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Tocan ante cientos de personas cada día pero su público es muy efímero, así como también lo son los escasos aplausos que reciben o alguna que otra mirada de aprobación. Son músicos con talento pero no actúan en grandes locales con teloneros de fondo, su escenario se sitúa en algún espacio improvisado en la calle o en una esquina de metro. Steve Emson lleva tocando en el metro siete años, a veces desenfunda su guitarra los días de diario y en otras ocasiones prefiere hacerlo los fines de semana; no tiene otro trabajo pero asegura que prefiere éste debido a la flexibilidad y a la libertad de horarios. «Picadilly Circus es una zona ideal para tocar. Concentras la atención en las escaleras mecánicas y pasa muchísima gente a lo largo de un día. No es que haya público especialmente generoso, es que hay mucho público».

Con versiones de los Beatles, Bob Dylan o Simon y Garfunkel, entre otros; Emson se recorre cerca de quince estaciones diferentes, donde comparte su talento con los viajeros que se dirigen a los trenes. Al contrario de lo que mucha gente cree, para actuar en el metro de Londres se necesita algo más que un instrumento musical, las audiciones no tienen nada que envidiar a las que realizan en ciertos programas musicales y cada vez es más duro resultar escogido, así lo explica Emson: «Yo he tenido mucha suerte, porque ahora hay mucha gente que quiere tocar y cuando empecé no había tanta. Tienes que rellenar un formulario y a veces te llaman para pasar la audición».

Sin licencia y de una manera más clandestina, D.F. conquista a los turistas que pasean por la zona del London Eye con el sonido de las cuerdas de su chelo. Este joven, de apenas 22 años y estudiante de música de la Guildhall School of music and drama, sorprende a los transeúntes con un estilo cuidado y detallista que produce una gran resonancia entre las cavidades del pequeño túnel que acostumbra a acogerle.

En su caso, el músico admite que con el dinero que recoge puede pagarse el alquiler aunque depende mucho del día: «En un día bueno puedo llegar a ganar hasta 150 libras pero los primeros meses del año son difíciles. Hoy llevo ya tres horas y sólo he recaudado 40 libras».

Con un imponente chelo, el joven afirma que lleva estudiando música ocho años de los cuales tres, ha estado compaginando estos estudios con la práctica en la calle. Durante ese tiempo ha vivido algunos momentos complicados y anécdotas curiosas: «Un día estaba tocando con un compañero violinista y un hombre llegó y nos dejó todas sus pertenencias. Vimos que se dirigía al puente para tirarse y mi compañero fue corriendo hacia él y le preguntó la razón de su decisión; el hombre no recordaba nada…»

A pesar de algún que otro momento tenso, D.F. asegura que no es peligroso tocar en la calle y que a pesar de sufrir el frío y la humedad está contento, ya que al menos gana algo de dinero haciendo lo que realmente le gusta.

En Covent Garden sí que se necesita licencia y los aspirantes a actuar en esta plaza lo tienen cada vez más difícil ya que, al igual que ocurre con el metro, la demanda de estos crece desorbitadamente en comparación con la oferta.

Phil Edmonds es un afamado guitarrista que actuaba en un musical sobre John Lennon en el teatro donde ahora se representa «Priscilla, the queen of the desert». Desde el año 1997 lleva compartiendo su música con los viandantes que dejan sus pisadas grabadas en esta famosa plaza del centro londinense, aunque diferentes restaurantes y bares británicos son también testigos del sonido de las cuerdas de su guitarra.

En estos más de 10 años de trabajo, Edmonds recuerda grandes anécdotas con cariño, especialmente una de ellas: «Llegué a tocar en una esquina de la plaza con una de los miembros de la banda Sister Sledge; estuvimos tocando juntos durante una hora».

Tres son los ejemplos de los cientos de músicos y aspirantes a ello que quieren abrirse hueco en este complicado mundo del espectáculo. En el metro, en Covent Garden o en cualquier rincón de la ciudad te puedes encontrar a estos artistas, que adornan Londres con sus acordes y agradecen los peniques lanzados por los transeúntes a la funda de sus instrumentos.

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