Políticas y fanatismos

Recientemente hemos presenciado una acción políticA lo largo de la historia hemos sido testigos de comeduras de coco colectivas. / Hunna.org.o-religiosa: la decapitación pública de un soldado británico, grabada en vídeo para la posteridad, el asesinato a sangre fría de un joven tamborilero en nombre de una religión, de un extremismo fanático, presente en las calles de Londres desde hace ya bastantes años y promovido por clérigos obsesionados con la muerte y la lucha dogmática. El asesinato voceó la ley del talión y avergonzó a muchos de sus horrorizados correligionarios. Sacudir y despertar las conciencias de la buena gente es lo único positivo de tal bestialidad, muy posiblemente producto de un concienzudo lavado de cerebro, una forma aberrante de vivir una religión.

A lo largo de la historia hemos sido testigos de comeduras de coco colectivas. Algunas de ellas, como la que provocó la infame Guerra de Ruanda -con cientos de miles de víctimas- se produjeron a través de medios como la radio, un aparato que ya era usado históricamente por los nazis para imbuir sus doctrinas en una población dispuesta a escuchar, creer y hasta venerar al Führer.

En muchos medios de comunicación, en un esfuerzo por simplificar los problemas y hacerlos más comprensibles, los analistas intentan hacer compartimentos estancos que puedan allanar el camino hacia un adoctrinamiento simple, dualista y primitivo, apelando a las partes más básicas e instintivas del cerebro humano. El simplismo no solamente afecta a la población adulta más sencilla intelectualmente, sino que llega a partes de la población que se forma -y se informa- en etapas infantiles o juveniles. La seducción pasa a ser lo fundamental de su educación condicionada, la entrega del individuo. Su sacrificio en aras de la consecución del poder es el objetivo final de quienes intentan controlar la información, la interpretación y relevancia de las noticias.

El hechicero de la tribu, uno de los personajes más interesantes de la historia de la humanidad, adquiere un gran protagonismo, así como es referencia fundamental para los grupos sociales. No todos se visten de ceremonial para realizar su función, pero el respeto de los componentes del grupo se basa, en gran medida, en unos rituales aprendidos por los fieles a una edad temprana. Los brujos africanos, animistas, nos parecen ridículos a los occidentales. Sus gritos, cánticos y bailes, acompañados de músicas apropiadas para cada situación, podrían ser comparables a las liturgias de nuestras religiones oficiales, pero la magnificencia de los decorados establece una diferencia sustancial. No es lo mismo sacudir una calabaza cubierto con plumas que repartir humos aromáticos con un incensario, a veces enorme como nuestro Botafumeiro, vestido de ropajes que les distinguen del pueblo llano, todo para impresionar a los fieles.

Menos conocidos son los usos políticos del Santo Oficio, la llamada Inquisición española, en su tiempo una herramienta de control político que sirvió al establishment para librarse de adversarios del régimen. El mismísimo Felipe II la usó contra su ex-secretario Antonio Pérez, que huyó y acabó ayudando a la reina de Inglaterra en la preparación del ataque y saqueo de Cádiz, en 1596. El pago de los rescates de las personalidades secuestradas en la incursión fue enorme.

Nuestro Salvador de Madariaga, ilustre gallego exiliado tras la Guerra Civil, conspicuo diplomático, pacifista y profesor en Oxford, bromeaba sobre Karl Marx citándolo como «un profeta bíblico que se había apeado del autobús de la historia y había venido a pie, por lo que había llegado muy tarde con sus profecías». La realidad actual es que el marxismo solamente sobrevive en regímenes donde la población no cuenta, y la religión comunista forma simples rebaños pastoreados por el poder vigente, siendo Cuba y Corea del Norte ejemplos de dominaciones dictatoriales y criminales.

La ‘creencia’ en el comunismo es una cuestión de fe, como creer en una religión o la paternidad. El nacionalsocialismo, a su vez, tiene muchos más rasgos religiosos que políticos. Hay que recordar lo que hizo Stalin con sus «herejes» particulares o Adolf Hitler con los suyos. Creer lo que no vimos está muy alejado de la actividad política noble, de servicio. Una de las mayores bobadas atribuidas al «padrecito Stalin» fue aquella pregunta sobre cuantas divisiones tiene el Vaticano. La realidad es que la Iglesia Católica sigue en activo en casi todo el mundo, mientras que los soviéticos no. Llegamos al límite cuando el poder político se entremezcla con el religioso. El inefable Enrique VIII se nombró a sí mismo cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Todo por unos problemas de faldas, cuentan.

Los musulmanes insisten que el poder proviene ‘de arriba’, los mandamases de los países mayoritariamente islámicos son al mismo tiempo los jefes religiosos, controlan a los imanes -quienes predican la fe- y las sharías. El poder es uno, omnímodo e indivisible. Pocas dudas tienen, tal vez ninguna.

Continuando una tradición de siglos, auspiciada por Pablo de Tarso, el que se cayó del caballo, el general Franco mandó acuñar en las monedas españolas el famoso «Caudillo de España por la Gracia de Dios», y fue apoyado por el nacional-catolicismo, trufado de supersticiones varias, concordatos y consiguiente nombramiento de obispos. Al mirar el reverso de los billetes impresos en los Estados Unidos, los famosos dólares, encontramos la frase «En Dios confiamos» (In God we trust) como lema de la Reserva Federal. «Todos los demás, al contado» (all the others pay cash), se burlan los ingleses. Poner a Dios por testigo de su valor económico es una mezcla de política y religión más que evidente. La confianza en un trozo de papel, indicada por un formato y un número, es tal vez una de las mayores confianzas que pueden pedirse. Poner a Dios por testigo de la supuesta honradez y validez monetaria de un objeto produce bastante extrañeza en los europeos, más conscientes de la dualidad iglesia-estado, los poderes terrenales y los sobrenaturales. Los americanos del norte, herederos del puritanismo arraigado en los «padres peregrinos» usan a Dios para lo que les conviene.

La necesaria separación iglesia-estado quedó magistralmente expresada en la frase de Jesús de Nazaret: «Al César lo que es del César…» Se trata esta de una afirmación tajante sobre la conveniencia de pagar impuestos.

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