Portada | Cultura y Ocio | Arte | ‘Pangaea’: Identidad latinoamericana y africana en Saatchi Gallery

‘Pangaea’: Identidad latinoamericana y africana en Saatchi Gallery

Bajo el título Pangaea: New Art from Africa and Latin America, Saatchi Gallery presenta, hasta el 31 de agosto, una sugerente selección de artistas latinoamericanos y africanos. Pangaea -término con el que se denomina a la gran masa de tierra que reunía a todos los continentes hace millones de años- no solo intenta asociar dos culturas aparentemente lejanas, sino también responder a las expectativas de «otredad» que el continente europeo aún parece esperar encontrar en el resto del mundo.

Las obras seleccionadas para esta exposición reflexionan, en mayor o menor medida, sobre la identidad. Ellas exhiben y ponen a disposición del visitante elementos e imaginarios locales producidos en lugares poco visibles artísticamente, como son África o América Latina. En este sentido, tanto las obras de los artistas latinos Oscar Murillo y Jose Carlos Martinat, así como las obras de los artistas africanos Agbodjélou o Mário Macilau, dejan entrever las realidades socioculturales de ambos continentes. En el caso de Murillo, por medio del ensamblaje de telas y restos de objetos cotidianos pertenecientes a los recuerdos y a la experiencias de aquellas dos grandes culturas en las que transita, la latina y la británica. En el caso de Martinat, exhibiendo y componiendo con superficies y huellas propias del espacio y de la experiencia urbana latinoamericana, como los grafitis callejeros. Por su parte, los artistas africanos Agbodjélou y Mário Macilau hacen eco de sus propias realidades por medio de registros de carácter documental en los que retratan los cambios sociales y culturales de los habitantes de África frente a los procesos de colonización, reivindicando las costumbres originarias, en el caso de Agbodjélou, o denunciando las injusticias sociales de su país de origen, en el caso de Macilau.

Un enfoque distinto es el que rodea las obras de artistas como José Lerma, Boris Nzeba o Vincent Michea. Se trata de obras quizá menos «densas» en cuanto a que utilizan imaginarios menos reconocibles a primera vista o, por el contrario, imaginarios provenientes directamente del mundo de la publicidad – como es el caso de Michea, que utiliza como referentes imágenes de la cultura popular de África Occidental – y donde los aspectos formales como la gestualidad, el color o la técnica pictórica, tienden a destacar por encima de las mismas temáticas que las obras pueden proponer. Y es que en general, un buen porcentaje de las obras seleccionas por Saatchi Gallery tiende a sustentarse en soportes y materiales tradicionales como la pintura, la tela o las impresiones fotográficas, es decir, sobre soportes y materiales que si bien siguen siendo habitualmente utilizados por los artistas contemporáneos, no proponen necesariamente una reflexión desde la materialidad misma.

Sin embargo, habría que destacar dos interesantes instalaciones, que no solo dan cuenta de una diferencia u «otredad» a través de los imaginarios que ponen en presencia, sino que al mismo tiempo invitan a reflexionar desde las materialidades en las que se soportan y constituyen. Se trata de la instalación del artista colombiano Rafael Gómezbarros y su obra Casa tomada (2013), y la instalación del artista ghanés Ibrahim Mahama y su obra sin título instalada en la sala 10 de la galería.

La instalación de Gómezbarros, ubicada en la primera sala, impresiona de inmediato, no solo por ser la primera obra con la que el público se enfrenta, sino por la inversión de escala y significados que en este caso adquieren las cientos de hormigas hechas de resina, ramas, cuerdas y gasa de algodón que invaden la sala. Hormigas gigantes, heridas y precarias, que para Gómezbarros representan los cientos de «fantasmas» que transitan por diversas ciudades y culturas sin lograr pertenecer a ellas. Las hormigas, símbolo del trabajo en comunidad, representarían aquí a los miles de inmigrantes colombianos que, debido a desplazamientos forzados y a los conflictos armados de las últimas décadas, no solo han cambiado sus lugares de origen, sino que también han visto amenazadas sus vidas. El título de la obra, Casa tomada (2013) coge prestado su nombre de uno de los cuentos del escritor argentino Julio Cortázar, sugiriendo, al igual que el texto, que la presencia de los fantasmas – en este caso, las víctimas desparecidas – nunca dejarán de estar presente mientras estos no sean enterrados, mientras el conflicto no cese.

Por su parte, la instalación de Mahama, está compuesta de cientos de sacos de yute – viejos, desgastados y cosidos entre sí – que cubren todos los muros de la sala que la contiene. Se trata de los sacos de cacao – importados por la empresa Ghana Cocoa Board-, que los vendedores de carbón reutilizan en Ghana, y que Mahama exhibe como un gran drapeado que deja ver todas las huellas del proceso por el cual ha pasado. Una suerte de alegoría al mercado africano y sus derivas, en el que contrastan las perfectas tipografías impresas que dan cuenta del origen de los sacos, frente a las marcas irregulares y escritas a mano de los diversos lugares por los que estos sacos han transitado. Un gran trapo desgastado que lo envuelve todo y que deja en evidencia las huellas de un proceso difícil, fragmentado y confuso: las huellas de un proceso económico.

Las instalaciones de Gómezbarros y Mahama se constituyen entonces como propuestas, no solo cargadas de sentido e historia, sino también como obras que exploran y nos invitan a reflexionar, por medio de sus soportes y materialidades, respecto de identidades diversas.

Relacionado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio