Ni hipocondrías ni manías

Puede que la diferencia más notable entre los escolares ingleses y los españoles sea que los primeros adoran sus centros de estudios y a sus docentes, a los que ven más como amigos que como tutores, y los segundos se levantan cada mañana rezando porque de repente una nevada intempestiva durante la noche haya chafado cualquier opción de ir a clase ese día, ya viva el niño en Écija y estén en el último mes del curso y si eso no pasase, al menos que sus plegarías por contraer el sarampión hayan sido escuchadas. El motivo de tal dicotomía está en los sistemas de estudios antagónicos que cada país sigue.

Recientemente se ha conocido a través de EFE que los colegios Jesuitas de Cataluña han comenzado a implantar un nuevo modelo de enseñanza que ha eliminado asignaturas, exámenes y horarios y ha transformado las aulas en espacios de trabajo donde los niños adquieren los conocimientos haciendo proyectos conjuntos. Sin pupitres ni tediosas charlas del maestro hablando sobre esdrújulas y anacolutos que van a parar en los deberes para casa, ese latigazo a la digestión en el aburrido silencio de la siesta.

El nuevo sistema ha tirado los tabiques que dividían a los alumnos de treintena en treintena y a los profesores uno a uno, para convertir las aulas en espacios abiertos de trabajo, amueblados con sofás y mesas amplias con grupos de sesenta alumnos y con tres profesores por cada clase. Los estudiantes además elijen su momento de descanso, aprendiendo así a gestionar su propio tiempo, en lugar de iniciarse en la telequinesis de hacer que las agujas del reloj lleguen antes a la hora del recreo. Y es que tal y como ha explicado el director general de la Fundación Jesuitas Educación (FJE) de Cataluña, Xavier Aragay, «con el actual modelo de enseñanza tradicional, los alumnos se están aburriendo y están desconectando del sistema, sobre todo a partir de sexto de primaria».

Para llevar a cabo la evaluación del curso, que me da que más de uno en el claustro español dejaría creer en la humanidad si los privasen de la capacidad de cuantificación, se lleva a cabo mediante un algoritmo que deduce cuánto de cada asignatura, las de toda la vida, ha sido aplicado en el proyecto. Además los alumnos tienen acceso a las unidades didácticas. Y, por favor, el que no se acuerde de como se hace una puñetera matriz que no me venga con milongas sobre la importancia de seguir el programa de las asignaturas.

Este sistema que en España se puede tildar de revolucionario es el que siguen con normalidad los ingleses desde que, para ellos, el colegio es colegio. El resultado son alumnos interesados en aprender, que se levantan con ganas de ir a clase, que añoran a sus compañeros durante las vacaciones y que ven en sus profesores seres amigables, cariñosos y empáticos que buscan fomentar las cualidades y aptitudes de cada caso y no se encierran en la cabezonería institucional de que tienes que saltar el potro si quieres que aprobemos tu educación física, o que demuestres buenas dotes literarias porque el programa de la asignatura se empeña en que escribas una redacción de tres páginas con motivo de alguna efeméride si quieres aprobar lengua. Y todo para acabar, a lo mejor, en la Universidad de Matemáticas.

El debate sobre si los programas y el sistema de enseñanza en las aulas españolas necesita un cambio no es nuevo, y en ese sentido ya hemos torpeado bastante con la E.S.O. y hasta con el Bachillerato. El sistema de aprendizaje que el Ministerio de Educación español impone es un dogma de nueve meses que mata la creatividad del alumno y sustituye ideas por un montón de datos que en su mayoría no van a dar a ninguna utilización práctica, por no hablar de si resulta oportuno o no meter según que tipo de cultura a la fuerza. ¿La casa de Bernarda Alba lectura obligatoria a los catorce años? ¿En serio?

El resultado de este empeño en desatender el oficio de la educación trasciende lo meramente relacionado con el aprendizaje y llega a repercutir en el propio claustro y alumnado. Los primeros se malogran al perder de vista el fin de su profesión y pasan de ser transmisores del conocimiento a ser figuras de autoridad (unos más que otros, todos lo sabemos), apoyados en psicólogos y catas de antidepresivos. Porque los segundos llevan años madrugando para ir a escuchar una serie de sermones que no les interesan un carajo. Más que colegios tenemos campos de batalla intelectuales en los que las mentes de los unos pretenden derribar los muros de las de los otros.

Sin embargo, el modelo inglés, que guarda muchísimas semejanzas con el proyecto Jesuita llamado «Horizonte 2020» (el título suena a religión moderna como él solo, lo sé), consigue alumnos motivados que encuentran en sus clases una actividad que roza el ocio mientras aprenden, un entorno que estimula los intereses que cada uno demuestra, esto es, se les ayuda a seguir el camino de aquello en lo que serán mejores profesionales.

Cómo dice Aragay, en los seis meses de experiencia han encontrado casos de alumnos que «antes se inventaban que tenían fiebre para no acudir a clase y ahora quieren venir aunque tengan fiebre«. Quién no ha sufrido un ataque repentino de hipocondría un lunes a las ocho de la mañana, así están las salas de urgencias, ¡si estamos interiorizando la gripe psicológica desde primaria! ¿Y cuántos no han achacado un suspenso a la imparcialidad del docente que os tenía manía? (en mi caso puedo hacer saquitos de tres o cuatro por cada curso).

Igualito que los niños ingleses, miren ustedes que Londres tiene peor clima que gastronomía y los profesores como toda la población del Reino Unido no rebosan vitamina D precisamente, y aun así no veréis a un solo escolar inventarse una gripe para no ir al colegio contraída por la manía que le tiene su profesor.

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