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Los clubes privados ingleses, más que un punto de encuentro

Surgieron a finales del siglo XVII como un lugar seguro en el que los hombres de clase social muy elevada acudían a jugar y a apostar dinero
Sin mujeres, sin niños, sin preocupaciones y como lugar donde pudieran sociabilizarse los aristócratas. Ése era el propósito fundamental con el que nacían los clubes privados en Gran Bretaña a finales del siglo XVII. Sin embargo, con el paso de los años han evolucionado hasta romper algunos de sus principios básicos y, hoy en día, muchos de ellos admiten a mujeres como miembros y han abierto el hermetizado rango social que se requería para formar parte de su lista de socios.
Londres, como capital, albergó, y alberga actualmente, muchos de esos prestigiosos centros de reunión, algunos de los cuales se mantienen en funcionamiento desde hace siglos. Pero, ¿son un negocio o una tradición? ¿Qué son exactamente? Es difícil encontrar parangón de este tipo de clubes a lo largo de la historia en otros países, salvo en aquellos en los que Reino Unido tuvo en el pasado cierta influencia colonial, como es el caso de Estados Unidos o La India. Quizás esto sea el motivo por el que para muchos suponen un completo enigma.

Preguntamos a Colin Gordon, periodista y miembro del The Chelsea Arts Club, en Londres, y nos asegura que son «sin ninguna duda, una tradición muy arraigada en el país». Nacieron como lugares fundamentalmente para señores aristocráticos, aunque al mismo tiempo Gordon nos comenta que actualmente «hay incluso unos 300 clubes en Reino Unido sólo de trabajadores (¿obreros?)», lo que nos aporta cierta idea de su evolución y los cambios que han sufrido con el paso de los años.

Inicialmente surgieron, en concreto, como un lugar seguro en el que los hombres de clase social muy elevada acudían a jugar apostando dinero, pero poco a poco fueron convirtiéndose en centros de debate político y social, en un punto de encuentro entre los señores de la época con ciertos intereses comunes. Al mismo tiempo, estos clubes aumentaban sus servicios y proporcionaban a sus socios bebidas y productos de calidad.

No sería hasta el siglo XIX cuando comenzaran a popularizarse y a adquirir una forma más parecida a la que ostentan hoy en día. Los derechos humanos se ampliaban, como el sufragio masculino que se hacía realidad, y la clase alta crecía, lo que impulsó que el número de clubes se multiplicara a finales de siglo. Algunos de ellos comenzaron a admitir a hombres que no tenían lazos sanguíneos aristocráticos, sino que habían logrado situarse en un rango social elevado por méritos propios, algo que a comienzos del siglo XVIII hubiese sido impensable.

Además, no sólo aumentaron en número, sino que también comenzaron a surgir clubes con un interés común concreto entre sus socios, como deportes, arte, una determinada tendencia política… Muchos de ellos permanecen hoy en día y mantienen como requisito fundamental, por encima de otros, formar parte del colectivo por y para el que nació el club. Así, como anécdota, Gordon nos comenta que al príncipe Andrés, «hijo de Isabel II y número cuatro en la línea de sucesión al trono británico, no fue aceptado [en el The Chelsea Arts Club] por no ser artista. Hay socios tan ilustres en el club como Robert de Niro, Eric Clapton o John Simpson».

En general, uno de los principales requisitos para ser miembro de estos exclusivos clubes es ser recomendado por otro socio del club que se trate. Una vez que se cuenta con esa referencia, normalmente el club evalúa si esa persona encaja dentro del perfil de los socios. Aceptada ya como miembro (en algunos hay diferentes tipos), ha de abonarse la correspondiente cuota por un periodo establecido.

Sinergia entre socios

«Nuestros miembros establecen una red de trabajo tanto en el ámbito de los negocios como en el social. Generan una sinergia con el resto de miembros del club. Esto puede percibirse claramente en el bar y en las reuniones de comidas», señala Melanie Miotti, directora manager del London Capital Club, en la City.

Conforme los clubes aumentaban su presencia a lo largo de los siglos XIX y XX, y también su poder, fueron configurándose como algo más que un lugar de encuentro. «El papel del club es mucho más, es una oficina fuera de la oficina, una casa fuera de casa», asegura Miotti.

En la actualidad estos centros han perdido parte de su influencia social, e incluso política, pero mantienen el prestigio con el que nacieron allá por el siglo XVII, a pesar de que gran parte de ellos han roto su principio de no admitir a mujeres, y se han internacionalizado. Se configuran como el caldo en el que emergen las grandes negociaciones y en ellos se llevan a cabo actividades sociales o relacionadas con el interés común que une a sus socios. En ambos casos, la privacidad dentro él es fundamental. «Lo que se habla en el club se queda en el club. Todos los clubs privados tienen una política de privacidad», asegura la directora manager del London Capital Club.

Miotti además es consciente de que muchas reuniones de negocios y «multimillonarios acuerdos se concretan en el bar del club. […] A la gente le gusta el club porque es privado. No tienen miedo a hablar. Esto es otro ambiente. Pueden dudar si hablar o no de personas o tratos multimillonarios en la recepción de un hotel, pero aquí es diferente». Y añade: «Somos un negocio orientado al club, no un club social».

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