La pata coja de la queja sobre los hijos. Las tareas domésticas

0

Quién se ha librado de escuchar a madres cansinamente decir a sus hijos: “No se hace la cama”, “No se lava la taza”, “Deja todo tirado”, “ No sabe freir un huevo”.y todo esto con un largo etc.?

Por favor, que me lo diga!

Quejas, las que incluso, casi siempre se solapan y se unen a las que son sobre los maridos. Ya que éstos suman ignorar los caminos a los quehaceres domésticos de cómo y cuándo hacerlos sin que se les recuerde.

La pandemia puso de relieve, en muy estridente color, que niños y niñas protagonizan conflictos familiares diarios, al estar con sus padres encerrados de lunes a viernes, al no ir al trabajo y la escuela, sobre quien hace el trabajo doméstico.

Al verse colectivamente las caras que no eran ni el Sr. Mago y ni la Sra. Aire los que compraban y preparaban la comida, ordenaban y limpiaban todo el ambiente familiar se vieron confrontados con la realidad. Constataron, qué los tiempos de estar y no estar en la vivienda empezaron a cobrar otros significados muy distintos a los que se tenían. Inercias, desconocimiento, prejuicios, miedos, autoritarismo fueron la mecha de la convivencia problemática.

Al mismo tiempo, las familias que ya tenían alguno de sus miembros con el trabajo a distancia, aprendieron que  estar en casa no significa, de inmediato, estar todo el tiempo disponible para los restantes miembros que la habitan o ser la misma persona consultar a todas horas.

Salieron a relucir las contradicciones del doble discurso de  pretenderse con hijos, independientes, sabios e inteligentes  (con los ordenadores pero no en relación a su medioambiente social y material más cercano). Esto se comprueba en la práctica habitual al poner en evidencia ni siquiera saber doblar una toalla, recoger un juguete del suelo, o pasar un trapo sobre la mesa después de la comida. Así como tampoco tomar una decisión o tener iniciativas propias hacia las personas de y en entornos próximos.

Claro ha quedado que gracias a que el mundo del hogar, aún descansa en una espalda femenina con su mástil y bandera anclados en ella. Esto sea la madre o la señora de la limpieza como signo identitario, lo que comprobamos con pesadumbre persiste mucho más de lo que se cree.

Es así que el respeto al trabajo de la persona que limpia no es muchas veces correcto, contratada irregularmente (también en parte por las mismas causas que arriba menciono). En su mayoría mujeres que sostienen la vida de millones de hogares sin “acciones bélicas” internas del hogar. Lo hacen con trapo blanco en silencio. Son las que cargan con todo. Cuidan así la salud física y mental del grupo sin reconocimiento ni económico ni social además del PIB de muchos de sus países de origen aumentarlo.

La negación del espacio para la enseñanza y aprendizaje a los hijos desde la más temprana infancia sobre los cuidados de los otros, personal y del ámbito de la vivienda nos ilustran otros componentes que apuntan a la queja de los padres sobre ellos como una máscara. Nada más y nada menos. Un teatro donde se reparten la concentración de poderes, relaciones de género arbitrarias enchufadas, disociación del saber con lo necesario vital, posiciones ficticias de clase social junto a elementos de orden  social, simbólicos  y psicológicos que dirigen las vidas privadas como públicas para hacer posible la vida. Elementos que fácilmente no podemos asir pero que la pandemia lo desveló en su real tamaño e impacto para todos y todas.

No obstante, la misma queja repetida, no es otra cosa que un guion que desata esta comedia.  La queja resulta sin fin al conceder continuidad al mantenimiento intacto del escenario donde los poderes y habilidades están distribuidos en la comunidad doméstica de un modo desiquilibrado, arbitrario y para nada objetivado. Así la queja, paradójicamente, se convierte en una prueba de continuidad de una cultura cotidiana en la que las relaciones de poder se cumplen ante los otros. La queja es  funcional. Una catarsis temporal para dar continuidad a modelos anacrónicos en el presente de compaginación laboral, social, de género, de salud física y mental que sólo están asignados a alguien, dejando así todo tal cual…que nada se mueva. No abrir el espacio al aprendizaje real de los trabajos necesarios en una casa para vivir en ella más o menos armónicamente.

Lo peor de todo surge de quién más se queja, es la más perjudicada, no es escuchada y si lo fuera, se marea con sus propias construcciones que le indican que es ser madre, mujer y esposa imponiéndole llevar ese mástil en la espalda. Un gran enredo para ella entre máscara y un cuerpo que no da más.

Sin embargo, ya hay quienes hacen un ovillo de toda esa tensión enredada empezando a tejer una realidad distinta. Sólo hace falta querer ver las páginas que brindan orientaciones cómo detrás de esa puerta cerrada existe un titiriteo cuyos hilos traspasan las paredes de las casas con la publicidad, los discursos políticos, leyes, religiones, prácticas, violencia simbólica y física etc, etc.

Hemos pasado de una tiranía parental, la de otras épocas a poner grupos domésticos como ejércitos de la limpieza, o a premiar con dinero tareas que corresponden al bien común del grupo familiar o únicamente adjudicarlo a las chicas. Como si el ADN estuviera lleno de detergentes, trapos y cepillos en cada niña y en los niños una pelota de futbol, romper platos si los lava o siempre ser servido.

Por otra parte, desmerecer el trabajo doméstico, en público o en privado, en nombre de la libertad o seres ¨especiales¨ o tareas de trascendencia desbanca cualquier esfuerzo, descalifica su valor y perjudica la redefinición de los roles familiares como del sostén de la vida en sus rasgos más esenciales en el grupo doméstico. También desalimenta las prácticas colaborativas de un grupo y desalienta el respeto por quien lo realiza porque no se conocen sus comos al no valorarlo ni aprenderlo.

Los conceptos de TIEMPO, ESPACIO y CUIDADO se incorporan en nuestro acervo cognitivo y afectivo haciendo con otros desde que venimos al mundo en el lugar primario (familia) y secundario (escuela) que compartimos.

Los humanos aprendemos lo que hacemos de adultos desde pequeños. Los adultos arrastran la ausencia de no haber conceptualizado tales dimensiones en muchos planos de su vida. Calcamos roles ya inútiles para la actualidad frente al vacío. Varios de ellos, sea por creer que su autoridad se ve cuestionada, si los hijos saben llevar a cabo las tareas domésticas o sólo las entienden a su modo y que se les obedezca cuando y como mantener un hogar. Así es que se suman conflictos al no llegar a conceptualizar que un hogar es como un idioma para aprender cada día en el que comunicar, significar y practicar la limpieza, mantenimiento, y cuidados por todos sus miembros se garantiza el bienestar común.

La construcción social del cuidado, la limpieza y la alimentación son tres mundos enormes interconectados por relaciones de género, etnia y clase en el medioambiente. Abundan estudios cuantitativos y cualitativos de la Antropología sobre estas interconexiones que inundan seminarios y bibliotecas pero no llegan al gran público. El conocimiento de estos trabajos con diversas posiciones interpretativas, estudios de caso, perspectivas históricas a lo largo y a lo ancho de este mundo aportan sobre que está ocurriendo en los hogares y su mantenimiento por sus miembros más allá de la queja cuyos efectos acaban siendo devastadores.

Cada sociedad se encuentra en un punto de su historia, en ella se disponen prácticas y discursos para la vida cotidiana que los individuos aceptan o no por diferentes motivos. Pero no siempre son objetivables, ni conscientes al llevarlas a cabo. Son cambiantes pero además al conocerlas un poco, al intentar entender otros horizontes se enriquece la visión de la actuación de la infancia y la adultez en interacción dentro de las casas con otras miradas.

Asimismo, el psicoanálisis ofrece un despliegue de trabajos sobre las relaciones materno/ paterno infantiles. Todas ellas dignas de tener muy en cuenta respecto a la construcción de lo limpio, ordenado, bien o mal alimentado, individuación, simbiosis, límites y malestares, deseos, autoridad, etc. que orientan a los padres.  Sobre todo en cuanto a las construcción de vínculos afectivos entre los miembros familiares, capacidades y destrezas según los momentos por los que la infancia hace su recorrido. Estos trabajos como sus profesionales ofrecen referentes aclaratorios en situaciones donde los conflictos son el cauce sin freno día a día.

Cabe mencionar que reducir el análisis de la vida doméstica a, antes y ahora, alarga el gran lastre de dificultades con el peso energético del trabajo doméstico. Esa mirada opaca la visión de conjunto y sus espectros. Esa forma favorece que los niños y niñas como adolescentes sean vistos sólo como que se desentienden del trabajo diario que les corresponde llevar adelante. Por eso, la queja es la canción que ensordece dejando todo como está.

Desde la Antropología al ponerlos bajo la lente le vemos la pata coja a esa queja e identificamos así las causas y motivaciones de tantos conflictos. Gritos y peleas familiares son parte del circo( más que del teatro en algunos casos por lo exagerado) cuando se necesita hacer una tarea en casa. Pareciera que a ese niño, en cuestión, sólo se le hubieran dado juguetes, se le pidió únicamente que estudiara. Mamá lo haría como papá iría a trabajar fuera siendo siempre ellos gigantes que todo lo pudieran siempre. Hasta que la realidad con los cuerpos, los ánimos, las frustraciones buscan expresar tanta gigantez que pesa demasiado. Ese orden familiar de gigantes con pies de barro al final( además de que nunca ha sido realmente totalmente así) están desbaratados por los cambios tecnológicos y otras transformaciones globales. Mucho más, esto que por las bacterias de Venus que hoy en día inundan la prensa entre las tensiones de la máscara/ queja en vez de poner los pies en tierra firme.

Varios autores invitan a redefinir vínculos familiares democratizándolos como mirar la tierra que pisamos y las estrellas para ver nuestra dimensión humana de otra manera en la vida cotidiana.

Algunos efectos colaterales

En ocasiones, nos preguntamos por qué la población no separa los residuos  y el porqué se le pide que se haga tal separación cuando después se los junta en los vertederos. Cuántas contradicciones para manejar en la práctica ! Cómo hacerlo en casa entonces ?

Es un rasgo del presente, entre una de las respuestas.

Algo similar está ocurriendo en la vida privada. Construir la noción de medioambiente y solidaridad va de la mano en el cada día. Compruebo un gran número de adultos que poseen la noción del medioambiente de la puerta para afuera. Bosques, mares, desiertos, animales y jamás, él o ella alcanzan a incluir su casa como su vida en ellos. Incluso teniendo jardín, otras compartiendo rellano o calle, dentro  de esa casa y su casa como que no fueran parte del medioambiente, como que la casa no estuviera en la tierra.  Está en las fotos de tortugas con bolsas en la boca. No alcanzan a ver los nexos porque la organización doméstica está tan fragmentada como su aprendizaje .Se posee una noción ambiental que suma acciones de abandono propio, colectivo y múltiples comportamientos muy confusos, equívocos y contradictorios con el real cuidado de todo lo que es el entorno dentro y fuera de las casas casi por todos.

Antes y durante el Lockdown he escuchado padres fuera de quicio porque no sabían qué hacer con sus hijos durante el día,  exigiéndoles a los docentes ‘lecciones maravillas” como píldoras mágicas para calmarles. Me sonaba todo eso a por favor queremos que siga la fragmentación !

Algunos no, pues reflexionaron y asumieron que estamos en un tránsito sociocultural y sanitario, lleno de cambios, por lo que empezaron a distribuir trabajos en casa, mostrar como lavar los platos, poner la mesa, escribir la lista de la compra, cocinar, recoger los juguetes, con mayor énfasis…conversar. Aprovecharon el tiempo. Además, resignificaron que estar en casa todos juntos significa que cada uno también pueda tener su espacio, por pequeño que sea. Diferenciaron tiempos para el juego, comida, ordenador, limpieza, charla común o con otros…

Este es un breve artículo que presenta una aproximación etnográfica en curso, a estudios de caso también sobre las tareas domésticas en que la infancia tiene un lugar singular. Es en español e inglés, en distintos espacios domésticos en los ámbitos urbanos y rurales de distintas sociedades.

Dra. Cecilia Montero Mórtola. Antropóloga (ICAF, DVO)

Sobre el autor

Llegó desde Tarragona sin ningún convencimiento a Londres, más por necesidad que por elección. Ahora está enamorada de la ciudad y de todo lo que ésta ofrece. Se pasea por todos los rincones con su cámara, su tablet, libreta y bolígrafo ¡Nunca se sabe donde va a aparecer algo interesante que retratar! Aunque especializada en comunicación institucional, su auténtica pasión es la prensa escrita ¡Por eso está encantada de colaborar con El Ibérico!

Deja tu comentario