La Sombrilla III

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Por Juan Urbán Romero

El viajero ha detenido su camino en Soria. En aquel viejo monasterio convertido en instituto y en “una tarde parda y fría de invierno: “Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales”. D. Antonio o D. Abel Martín o D. Juan de Mairena (que da más o menos igual. O no.) tronaba impartiendo sus lecciones de francés. Tras los otros cristales, las de las lentes de D. Antonio Machado Ruiz, habitaban los ojos pequeños y suficientemente melancólicos que todo hombre, en el buen sentido de la palabra bueno, debiera tener. Estos, quedaron fijos en el fondo de la clase mientras cerraba el libro.

–Ahora hablaremos del otro capital libro que debemos leer con frecuencia: el de la vida. En esta nuestra España:

De diez cabezas, nueve

embisten y una piensa. 

Nunca extrañéis que un bruto

se descuerne luchando por la idea.

Creo que estaréis de acuerdo conmigo en que habitualmente ponemos toda la energía de la que somos capaces en defender y encastillar de tal manera nuestras ideas, que embestimos o condenamos a muerte a todos aquellos que se atrevan a contradecirlas. Así, queridos amigos, resulta harto difícil una convivencia pacífica, creativa y constructiva en nuestra sociedad. Como mucho posibilitamos esa convivencia ahuecando nuestra cabeza  eludiendo todo tema importante y tornándolo en asunto cosmético o deportivo.

Y emergió el maestro, con toda su energía y con el entusiasmo de quien acaricia estrellas:

-Condiciones para que un diálogo no sea de besugos o de corneantes reses.

Primera:

Para dialogar,

preguntad primero;

después…escuchad.”

Una inquietud se sacia tan solo con la escucha, dejando hablar y tratando de comprender las razones del otro, que es realmente otro y no una proyección de tu misma mismidad.

Segunda:

“Más busca en tu espejo al otro, al otro que va contigo.”

O bien “Converso con el hombre que siempre va conmigo -quien habla solo espera hablar a Dios un día-; mi soliloquio es plática con este buen amigo/ que me enseñó el secreto de la filantropía”.

La escuela donde aprendemos a dialogar con el de fuera es dialogando con un vecinal <conmigo mismo>. Se trata solamente de aquel verbo viejo e inusual al que llamamos pensar, ese pensar que huye de la galería de ruidos y actualidades y se traza la silenciosa ruta que lleva a su “alma vieja”:

“Busca tu complementario,

que marcha siempre contigo,

y suele ser tu contrario.” 

Tercera: “¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya guárdatela.” A vosotros –miró fijamente a sus alumnos por encima de sus minúsculas lentes- que lleváis en vuestros genes culturales el relativismo más furibundo, os costará mucho asentir a este problemático proverbio. Mas si cada uno, encuentra su verdad como la verdad más verdadera ya que no hay ninguna Verdad que buscar o encontrar, mi escuálida verdad se convierte en rutilante certeza. Por tanto no hay ruta que seguir sino murallas para encelar y cuernos para embestir. No se trata ya de buscar una verdad poniendo en común indagaciones, inspiraciones y saberes, sino que mi verdad se instale como vencedora; como aquel rumiante que consigue su predominio en la manada. Date cuenta querido alumno:

“En tu soledad has visto cosas muy claras,

que no son verdad”.

 

Sobre el autor

El Ibérico Gratuito es el único periódico quincenal escrito en español para la comunidad española e hispanoparlantes de Londres.

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