parte; el ejemplo más conocido es el de la NASA, que está cediendo el protagonismo a mecenas individuales que están aportando dinero de su bolsillo para avanzar en tecnologías que permitan a la humanidad asentarse en otros planetas y encontrar vida extra terrestre.

Un caso paradigmático de las cortapisas burocráticas del Estado español a la ciencia es el enfrentamiento reciente entre el antiguo director del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), Mariano Barbacid, y el Ministerio de Ciencia e Innovación, cuya cartera ocupa Cristina Garmendia. Barbacid descubrió en el laboratorio una forma eficaz para tratar el cáncer de pulmón, pero tuvo que abandonar este proyecto prometedor por falta de financiación. Contaba con inversores privados dispuestos a poner su granito de arena; sin embargo, esta forma de financiación contraviene la Ley de Fundaciones, y el Ministerio la declaró ilegal.

Esto resulta sorprendente de parte de una ministra con un currículo espectacular que concilia la investigación científica –es especialista en genética- con el éxito empresarial. Esto pone de manifiesto la necesidad de modificar una legislación obsoleta que obstaculiza la investigación científica, a pesar de la promulgación, el pasado mayo, de la nueva Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, que sustituyó a la anterior, de 1986. Esta ley es, no obstante, el primer y esperanzador paso en el respaldo a los científicos españoles desde las instituciones; la sociedad ya está conquistada.

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