Magia, embrujo y fascinación en Marrakech

Palacios de sultanes, zocos kilométricos, buena gastronomía y, sobre todo, amabilidad. Es lo que te espera en la ‘ciudad roja’ de Marruecos

Si buscas un viaje que deje huella, que te sorprenda a cada instante, y no dispones de muchos días ni abundante dinero, el destino es Marrakech. Dos horas y media de vuelo bastan para adentrarse en un mundo totalmente diferente para nosotros los europeos. Desde Londres, Ryanair (Standsted y Luton) e Easyjet (Standsted y Gatwick) ofrecen conexiones directas hasta la «ciudad roja», uno de los sobrenombres que recibe por el color de sus edificios.

Para trasladarte desde el aeropuerto, lo mejor es reservar un transfer con el alojamiento, puesto que cuando llegas resulta difícil orientarse y uno se puede perder intentando localizar su hotel en las kilométricas callejuelas de nombres impronunciables.

Puedes comenzar la visita en el Palais Badi, al sur de la famosa plaza Jemaa El Fna, tomando la rue Riad Zitoun El Kedim y poniendo a prueba tu paciencia con los mercaderes que, aunque amables, en ocasiones llegan a cansar. Este palacio, o lo que queda de él, fue edificado a finales del siglo XVI por el sultán Saadi Ahmed al-Mansur. Por 20 dirhams (la moneda local) puedes ver también el púlpito tallado en madera de cedro de la Koutoubia, la mezquita más importante de Marrakech, del siglo XII. Su elevada torre –que sirvió de inspiración para la Giralda de Sevilla- te sirve para orientarte durante la visita por la ciudad, ya que está en el centro, junto a Jemaa El Fna. Confórmate con verla por fuera, porque la entrada está prohibida a los no musulmanes, al igual que en todas las mezquitas.

MADRAZA BEN YOUSSEF. Un gran patio destaca en la antigua escuela del Corán.

A escasos metros están las tumbas saadíes (10 dirhams). Otra cosa será que las encuentres a la primera… Y es que, aunque tienen más de cuatrocientos años, fueron descubiertas en 1917. Están en un jardín cerrado al que se accede por un pequeño pasillo. Constan de más de cien tumbas decoradas con mosaicos, con los cuerpos de los sirvientes y guerreros de la dinastía saadí. En el mausoleo principal está enterrado el sultán Ahmad al-Mansur y su familia. Una visita muy recomendable por la imponente decoración islámica del conjunto.

Más al norte, sin salir de la Medina, no puedes perderte la Madraza de Ben Youssef, que se visita junto con el Museo de Marrakech (60 dirhams). Se trata de una escuela musulmana de estudios superiores –desde hace años en desuso- que llegó a dar cabida a 900 estudiantes en sus 130 celdas, que se articulan en torno a un patio de gran belleza.

Para continuar el día, nada mejor que hacer una primera inmersión y perderse por los zocos, para llegar a Jemaa El Fna y disfrutar del atardecer en terrazas como la del Café Glacier. Muy recomendable hacerlo degustando un té de menta. Desde lo alto puedes contemplar el ir y venir de gente por una plaza que es Patrimonio de la Humanidad. Ese trasiego en sí es todo un espectáculo. Si le añades los encantadores de serpientes y domadores de monos, hacen de este un lugar peculiar. Por la noche, un centenar de puestos ambulantes abarrotan parte de la plaza para vender todo tipo de comidas, sobre todo carnes a la brasa. Ofrecen precios idénticos y siempre hay un alguien que, en un correctísimo español, te intenta camelar para que cenes en el suyo. Echar antes una ojeada puede resultar misión imposible. Una «turistada» totalmente prescindible, porque en cualquier restaurante de la plaza puedes cenar mucho mejor y casi por el mismo dinero. Aunque al menos una noche tienes que vivir la experiencia…

El segundo día puedes iniciarlo en el Palais Bahia. Según donde te alojes, es mejor que cojas un petit taxi. Negociando -el verbo que más se practica en Marrakech- puedes hacer el trayecto por 20 o 30 dirhams. Fue construido a finales del siglo XIX con el objetivo de ser el palacio más impresionante de todos los tiempos. Y ciertamente lo consiguieron. Destaca por sus techos artesonados. La parte más interesante es el harén de las cuatro esposas y veinticuatro concubinas de Abu Bou Ahmed, un esclavo negro que llegó a ser visir.

Extramuros de la Mediana están los Jardines Majorelle, una especie de oasis en la parte nueva de la ciudad. Merece la pena pagar los 50 dirhams de la entrada. Cuentan con especies de los cinco continentes.

Alojarse en un riad

El alojamiento en Marrakech es asequible para los europeos. Si quieres sentir el palpitar de la Medina, lo mejor es hospedarte en un riad, en árabe «casa con huerto o jardín». Si quieres ir a lo seguro, te recomiendo el Riad La Belle Epoque (www.riadbelleepoque.com). Sus propietarios son españoles, aunque es una familia marroquí la que se encarga de gestionar el día a día del hotel. Llama la atención porque sus siete habitaciones están dedicadas y llevan el nombre de Karen Blixen, La Bella Otero, Isadora Duncan, Mata Hari, Coco Chanel, Anita Delgado (Maharaní de Kapurthala) y Josephine Baker. Hospedarse en este lugar es ya de por sí una experiencia más del viaje.

ESSAOUIRA. La pesca es la principal actividad de esta ciudad fortificada bañada por el Atlántico.

Y si tienes tiempo, un último consejo: vete de excursión a Essaouira, ciudad fortificada que baña las aguas del Atlántico. Es fácil y cómodo llegar desde Marrakech, con autobuses Supratour o CTM, por 70 dirhams. Comerás buen pescado y marisco fresco por poco dinero, además de otras especialidades de la excelente gastronomía marroquí.

Lo cierto es que Marruecos es un país próximo en la distancia, pero lejano en el tiempo, con diferencias religiosas, culturales, de costumbres y de actividad frente a la vida que resultan abismales si las comparas con las nuestras. En palabras de un gran viajero y mejor amigo, Roberto Laborda, «es quizás en esas diferencias donde radica la magia, el embrujo y la fascinación que provoca Marruecos al visitante europeo». Y Marrakech es el lugar perfecto para descubrirlo.

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