Mil voces en una sola

El artista Dairo Vargas expone su obra más reciente junto a las creaciones de los estudiantes de la escuela Barnardo´s

 Transformar los sentimientos en pinceladas, y en definitiva en arte. Palabras impronunciables o emociones inefables que se plasman en un lienzo. Es lo que el artista Dairo Vargas consigue tras su compromiso altruista y que combinó durante la creación de sus últimos trabajos. Las obras de Vargas comparten escenario con los niños de la escuela de la fundación Barnardo´s quienes han crecido con problemas sociales como la pobreza, exclusión o malos tratos.

Creaciones realizadas por los estudiantes de la escuela Barnardo´s

Vargas involucró a los niños en su nueva colección de retratos, quienes a día de hoy exponen junto al pintor en la galería Reading Room de Londres. Nacido en Colombia y residente en la ciudad británica desde hace seis años, asegura que «decidimos exponer los trabajos de los niños para darle sentido a la historia» y a esta exposición llamada A Thousand Words.

 

Junto a sus obras, una colección de retratos inspirados en casos reales, se exponen 17 creaciones de los estudiantes del colegio Barnardo´s de Londres, con quienes trabajó durante un par de sesiones para «intentar comprender mejor lo que les pasa a estos niños que han sido abusados, maltratados, han crecido con problemas familiares…», explica Vargas.

Conoció la labor de la fundación Barnardo´s el año pasado en un evento benéfico donde donó una de sus obras para ser subastadas y tras «escuchar las palabras de una estudiante del colegio quién relató un maltrato inimaginable, decidí que quería hacer algo por Barnardo´s», asegura Dairo. Por ello, cada cuadro irá destinado a un proyecto diferente puesto en marcha por la fundación.

El arte como una vía para superar las dificultades y como un canal de expresión, incluso el objetivo en el

Girl, 10.

fututo. Es lo que los estudiantes de este centro han encontrado con Dairo quién compatibilizó de forma inmediata con ellos cuando les mostró algunos de sus dibujos y esculturas, así como creaciones de artistas como Picasso o Kandinsky.

Vargas explica que «con naturalidad y fluidez empezamos a hablar y escribir acerca de emociones, de felicidad, de nostalgia, de tristeza…y poco a poco los niños empezaban a dibujar dejándose llevar por lo que ellos sentían», admite. Los sentimientos también se expresan con el color por lo que «tratamos sobre ellos e hicimos entre todos una mezcla de colores con los que pinté un retrato para demostrarles que el color como el dibujo no tiene por que ser perfecto», asegura.

Espejos

Como una inspiración, «que me hace sacar fuera y me hace dibujar todas las cosas e ideas que tengo en la cabeza» con algunas de las declaraciones de sus alumnos que aseguran que «él cogió mis ideas y las hizo dibujar en un papel».

Uno busca más la estética que otro, el uso del color o los trazos irregulares, diferencias que no dejan del lado el interés. La personalidad de cada autor como la influencia del profesor está marcada en el maquinista o pasajero que se ve por la ventana de un tren que se dibuja a trazos irregulares, o un retrato de alguien que parece dar alaridos, por sus ojos y boca, grandes, redondos y desiguales.

Retratos curiosos, reflejo de la motivación encontrada en Dairo «para que pinten de acuerdo con lo que ellos tienen dentro y no por lo que ellos ven o quieren que vean los demás, ya que la idea del arte, como les dije a ellos, es expresar emociones, lo que uno siente».

Aunque la opción «era hacer un dibujo libre del tema que los niños quisieran, finalmente acordamos con los profesores hacer retratos siguiendo mi línea de creación», dice Dairo quien rememora sobre las

One Love.

transformaciones de uno de los dibujos expuestos. Realizado por una niña, Vargas recuerda que «quería dejarlo súper perfecto y le molestaba que se quedaran marcadas las líneas del pincel al perfilar su cara, ella quería que todos los colores estuvieran muy planos, todo perfecto».

Uno solo

Empatizar con ellos, llegar a una máxima comprensión de lo que les sucede e invitar a otros a considerar el punto de vista de los niños que viven estas experiencias, es uno de los objetivos de las 18 pinturas y 3 esculturas que Dairo exhibe en la galería Reading Room. En su colección de retratos plasma los primeros años de su niñez, memorias que se mezclan con la ansiedad de las experiencias que conoce de primera mano.

Siempre involucrado en acciones de caridad explica que «en Colombia íbamos a llevar comida a la gente y durante esas experiencias visité lugares sorprendentemente pobres que nunca imaginaban que existiera ya que a veces no la ves por que estas en buenos lugares». Fruto de esos recuerdos nació la obra Blue Angel, «el primer de mis angelitos, que me gusta especialmente ya que el color me recuerda a mi niñez y donde muestro la inocencia con unas alitas bien marcadas», explica el pintor.

La mirada a veces es el espejo del alma. Por ello la expresión central de sus creaciones «está en los ojos mas que en los movimientos como tal», indica el autor. Esto sucede en Girl 10, obra donde se transmite, que al fin y al cabo «todo se vuelve numeroso, girando alrededor del mundo y sucediendo a muchas personas». Es en esta obra donde se podría decir que el pintor extrapola la pobreza y las injusticias sociales que viven los niños en cualquier parte del mundo.

Wannabe, es «la niña pequeña que es todavía muy ángel, pero que le toca una vida muy dura y quiere ser grande para enfrentarse a lo que le viene», de ahí que la pinte con unos labios rojos y una mirada que mezcla ingenuidad y predisposición.

En todos sus retratos Dairo encuentra una historia como en Angelica que hace alusión a «una niña que conocí en Colombia que sufrió muchas tragedias y que ante su situación sentía impotencia al estar presente y no poder hacer nada». En este retrato, marcado por las singularidad abstracta del artista, la boca se representa con pinceladas marcadas que reflejan «la incapacidad de los niños de contar lo que les pasa».

El colorido hace acto de presencia para dar paso al mágico periodo de la niñez, como en A Message, Dreams o One Love donde una niña abraza a un oso de peluche, «como un amor incondicional que encuentras en tu juguete preferido y con el que no puedes dormir sin él por las noches», explica Dairo.

Para mostrar aquello que una vez de mayores nos parece irreal el artista escoge sus esculturas que denomina Between dream and reality con las que «expreso la transición de niño a adulto». Un caballito y una silla, que realizadas en madera parecen estar dibujadas e incluso estar modeladas en papel, las cuales hay que tocarlas para darse cuanta de su dimensión real.

Pequeño pero poderoso, es un diminuto busto que se sitúa en una de las esquinas de la sala. Un busto sin cara, pero que es como el ojo que todo lo ve, aquello que está ahí y que pasa desapercibido y te observa, o lo que el espectador puede ignorar siendo algo a pesar de ser realmente importante. No por pequeño o pasar inadvertido tiene menos relevancia.

Cada retrato es el reflejo de una infancia, vivida desde la injusticia, el maltrato, los abusos o la exclusión. Periodos de niñez a los que Dairo da voz a través de la forma y el color.

A THOUSAND WORDS
Hasta el 9 de diciembre
Lunes a Viernes de 9.00h a 6.00h
Reading Room Gallery
65-66 Frith Street, Soho
Londres W1D 3JR

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