La frase es de Smee, regordete marinero a las órdenes del Capitán Garfio, y fue dirigida al cocodrilo que sonreía (!) y se frotaba la panza ante la idea de comerse a su capitansito en la película de Disney de Peter Pan (héroe victoriano por excelencia). La versión iberoamericana que consumimos en el cine enriqueció nuestra lengua con aquellos giros expresivos desconocidos. Una estatua londinense recuerda al flautista de Nunca Jamás, sus personajes y aquellas aventuras entre mágicas y heroicas. Más de un siglo después un artista muy popular usó este mismo nombre para su casa y abundar en el mito de no crecer ni hacerse adulto…
Los países y por ende sus habitantes tienen la necesidad de no hacerse odiar y hasta intentar superar las leyendas negras y las intoxicaciones informativas; hacer que otros pueblos nos odien, que es el principal problema. En niveles tribales y populistas estas cosas degeneran en matanzas y holocaustos de diferentes calibres y características; todo ello evaluable en muertos, torturas, campos de concentración, etc…

Otelo y Desdémona, amantes apasionados, sufrieron el poder manipulador de Yago, sus insidias y su arte diabólico. Astérix nos divirtió con el ascenso y caída de Perfectus Detritus, romano experto profesional de los manejos torticeros en un episodio dedicado a la cizaña.

Una traición puede tener tamaño, pero no deja de ser una traición. Embaucar a una persona en contra de otra usando informaciones sesgadas, bulos, rumores, medias verdades, etc… Todo ello debería ser castigado muy severamente y no entenderlo como forma de entretener los ocios del populacho en un infame cotilleo con trazas de juego inocente.

Sembrar odios entre personas, países, religiones es como usar armas bacteriológicas, difíciles de confinar en un espacio determinado y que se extienden sin control. El ejemplo más pintoresco fue el uso de gases tóxicos durante la guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial. Un simple cambio de viento hacía caer el gas sobre los atacantes. El gas parecía cambiar de bando… Ridículo.

Muchas difamaciones y calumnias se han vuelto, de la misma manera, contra los propios agresores ignorantes de los vientos… Y las de las tempestades.

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