Plymouth, la Pompeya del Reino Unido

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Cuando se habla de una ciudad sepultada bajo la lava, casi todo el mundo pensará automáticamente en la ciudad de Pompeya, que allá por el año 79 d.C. fue destruida por el Vesubio. Bastante menos conocida y sobre todo mucho más reciente en el tiempo es el caso de Plymouth, una urbe que de iure sigue siendo capital de Montserrat pese a que desde hace más de dos décadas nadie vive allí y entre cuyo paisaje, que alberga una mezcla de cenizas y flujos piroclásticos, sobresalen aleatoriamente algunas construcciones.

Montserrat es un territorio británico de ultramar situado en el mar Caribe, cercano a Puerto Rico. En sus poco más de 100 kilómetros cuadrados alberga a día de hoy a aproximadamente 5.000 habitantes, y la mayor parte de su población trabaja en la agricultura, la pesca o el turismo. Quizás lo más llamativo de esa isla es que en su reducida superficie hay tres volcanes, algo que, para mal, dejó recientemente una marca imborrable en su historia.

Comienza el desastre en Plymouth

En 1995 Montserrat albergaba a casi 15.000 habitantes. Poco más de un tercio de los mismos residían en Plymouth, donde también estaban la mayoría de negocios de la isla, así como su aeropuerto y muelle comercial. La vida transcurría con tranquilidad hasta que, en el mes de julio, y sin actividad sísmica previa, entró en erupción el volcán Soufriere. En un principio fue la ceniza la que hizo acto de presencia, cubriendo no tan solo la ciudad sino todo el sur de la isla. La situación no hizo más que empeorar en las siguientes semanas, y en agosto un primer flujo de lava destruyó casi el 80% de la capital.

El principal núcleo de actividad económica había quedado seriamente dañado, y en un lugar tan pequeño la falta de vivienda se notó enseguida. La mayor parte de la población de la ciudad y otros asentamientos cercanos fueron trasladados al norte de la isla, hacia otros países o incluso al mismo Reino Unido. El gobierno fue trasladado al pueblo de Brades, y aunque desde el país británico se puso en marcha un paquete de ayudas económicas para impulsar la actividad de la isla y proceder a la limpieza de las cenizas, este fue insuficiente para la magnitud de la catástrofe que acababa de acontecer.

Aunque la situación era desastrosa, lo peor estaba aún por llegar. En 1997 se produjo una erupción mucho más violenta que las precedentes. En esta última explosión los cerros se derrumbaron parcialmente, generando nubes de cenizas que llegaron a una altura de 6.000 metros, afectando a las islas cercanas de Antigua y Guadalupe. Aquello que no había sido dañado por las erupciones previas fue definitivamente destruido por esta última, y en algunos puntos la lava llegó a dejar depósitos de hasta 12 metros de altura. Las pocas personas que aún permanecían en la capital fueron evacuadas de forma definitiva, y en ese traslado forzoso hubo que lamentar 19 víctimas mortales que perecieron bajo los flujos piroclásticos.

Montserrat hoy en día

 A pesar de que han transcurrido más de dos décadas desde la erupción del volcán la isla no ha podido recuperar su cotidianeidad, y es como si en la misma coexistieran dos mundos paralelos. Para hacerse una idea del impacto de dicha erupción basta mencionar que la superficie de la isla aumentó tras el desastre, ya que alrededor de la costa sur hubo zonas en las que la lava ganó terreno al mar, a pesar de que son zonas que no serán habitables en decenas de años.

En el norte de la isla, sorprendentemente verde, el turismo sigue llegando y la gente sigue dedicándose a la pesca y la agricultura, como si nada hubiera sucedido. En la isla existe una franja de acceso restringido de unos tres kilómetros de ancho y exclusiva para residentes, a la cual sólo se puede entrar durante las horas de sol y siempre que se porte mascarillas o cascos para protegerse de la caída de cascotes.

Pero el sur se ha convertido en una zona de exclusión donde no está permitido el acceso. Las cenizas y el lodo hacen que dicho terreno sea inhabitable, al menos hasta que no se haga una limpieza intensiva de la zona. Entre estas solo sobresalen en algunas zonas los edificios de más altura, y cuando sopla el viento el ambiente se hace irrespirable. No sólo Plymouth quedó destruido y sepultado, sino que otros 32 asentamientos cercanos fueron también reducidos a escombros. En esta zona de exclusión, que abarca casi dos terceras partes de la isla, el acceso está totalmente vetado por el gobierno. Solo se puede entrar para propósitos científicos, y siempre bajo su propio riesgo. Son pocos los elementos que dan a entender que algún día hubo presencia humana entre los restos de lava solidificada, y el ambiente, según aquellos que la han visitado, resulta totalmente desolador, con el clásico silencio aparejado a la ausencia de vida humana e incluso animal. Como si fuera una mezcla de Pompeya moderna y un yermo Chernóbil, Plymouth se ha convertido en una tumba cubierta de cenizas en el que la vida no volverá en décadas.

Sobre el autor

Economista y abogado de formación y profesión, y curioso por vocación. Un libro pegado a un hombre, llegó a Londres por ver qué hay detrás. Analítico, pero sencillo y (demasiado) despreocupado, jamás dirá que no a un café. Lleva más de un año tecleando para EL IBÉRICO, y lo que aún le queda.

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