Los cazas británicos que se convirtieron en pubs aéreos en la II Guerra Mundial

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En uno de los especiales de Halloween de la mítica serie de los Simpsons y en los que se parodiaba a la película El Resplandor basada en el libro de Stephen King, un desquiciado Homer, ante la perspectiva de pasar un invierno encerrado con su familia, llega a la conclusión que “sin tele y sin cerveza, Homer pierde la cabeza”. Porque si es complicado sobrellevar determinadas situaciones sin ciertos entretenimientos, mucho más lo es si se está alejado de casa, sufriendo todo tipo de penalidades y con la duda de si el día en el que estás será el último de tu vida, tal y como les ocurría a los soldados británicos desplegados tras el desembarco de Normandía en la Segunda Guerra Mundial.

 El 6 de junio de 1944 tiene lugar el día D, el desembarco de las tropas aliadas en territorio francés. Y una operación de tal volumen requiere movilizar no tan solo miles de soldados, municiones o personal médico, sino también suministros con los que alimentar a las cientos de miles de personas implicadas en tal operación. Por razones logísticas se debía dar prioridad a determinados productos, pero no cabe duda de la importancia de que las tropas en combate mantuvieran la moral alta. Y una de las formas de hacerlo era que pudieran degustar una pinta de cerveza tal y como lo harían en casa. Conocedoras de la situación, algunas cerveceras como la Henty & Constable Brewery se apresuraron en ofrecer centenares de barriles a los soldados británicos desplegados en el frente. El problema es que se consideraba dicho producto como un artículo de lujo, por lo que no podía transportarse a través de los canales oficiales. Aunque claro está, quedaban todavía disponibles los canales extraoficiales.

Para realizar el transporte se pensó en los cazas Supermarine Spitfire, unos aviones de fabricación británica que no podían llevar carga, pero que sí tenían bajo las alas espacio para enganchar unos tanques con los que transportar combustible adicional. El sistema era tan fácil como asegurarse que el depósito de queroseno del avión estaba completo, para poder permitirse usar los bidones de las alas para portear la cerveza. Así que cuando comenzó el trasiego de ésta, los soldados del Reino Unido, con cierta sorna, comenzaran a llamar a esos aviones flying pubs.

Los oficiales miraban para otro lado

Tantos los oficiales involucrados en operaciones logísticas, como los altos cargos militares y el mismo Churchill estuvieron al tanto de cómo se transportaba la cerveza en estos vuelos. Y dado que era eficaz para contentar a la tropa, todo el mundo estuvo haciendo la vista gorda durante meses. Hasta que llegó la Britain’s Custom and Excise Ministry, el equivalente esos días al HM Revenue & Customs actual, que quiso anular o al menos tasar ese trasiego de bebidas espirituosas que estaba eludiendo al fisco. Afortunadamente para las tropas desplegadas, para cuando estos funcionarios se pusieron en marcha, las cadenas de suministro habían mejorado notablemente y el consumo de cerveza y otras bebidas alcohólicas era mucho más asequible, de forma que se podía conseguir el mismo por canales tradicionales sin esperar, literalmente, a que les cayera del cielo.

Con el tiempo el sistema se logró incluso perfeccionar. El uso de estos depósitos daba a la cerveza un sabor metálico desagradable, algo que se pudo evitar substituyendo estos por los mismos barriles de birra, que podían transportarse mediante otro modelo de enganches que se incorporaron bajo las alas. Y esta forma de contrabando tuvo tanto éxito que incluso fue copiada con más o menos éxito por las tropas americanas, que comenzaron una operación similar para hacerse con toneladas de helado.

Sobre el autor

Economista y abogado de formación y profesión, y curioso por vocación. Un libro pegado a un hombre, llegó a Londres por ver qué hay detrás. Analítico, pero sencillo y (demasiado) despreocupado, jamás dirá que no a un café. Lleva más de un año tecleando para EL IBÉRICO, y lo que aún le queda.

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