Los Años Dorados, a punto de ser demolido

 

Amada Silva, encargada del centro social para la tercera edad, lamenta no recibir el dinero que «se supone que nos corresponde por un fondo del gobierno»

 Alrededor de cincuenta personas verán destruidos sus años dorados en forma de demolición del edificio que posee este nombre. Se trata de un centro de día para mayores, donde se imparten clases de inglés, español o canto; y se realizan talleres, de bordado o de joyería, por ejemplo.

 

 

Sin embargo, el próximo día 24 de junio, Los Años Dorados cerrará sus puertas por última vez y sus asiduos visitantes tendrán que buscarse otro lugar donde reunirse. La razón de la demolición, paradójicamente, les beneficia, al menos en salud, puesto que se ha descubierto en las paredes del edificio cierto material que produce enfermedades pulmonares a largo plazo, que responde al nombre de asbesto. La encargada del centro, Amada Silva, admite que sabía de la existencia de este nocivo elemento en la estructura del edificio pero afirma que en los años 50, época en la que se construyó, era muy común y muy útil para mantener la temperatura en las paredes y proteger del frío.

Amada nos recibe en una pequeña sala del club y se disculpa por el desorden. Ronda los 70 años pero guarda la energía de un veinteañero y la determinación de una persona de mediana edad. Nos ofrece un café y con voz calmada nos cuenta cómo han llegado a tan triste situación. «Sabíamos que nos iban a demoler el edificio, los demás residentes de la zona ya han abandonado sus lugares, pero el problema que tenemos ahora es que no nos van a dar el dinero que se supone que nos corresponde por un fondo del gobierno».

Los servicios sociales de Lambeth les han ofrecido diferentes propiedades con el fin de encontrar un lugar donde se puedan asentar pero ninguna de ellas responde a las necesidades de los ancianos, ya que no están habilitadas para personas de determinada edad. «En algunos edificios había escaleras y no había hueco en las puertas para que pudieran pasar sillas de ruedas y en la cocina de uno de esos sitios llegamos a encontrar cucarachas y ratas», afirma una Amada decepcionada; le resulta humillante que lleguen a ofrecerle unos servicios públicos como sede de Los Años Dorados.

Además, cualquier tipo de reparación y reforma que se precisase en ellos correría a cargo de la organización, que ahora mismo no goza de incentivos. «Yo estoy trabajando ahora de voluntaria, no tengo sueldo», señala Amada y añade: «Éste es un trabajo muy vocacional. A mis 70 años debería estar en casa relajada pero quiero trabajar, aunque ahora no reciba paga alguna».

Ante esta situación desesperada, Silva, junto con un grupo de personas, salieron a la calle para demostrar su queja y descontento con la situación que les está tocando vivir. Se plantaron justo enfrente del edificio de los servicios sociales de Lambeth y despertaron el interés de algún medio de comunicación y la incomodidad en los trabajadores de Lambeth Social Services.

Y en medio de todo este caos Amada recoge y empaca las cosas del centro, con una serenidad digna de mención. Aún le queda un poco de esperanza en sus cansados ojos, en una oficina ofrecida por Hyde Housing Association. «Esta asociación tiene tres centros comunitarios y en uno de ellos nos ofrecen una oficina. Pretenden que vayamos rotando en estos tres clubes pero para eso necesitamos materiales y es complicado. Aún así, es lo que tenemos y a lo que nos vamos a agarrar».

Pocos días quedan para el desalojo completo y posterior demolición del que antes fue un club de reunión de personas mayores procedentes de Latinoamérica. Silva sigue guiando el barco que cada vez está más hundido, y como buen capitán será la última que lo abandone. Comprometida con su trabajo y con la gente que acude al centro desde todas las partes de la capital británica, seguirá al frente de Los Años Dorados, sin importar cuál sea la ubicación del centro. «Éste es un trabajo de conservación de la cultura de los mayores, y es aquí precisamente donde se celebra esta cultura lationamericana y portuguesa», señala una firme Amada, mientras que las paredes del centro de día para los más mayores esperan temblando su triste final.

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